Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




octubre 12, 2009

“Hay que agarrar la tierra...



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Hay que agarrar la tierra,
calentita o helada,
y comerla
¡comerla!
O. Girondo


Noche helada de rostros de familia, de cuento de fantasmas. Noche oscura. Alcohólica noche no demasiado intensa –apenas cuatro tragos para aligerar la sangre y espantar las penas-. Rumor de fuente de agua que sigue la ladera a la que se pega, a arañazos, la cabaña de guadua. La chimenea reclama leños que se le resisten. Noche oscura, oscura. Oscura salvo por la risa franca de los niños. Por sus miradas y sus cabellos revueltos. Envejecer es irse dando cuenta de que nada es. La vida no es otra cosa que agua que se escurre. Olores mezclados de campo abierto y de comida. Luciérnagas que esperé y no vinieron. No es verdad: si vino una.

Aquí me siento navegante. Aquí tengo la sensación de estar en el interior del avión en que en efecto estamos. Es porque la ciudad envuelve en concreto. La ciudad nos vuelve sólidos y hace desaparecer la aerosidad que las nubes y los árboles aquí preservan: se mueven con el planeta, van con él, no lo resisten como el hombre con sus edificios. Suavemente como se mueve el pasto a ras del suelo, se mueven con la tierra toda, los pequeños habitantes de la tierra y los perros y los colibríes flotan como los pájaros barranquillos sus largas colas de colores.

Lo pienso al ver crecer mi mano, al verla estirarse en busca de la suya. ¿Cómo se construye o nace, de dónde surge una complicidad hecha de palabras en un tiempo en que lo único importante es la imagen? En la sociedad del úsese y deséchese atreverse con palabras no es poco atrevimiento. Las palabras permiten mostrarse desde dentro, se acumulan, no mueren ni permanecen estáticas: cambian en cada mirada, se mueven. Se renuevan. ¿Qué quisimos expresar? ¿Qué nos permitimos decir? ¿Qué nos dicen? Nos hablan desde la noche alta. Rondan los amaneceres. Ensueñan. Ensueña. Viento que da a su cabello extrañas formas, cigarrillo en la mano que inquieta: ¿por qué? ¿Qué le hace fumar si todo a su alrededor se advierte hermosamente limpio? ¿Será solo porque la vista se quede en esa mano? Ah! mi mano alcanza al fin la suya. Se detiene. No tiene permiso de tocarla. Siente su fuerza, su belleza. La siente de lejos. Huye… ¿Dónde estará ahora? ¿Qué hará? ¿Cómo será su alcoba? ¿Cómo su sueño? ¿Qué recorrerá su espalda?

Llévame nave por el camino de lo infinito y expúlsame.
Expúlsame.
Detén, de golpe y para siempre, esta caída abismal.
Destroza en pedacitos mudos este aullido.

Y elévale.
Que se meza dulce en las copas de los sauces altos altos por los que su ser campea.
Que su belleza acrezca al universo.

Que no abandone las cumbres,
que no le abandonen ellas
que su corazón no more jamás castillos espantosos
en los que habite el miedo.

Dile, viento, que me traerás, si quiere enviarla, una sonrisa…
y si llegase a quererlo
un abrazo preludio de mil besos

—¡No anheles corazón
huérfano de sueños
no alcanzas sus alturas!
Calla, mínima y flotante alma…
que tú estás de despedida—

“sin explicarme cómo esa mano
es mi mano,
ni saber por qué causa se empeña en disminuirme


*


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