Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




agosto 27, 2012

Notas de viaje - Sandia Park


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Paramos para almorzar camino de Sandia Park en un lugar que nos recomendó el hombre de la gasolinera. Había algunas mesas afuera pero el calor era demasiado asi que tomamos varias en el interior. El sitio, atendido por unas damas de edad, lucía decrépito y solitario. Repartieron las cartas y empezó ese proceso repetitivo de negociación del pedido entre nosotros mismos. La explicación de cada plato, su traducción, lo que tenía o no, lo que podía tener o no,  el not onions, el not spicy, el yes spicy. Se suponía que las damas vendían la mejor hamburguesa de Albuquerque por lo que simplemente me decidí por una. Sirvieron las bebidas y bueno, éramos diez para atender así que había que tener paciencia. Entraron otras personas que hicieron sus pedidos sin mucho entusiasmo mientras nos observaban conversar en una lengua extraña. Hablamos con voz alta, nos reimos, recargamos los vasos.

Para lavarse las manos se pasaba por un lado de la cocina y lo que se veía no era auspicioso. 

La comida resultó ser como el lugar, resultó ser como la cocina,  resultó ser como las damas, resultó ser como el ambiente oscuro, pegajoso y cargado del olor a grasa y queso tan característico. 

Intercambiamos platos, metimos la mano en los de todos, nos preguntamos y respondimos que tal eso a pesar de haberlo probado; alguien apartó lo suyo con gesto desconsolado y resolvimos que el que mejor comió —así hubiese quedado con hambre— fue quien pidió una de esas ensaladas que  en USA siempre me resultan sospechosamente plásticas, demasiado perfectas y por lo mismo como muy artificiales. Suelo anotar que son de caucho puesto que saben a caucho y es porque vengo de donde la plantas pasan de la huerta a la mesa con una sacudida y una enjuagada no siempre muy juiciosa, y le quedan los sabores del sol, de la lluvia, del viento y de la gente. 

En fin, estuviera como estuviera entre todos arrasamos con todo. Sacamos los billetes, las tarjetas, pagamos los tipicos veinte dólares por cabeza y salimos. 

Tomamos la camioneta, pusimos el aire acondicionado a toda y caminamos las pocas millas hasta el parque donde nos llenamos de vistas alucinantes y fantásticas.

La noche se encargó de recordarnos, muy muy tarde, dónde y qué habíamos comido.




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