Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




enero 06, 2010

Notas de Viaje





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona




Me fui a recorrer un poco de esta tierra, de ésta fracción de tierra que llamamos patria. A andar un poco ésta Colombia desde el centro hasta el extremo norte. Subir a las cercanías del Nevado del Ruiz a esos 4000 y algo de metros, y caer verticalmente la cordillera central del otro lado al ardiente curso del Rio Magdalena. Observar como cambia la gente, su temperamento y el color de su piel. Sus ropas, sus calzados y sus andares. Como los verdes cambian de tonalidad y de intensidad y como suceden las planicies a las gigantescas montañas con una barrera de extrañas formaciones geológicas en medio, que rematan perfiles de formas inusitadas, parecidas a rostros humanos. Que fueron mar tal vez hace millones de años.
Pasar de las praderas llenas de ganado, a los cultivos de palma, de banano, de otras frutas, o a la naturaleza primaria de la Sierra Nevada.
Respirar aires ferozmente calientes en una calle de San Alberto; dudar si coger el camino a Tamalameque o a Ocaña, nada más por ver, o a Mompox, y beber jugos de naranjas de dulzor increíble en la esquina de un lugar cualquiera en medio de la ruta, que puede llamarse Bosconia o Aguachica o cualquier otro nombre que el caminante pregunta y olvida al continuar la marcha.
Absorber kilómetros mientras suenan toda clase de músicas escogidas sin orden por el aparato que sorprende con una suave cadencia de violines o cualquier reguetón de moda,que se deja correr sin comentarios.
Y qué decir del ardor del medio día en Uribia, al lado de una sartén en que fríen tripas de cabra, que los indígenas wayú llaman frichi, o de lo que queman las plantas de los pies, aún a través de las sandalias, las arenas de alguna playa del Parque Tayrona o de El Cabo de la Vela, para no hablar de esas playas urbanas de Riohacha o de Santa Marta con el mar, el viejo mar y el aire en algunas partes lleno de partículas de carbón que se pegan de las camisetas blancas. 
El sol que quema a través de una atmósfera que siente las agresiones de los hombres y se piensa peligroso, como si fuera su culpa y no la nuestra.
Y multitudes de niños... niños por miles. Niños que reclaman derechos a una sociedad que es muy feliz, es muy inconsciente o es muy indolente. Niños que reclamarán un futuro que no están teniendo los que ahora dejan de serlo.
Dejarse poseer por las emociones de la totalidad y de la nada. Enviar mensajes con los luceros del amanecer. Despedirse un instante de la vida y saludarla un segundo después poseídos por el gozoso cantar de los pájaros en los árboles.
Decir adiós en el cosmos a amigos de años con quienes se anduvo también estos caminos, de quienes se dejó de serlo — ¿sentido de lo útil? — en su corazón de ellos. Llorarlos sin reclamos. Amarlos más en su ausencia.
¡Cómo suenas en los oídos, Mahler, sentado frente a las olas en la alta noche cuando el alma se desgarra!
Amar a aquellos que anidan en el ser. Que llenan de palabras y de emociones, de ansias calladas, de reclamos mudos, y de esperas los días sin presencia suya, y de sonrisas silenciosas y saltos del espíritu aquellos en que sí aparecen.
Hurgar en los libros que se llevan para el viaje. Y encontrarse por allí un verso que hace que uno se aparte de quienes lo acompañan, para llorar a solas, y que ellos lo miren desde lejos entre emocionados y decepcionados: 
"¿Qué amigo será tan amigo
que en el entierro esté conmigo?" 
Y llenarse de necesidades de piel no satisfechas, de urgencias de abrazos y de besos de brisas de sus labios que no están.

*




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