Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




julio 07, 2013

Lo que se viene.



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Conviene prepararse para cuando Santos deje a las Farc la Casa de Nariño y ésta pase a llamarse la Casa Verde.

Colombia es mejorable en un dos mil por ciento, sin necesidad de convertirla en la República Boliviana Pluripopular Revolucionaria y Unipartidista de la Nueva Granada, porque el nombre será lo que primero cambiarán los nuevos mayordomos de la finca. No tenemos porqué, dirán, seguir honrando a Colón, herramienta del colonialismo. Colombia puede ser otra cosa sin necesidad de mesías salido de la selva que se quede 50 años en el poder él solo. Sin necesidad de ejércitos populares y sin milicianos que ya sabemos a donde llega eso. Sin comités de defensa de la revolución, ni mecanismos de delación contra el que no piense como el estado diga, llevados al extremo de denunciar por contrarevolucionarios al padre o a la madre. Sin paredones de fusilamiento y sin montañas de calaveras en los rios al modelo Camboyano de Pol Pot. Solo con que fueramos buenos ciudadanos, con sentido de la común unidad, con una democracia y una justicia purgada y que purguen de corrupción. Ciudadanos honrados y libres porque un buen ciudadano ha de ser asi.

Cambiádme, reclamaba Bolivar en discurso que nadie lee, todos mis títulos por el de buen ciudadano. Me etiquerán como de derecha, aunque otros ya lo hacen diciéndome izquierdoso. Tengo claro que no hay extrema derecha más extrema, que la extrema izquierda. De ejemplos está llena la historia.

Reproduzco ese discurso de Simón Bolívar frente al Congreso de Cúcuta el 3 de Octubre de 1821, para que conste que quienes más lo citan son quienes menos dispuestos están a aplicarlo.



Señor:

EL JURAMENTO SAGRADO que acabo de prestar en calidad de presidente de Colombia es para mí un pacto de conciencia que multiplica mis deberes de sumisión a la ley y a la patria. Sólo un profundo respeto por la voluntad soberana me obligaría a someterme al formidable peso de la suprema ma­gistratura. La gratitud que debo a los representantes del pueblo me impone además la agradable obligación de continuar mis servicios por defender con mis bienes, con mi sangre y aun con mi honor, esta Constitución que encierra los derechos de dos pueblos hermanos, ligados por la libertad, por el bien y por la gloria. La Constitución de Colombia será junto con la independencia la ara santa, en la cual haré los sacrificios. Por ella marcha­ré a las extremidades de Colombia a romper las cadenas de los hijos del Ecuador, a convidarlos con Colombia, después de hacerlos libres.

Señor, espero que me autoricéis para unir con los vínculos de la beneficencia a los pueblos que la naturaleza y el cielo nos han dado por hermanos. Completada esta obra de vuestra sabiduría y de mi celo, nada más que la paz nos puede faltar para dar a Colombia todo: dicha, reposo y gloria. Entonces, Señor, yo ruego ardientemente, no os mostréis sordo al clamor de mi conciencia y de mi honor, que me piden a grandes gritos que no sea más que ciudadano. Yo siento la necesidad de dejar el primer puesto de la República al que el pueblo señale como al jefe de su corazón. Yo soy el hijo de la guerra; el hombre que los combates han elevado a la magistratura: la fortuna me ha sostenido en este rango y la victoria lo ha confirmado. Pero no son estos los títulos consagrados por la justicia, por la dicha y por la voluntad nacional. La espada que ha gobernado a Colombia no es la balanza de Astrea, es un azote del genio del mal que algunas veces el cielo deja caer a la tierra para el castigo de los tiranos y escarmiento de los pueblos. Esta espada no puede servir de nada el día de paz, y éste debe ser el último de mi poder, porque así lo he jurado para mí, porque lo he prometido a Colombia y porque no puede haber república donde el pueblo no esté seguro del ejercicio de sus propias facultades. Un hombre como yo es un ciudadano peligroso en un gobierno popular; es una amenaza inmediata a la soberanía nacional. Yo quiero ser ciudadano, para ser libre y para que todos lo sean. Prefiero el título de ciudadano al de Libertador, porque éste emana de la guerra, aquél emana de las leyes. Cambiadme, Señor, todos mis dictados por el de buen ciudadano.


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