Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




mayo 21, 2011

Cosme Cañas Carvajal

 Fotografía:  Rubén Darío López Londoño


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Oído en la mesa del lado.


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Se llamaba Cosme Cañas Carvajal.
Era grande, amorenado. Llegó a reemplazar al padre Alzate como cura del pueblo. Tenía un cierto aire al cura don Camilo de los libros de Guareschi que mi padre tenia sobre la mesa de noche. Su misión era construir el templo después de que el terremoto destruyera la torre del que había y lo hizo. Reemplazó con ese bodrio de concreto que por tener que parecer lindo nos parece, las antiguas tapias y las antiguas tablas y con respecto a eso solo puede decirse que lo hizo bién. Tenía una voluntad férrea y, como correspondía en esos dias, un gran vozarrón.



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Los entronques parroquiales de mi familia venían de atrás. El padre Felipe Gutiérrez Zapata, mi tio,  había sido cura del pueblo por no sé cuantos años, y a rastras de él llegó el que habría de ser mi padre a Pensilvania y terminó casándose con la que sería mi madre. Como tantos otros que allí llegaron por unos dias de trabajo y acabaron enredados para siempre en los ojos,  la piel y las enaguas de alguna niña de la plaza. Mi madre vivió algún tiempo en la casa cural, no sé  por qué. Eso nos daba acceso a la sacristía y lo que había más atrás y encima de ella. Todo allí olía a incienso, pero el incienso de esos tiempos, o mis narices, eran muy diferentes del del ahora. Eso era concentrado. Poderosamente concentrado. En ese otro lugar guardaban los santos de Semana Santa a los que pudimos ver empelotos, y enterarnos de que no eran sino una cabeza y una armazón de madera a la que Nepo les iba poniendo manos y pies cuando se los requeria para alguna procesión o algún milagro y que el San Juan de hoy bien podia ser el San Judas Tadeo de mañana. Eso si: Judas Iscariote era Judas Iscariote. Negro y narizón. Y ahora que recuerdo: San Juan era medio amanerado. Para mi que esos imagineros paisas eran unos gozetas. 


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Los curas, claro, siempre querían hacer más curas y la manera era captar acólitos, pero la cosa no era muy agradable. Pagaban por eso. Y pegaban. El padre Gabriel Escobar era famoso por sus pescozones. La vocación de cura tenía que ser muy grande como para que un niño de seis años se levantara a acompañar la misa de cinco, aunque mediara una pequeña recompensa económica. Había que aprenderse las mismas frases que hoy se dicen, pero en latín, y responderle al cura, que daba la misa de espaldas, en el momento preciso. La mejor parte de la misa, y la que todo el mundo entendía, era el Ite Misa Est.


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Subía al despacho del padre Cañas con algún papel que papá necesitaba que le firmaran y estaba alli, leyendo su breviario, o dormitando sobre él, sentado frente al gran escritorio de madera y con un gato al lado. Al frente una silla y un aparato de música de esos que venian en un mueble en donde estaba el radio y al levantarse una tapa quedaba al descubierto el tocadiscos. Tenía muchos discos de ópera y de música clásica. Adivinaba mi interés y decía llévale el papel a tu papá y regresa. Yo regresaba y entonces él ponía a Maria Callas. Yo no sabía quien era esa señora por supuesto, pero él la dejaba sonar e iba hablando de lo que cantaba, de qué era la Ópera, de sopranos y tenores, y de lo que trataba la obra. Tenía discos de Caruso también y  a los clásicos me fuí volviendo medianamente adicto de lo que dan fe los discos que ahora me miran desde los anaqueles, cansados de no hacer nada porque han sido sustituidos por las magias tecnológicas.


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Debia ser muy aburrida la vida de un cura párroco de pueblo en el que además no pasaba nada. Nacían y bautizaba siete u ocho niños cada semana y se morian dos o tres, de los siete, digo, a los que llevaban a enterrar sin muchas ceremonias en cajoncitos blancos. Y algún adulto de vez en cuando. Se casaba alguna pareja después de diez amonestaciones, las campanas tocaban el angelus al medio dia, las adoratrices con sus vestidos negros y sus medallas rojas rezaban desde la mañana hasta la noche y seguirían hasta el amanecer si no les cerraran el establecimiento. La gente confesaba pecados imposibles, comulgaba y volvía a pecar en la mente solo por tener motivos para confesarse,  y los pajaritos cantan y las nubes se levantan...

Así que un dia el padre, por puro desocupe,  de tanto vino de consagrar y tanta misa,  le fue cogiendo gusto al brandy y acabó comprándolo por cajas en la tienda de don Misael Aristizábal al mismo tiempo que, váyase a saber de dónde, se consiguió una carabina con la cual le dio por pasarse las horas disparando entre tragos, desde los corredores de la casa cural y bajo las miradas censuradoras de sus vicarios cooperadores, a los negros guales de cabeza calva que se aposentaban en los techos de la iglesia, sin malas consecuencias para ellos puesto que la puntería del padre por razones obvias estaba afectada, pero sí pésimas para las tejas que volaban en pedazos generando goteras y reparaciones.

Hasta que, sic transit gloria mundi, alguien, un competidor comercial de don Misael, supongo porque la gente hacía cuentas de cuánto se gastaba en brandy, o uno de esos vicarios con ganas de tener ventana hacia la plaza,  le llevó el chisme al señor obispo y el padre Cañas ya no fué más cura del pueblo y no sé si de algún otro pueblo, porque lo ascendieron a Monseñor que era la manera como los obispos se deshacían de los curas viejos.

Le vi de lejos después en las calles de Manizales. Alto él, grande, amorenado. Serio. Quise saludarlo pero no me atreví. Él no tenía por qué acordarse de un niñito gafufo y huesudo, igualito a los tantos que en el mundo han sido, y yo no tenía la capacidad de arrimarme diciendo eso de mire usted se acuerda de ...?

Era un ser bueno. Guardo de él memoria, pues ese niño le debe que le hubiese abierto mundos que no eran usuales en medio de la lluvia y la neblina.



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2 comentarios:

Manuel Vicente S.C. dijo...

bonita historia

Nikita dijo...

Como siempre... mi admiracion por el estilo con que escribes.....