Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




septiembre 27, 2010

Con la Iglesia hemos topado, Sancho


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Hola A.

Me dices en tu nota: “Quiero enseñarles de Dios, pero no quiero las cucarachas que nos enseñaron (Que hay que temerle a Dios y que el rico no entra al cielo etc etc...) porque son estupideces. Yo sé que en algún momento has estado en mis zapatos y quiero saber porque llegaste allí; en donde estás, y como es tu relación con Dios (y con la Iglesia si tienes alguna).”

Aceptando como acepto la premisa de que los seres humanos nos dividimos entre los que tienen hijos y los que no los tienen y formando parte de los segundos, siempre me pregunto sobre lo que es el sentimiento de paternidad y nunca dejé de preguntar a mis amigos lo que eso significaba cuando tuvieron su primer hijo, que con frecuencia fue el único. ¿Qué se siente? les decía urgido de una respuesta del tipo: una responsabilidad enorme, un miedo, un susto... “No. No, nada Fernando, es algo muy chévere”. Sí. Pero qué ¿asusta o no? ¿Cómo te ves en ese hecho de traer una vida a esta tierra? “No, nada.” Era como la respuesta más usual.

Mi visión, aún mi visión actual, del tema de la religión tiene que ver con lo que aprendí de mi padre. A pesar de haberse mantenido durante su vida al lado de los curas como consecuencia de haber seguido al hermano suyo que lo era, nunca fue ni rezandero ni camandulero. Llevaba ese tema con un aire distante y digno. Iba a misa y participaba de los actos religiosos sin dejarse lavar los pies ni ser el cargador de santos en la semana santa. Cada año asistíamos con mamá toda la tropa a la iglesia en Jueves Santo a visitar el Monumento y luego el Viernes Santo el Santo Sepulcro y papá iba soltando perlitas. Mamá decía unas bellas oraciones que había aprendido de su padre, mi papá Carlos, muy rezandero y devoto de la virgen él, y leía algunas de un librito que solo sacaba a relucir esos días. El Viernes Santo se leería una larga oración que se llamaba La Pasión y ahí empezaba lo divertido: la oración describía detalladamente los padecimientos de Jesús en su pasión y papá ya nos tenía aleccionados respecto de los diez mil azotes (eso tuvo que ser con una lanita porque nadie se los resistiría) o con las mil y más heridas de Jesús en la cabeza (sería con la punta de un alfiler, decía él, que en ninguna cabeza cabría algo así). Él lo decía con sorna, pero no dejaba que se le restara dignidad al paso ni que nos riéramos en la iglesia. Al salir si podíamos hacer los comentarios que quisiéramos y que mamá dejara antes de mandarnos callar. Pero papá, que recuerde, nunca tomo el texto para hacer la lectura él, nunca inició un rosario así participara con todos en su rezo porque mamá lo dijera y siempre tenía un comentario sobre "los pies del divino rostros" sobre "las once mil vírgenes" o sobre las letanías, una larga repetición del nombre de los santos y de otras cosas que alguien iba diciendo y los demás respondían "ora pro nobis", las letanías lauretanas, hasta que papá decía "santajujujum... no la recuerdo" y la cosa terminaba en risas. Nos llevaban a misa mientras pudieron “llevarnos” y nos decían que fuéramos cuando ya no pudieron, sin hacer un drama por ello.

Luego, cuando la religión se intentaba colar en la conversación, papá concluía y cerraba el tema con la frase de Don Quijote, que era su verdadero ídolo espiritual: "Con la iglesia topamos, Sancho". O simplemente: "Eso es de tejas para arriba, así que nada más que decir".

Pero he ahí la magia. La magia estribaba en que la religión era el elemento que nos unificaba y que nos aglutinaba. Que hacía que toda una familia con sus niños incluidos los bebés, se fuera una noche a la iglesia y participara, unida, de algo que los hacía ver frente a los demás y frente a sí mismos, como parte de un colectivo específico dentro del colectivo mayor. Aún entrados en la adultez todos acompañamos a los papás a esas dos acciones cada año, con todo lo que se iba aproximando a nosotros y también con lo que de nosotros fue surgiendo. Hoy forma parte de nuestra memoria colectiva y de lo que da razón de ser a cada nueva oportunidad de estar juntos. Eso ocurría de forma natural. La fe no se cuestionaba ni sobre ella se entraba en dudas y en el hecho de que los padres la transmitían a los hijos, menos. Pero en nuestro caso además con inexistencia total de carga emocional. Lo hacíamos porque era algo que había que hacer, no porque estuviéramos con ello en la obligación de creer, de no creer o de sacar de ello conclusiones adicionales.

