Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




octubre 14, 2012

Crónica de la parroquia

 

Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Una genialidad de los habitantes de mi pueblo fue cuando trajeron de sus cacerías un oso perezoso y lo dejaron suelto -con la aprobación de las autoridades- en la araucaria del frente de la iglesia, bastante alta ella. 

Al oso acostumbrado a otros manjares le tocó comer de lo que había, o sea araucaria. Lo que hizo caer en cuenta a las llamadas fuerzas vivas que sería su final, el del árbol, por lo que había que bajar al oso. Solo que el perezoso, tan bruto como los que le gritaban,  no obedecía: ¡oso, vení! le hablaban los bobos desde la plaza mientras algún bombero voluntario le mostraba plátanos maduros. El oso no paraba bolas bien porque por perezoso dormía, o bien porque los plátanos maduros no le interesaban. 

Por tanto nada: el oso para arriba y la araucaria para abajo. 

Por supuesto, el oso no solo dormía y comía, sino que también descomía lo cual empeoraba su situación y la del parque. Una escalera, obtenida amarrando con manilas las dos más grandes que en el pueblo había, llegó a la primera fila de brazos del ahora sufrido palo. El oso solo quería dormir y la dieta no era sana. Las ramas de araucaria con su resina no parecen tener buen sabor. Al menos para un humano no lo tiene, lo asegura quien lo probó.

El show duraba ya dos semanas hasta que buscando mejores ramas el animalito bajó. Consiguieron enlazarlo y sin delicadeza, a varillazo limpio, lo metieron en un costal mientras el Alcalde se anotaba el éxito, el Personero miraba desde el balcón, los policías reian, los bobos aplaudìan, el bombero descansaba y el cura hacía señas desde la ventana y todos los demás respiraban tanquilos. 

No sé de cierto quien lo mató, pues don Azael llegó tarde a reclamarlo para devolverlo al bosque (aquel inexistente hoy en la cumbre de Piamonte). Dijeron que se lo comieron y que la piel una vez curada, o para secarla, la clavaron con cuatro puntillas en una pared de la casa del Alcalde. Eso dijeron. El nombre del Alcalde me lo guardo para evitar demandas.

No había respeto por los animales en ese entonces, ni animales que los respetaran. La araucaria perdió mucho de su encanto y nunca se recuperó del todo; el oso perdió la vida que ya tenía; alguien ganó proteinas. El animalito no molestaba a nadie en su lugar. ¡Qué oso!


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