abril 21, 2012

Luces

Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Amparo, ya atardece, ¿y qué hemos conseguido?
(Gabriel Celaya)


Atardecer de luces doradas y de nubes negras.

Presagios.

Rumores de erupción, conversación íntima. 
Un cierto dejo triste en sus ojos azules. 
En los mios... ella sabrá que ve en los mios.

Bella también, sin duda. Sin duda.

Té de frutas y capuchino simple. Dos cervezas se atravesaron por mi mente.

Vamos a alimentar la amistad. 
Se sabe, la amistad no resiste el desencuentro sin dejar de brillar. 
Su mano, un poco débil, se apoya en mi brazo y la tomo por el hombro en la avenida.

— ¿Qué dirá la gente al vernos así? Que estoy un poco mayor para ser tu novio. Sonríe, se sostiene con firmeza y anota un tris irónica: espero que no.

— ¿Necesitas dinero? ¿Dinero, respondo sin pensar, para qué? Se burla de mi: si me dijeran eso yo diría que si.

— A veces quiero morir. No te preocupes. Iré a visitarte. No te enterarás porque estarás muerta, claro. Sin flores -llevarles flores a los muertos es como ponerles otro muerto encima- pero diré palabras en la esperanza de que el viento te encuentre en algún lugar. Suelta la carcajada. Me encantan estos ratos contigo, corazón.

— A veces la soledad me mata y lloro. Te gusta la soledad, lo sé, pero puedo darte algunas fórmulas para que no te sientas sola.

La envuelvo en palabras que escucha escéptica. 
Ríe. 
"Estás un poco loco."

Hablamos de los muertos. Le escribo en la servilleta uno de esos pequeños poemas japoneses que me gustan porque puedo aprenderlos:
En cada palabra
y hoja del suspiro,
el rocío que queda
es una lágrima
que añora el pasado.
"Si, estás un poco loco."

— Nos quedamos sin amigos ¿no?
No, porque entonces ¿qué somos tu y yo?
Pero si. Entiendo.

Por su alma pasa una corriente extraña. Ven, pago la cuenta, dice de improviso. La hora. Los presagios.

La llevo hasta cerca de su casa. No hasta la puerta porque ella quiere sentir que es ella y quiero que sienta que así es.




§ 



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