Hoy como sabes, J. emprendió su marcha a China y hace ocho días nos preguntábamos qué hacer para despedirlo. Se sugirió una misa y de ahí seguir a alguna casa y allí hacer cualquier cosa. Y así lo hicimos. Pero es claro para mí que la misa en el fondo no representa mucho más que eso mismo: regresarnos a nuestro factor aglutinante. De hecho al final de la misma leí no un pasaje religioso sino los consejos de Polonio a Laertes en el Acto I de Hamlet, que siguen siendo tan válidos hoy como hace 400 años y a los que solo habría que agregarle para actualizarlos: "lleva condones".

Pero bueno.

¿Qué pretendemos hacer del pequeño clan familiar?

Si no es la religión, ¿a través de qué otra herramienta o mediante qué otro factor construiríamos un elemento aglutinador como el que nos aportó aquella? Leyendo para escribirte se fue haciendo una torre de libros aquí al lado (mi biblioteca es pequeña, pero hay que ver lo grande que se pone cuando la desordeno y como empiezan a salir libros de closets, baúles y rincones). Decido mencionar una frase de Hans Kung, en su libro Ser Cristiano, en la que afirma:

"No debe [olvidarse] que toda religión es en concreto una mezcla de fe, superstición e incredulidad."
Y una del Dalai Lama:

“En realidad, creo que existe una distinción importante entre religión y espiritualidad. La religión está relacionada con la fe, con las aspiraciones de salvación de un credo religioso u otro, un aspecto de los cuales es, sin duda, la aceptación de alguna forma de realidad metafísica o sobrenatural, incluida tal vez la idea de un cielo o un nirvana. En relación con todo eso se encuentran las enseñanzas religiosas o el dogma, el ritual, la oración, etcétera. La espiritualidad, en cambio, me parece algo relacionado con las cualidades del espíritu humano, como son el amor y la compasión, la paciencia, la tolerancia, el perdón, la contención, el sentido de la responsabilidad, el sentido de la armonía, etcétera, que aportan la felicidad tanto a uno mismo como a los demás. Así como el ritual y la oración, junto con las cuestiones del nirvana y la salvación, están directamente relacionadas con la fe religiosa, estas cualidades internas no tienen por qué estarlo. Por lo tanto, no existe razón alguna por la cual no deba el individuo desarrollarlas, incluso hasta su grado máximo, sin recurrir a ningún sistema de creencias religiosas o metafísicas. Por eso digo algunas veces que la religión es algo sin lo cual nos podríamos pasar. En cambio, de ninguna manera podemos prescindir de esas cualidades espirituales básicas.”

Me parece que en cuanto se consiga transmitir esos valores de espiritualidad de que habla el Dalai Lama que son válidos en cualquier cultura y bajo cualquier circunstancia, los fundamentos de los seres humanos que intentas formar quedan a salvo. Te resultará más arduo porque si uno se declara episcopaliano, o budista zen, o vedanta o islamista o judío ortodoxo, el colectivo que se califica como tal arropa y asume parte muy importante del trabajo.

Y también estará la pregunta que todo niño, y todo adulto, se formula: ¿qué soy yo?

Mis relaciones con Dios y con la religión son pues las que anoto. Ellos me utilizan, pues utilicémonos. Comprendo a Dios, sin entrar en demasiadas confianzas, y supongo que Él me comprende a mí, sin entrar de hecho en ninguna. Mis convicciones están en el territorio de lo que están: la visión de un orden cósmico que funciona y nos trascenderá independientemente de lo que "yo crea".

Me duelo mucho y muy frecuentemente de que nadie me hubiera enseñado lo que aprendí ya tarde: que lo único que justifica nuestra existencia es la felicidad. Y que buscarla y obtenerla no solo es necesario sino posible y que es algo a lo que se tiene derecho.

Y me lamento de tantos maestros de miedo que tuve, por ninguno de felicidad. Y de que, aunque encontré la definición de felicidad que me llena plenamente, ya dado el esquinazo de la vida eso me sirve de nada porque el daño ya está hecho. La Felicidad no es otra cosa que estar en paz consigo mismo.

Algo así le mencionaba a mi hermano en estos días que hablábamos por alguna razón del tema: no dejes que ni siquiera ellos mismos -refiriéndome a los hijos- se amarguen la existencia alimentando lo que son solo creaciones de la mente. Intenta que el camino que les muestres y por el que los lleves llene tus expectativas y sus necesidades, pero que obtenerlo no sea a punta de sufrimiento.

Un abrazo A., espero que esta parrafada se merezca los minutos que dediques a su lectura.

Feliz noche.


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