Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




septiembre 15, 2013

La Mesa del lado


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Oído en la mesa del lado.

"Yo te llamé." Es el nuevo grito de guerra, el toque a la batalla que supone, por lo menos, tres cosas: (1) Que hay que darse cuenta de la llamada. (2) Que hay que responderla. (3) Que hay que estar disponible para lo que se proponga; incluso suponerlo. Extraño los tiempos en que si no estaba en casa o en el trabajo, simplemente no estaba y esperarían hasta cuando llegara, o llamarían en horas laborales o en horas de casa al otro dia. Y no reclamarían por ello ni tendría que dar un montón de explicaciones, verdades escuetas o mentiras, para salir del paso o acortar la respuesta. Tiempos en que, además, se podía estar fuera de la casa o del trabajo, porque hoy el teléfono es una cosa y también la otra. 

Apagarlo puede ser un recurso que no ayuda y empeora: te llamé, dirán remarcando la frase, pero tenías apagado el teléfono quien sabe por qué. Y empieza otra vez la gritería.

Extraño las cartas en papel que se iniciaban siempre con alguna fórmula seguida de un "Deseo que esté bien..." Pasaba el cartero a dejarlas bajo la puerta. Tuve un apartado aéreo cuyo alquiler se pagaba por años, 1612 creo recordar su número. No todo el mundo tenía uno.  Era un santa santorum el lugar bajo las oficinas de Avianca. Meter la llave y sacar cada sobre muerto de curiosidad, o sentir la frustración de no encontrar nada. Llegaban libros, revistas, suscripciones y cartas de lugares lejanos, de amigos por correspondencia hechos tomando la dirección de programas que tenían, para ese fín, las emisoras de onda corta. La BBC de Londres, Radio Deutsche Welle (La Voz de Alemania), Radio Nederland transmitiendo desde Hilversum‎, la Voz de América o Radio Habana Cuba, que entre noticias y discursos enviaba mensajes cifrados dirigidos quien sabe a quien en larguísimas series de números. 

Ah! Esa amiga sueca que me mandaba casetes amarillos con música de su país -alguno de los cuales me mira desde el anaquel imposibilitado ya de usarse porque no hay en que reproducirlo- y que le replicaba con los míos de cumbias, vallenatos y bambucos, aunque enviárselos me costaba un ojo de la cara. 

Todo era privado. Los teléfonos no tenían memoria. Las cartas se quemaban o archivaban en privado. Ya no. Ya cada mensaje puesto en la red pasa al dominio público. Dormirá, con sus peligros latentes, en el computador en que se escribió y luego en cuanto servidor transite en los milisegundos que tarde en llegar a su destino. Quedará en los archivos de las agencias de espionaje de todos los países por donde pase y también por donde no. No es posible borrar nada.Toda conversación es grabada, cada foto que intercambiamos vista, cada pensamiento, escrito o dicho, juzgado y clasificado. Cada transacción bancaria, cada pago en el supermercado lo sabe el gran hermano ¿para qué?

Pobre ser humano, navegante de esta enorme roca estelar para nosotros, polvo para el universo. Cada vez menos libre. Cada vez más preso. Preso incluso de sí mismo.


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