Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




mayo 18, 2014

Encuentro


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

"La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda,
y cómo la recuerda para contarla."
Gabriel García Márquez


Invitan a un encuentro de compañeros de generación. No somos muchos pero no es fácil juntarlos. A las dificultades de desplazamiento, agenda, salud o que se yo, debe sobreponerse también las talanqueras mentales, el desinterés o como en mi caso, el miedo. 

El plan es encantador, entonces intento reconstruir la lista. Entro al salón de clase en donde teníamos cada uno un puesto fijo y empiezo a apuntar nombres en mi mente. No avanzo mucho. Consulto en algún lugar la lista.  Está en mi cuaderno de notas.

Comienzo a escribirla al respaldo de la servilleta. A continuación, pienso,  pondré frente a cada nombre una o dos palabras con que este corazón lo asocie.

Al concluir la primera parte, la columna de los nombres, la temperatura empieza a bajar y caen algunas gotas de lluvia. Pasa un compañero de cuando jugaba  tenis, saluda y sigue de largo.

Empiezo a llenar la segunda columna. Amable, ordenado, capaz, inteligente, divertido, estudioso, interesante... Los adjetivos se agolpan. La memoria juega alguna mala pasada. Busco ayuda pero no acude. Ya la mente lo hará al apurarla pero mientras tanto me lleva de regreso a las calles cubiertas de neblina, a las murallas de montañas que protegían de los vientos exteriores al pueblo pequeñísimo y tranquilo. Se desbocan las imagenes.  ¿Qué tendremos para decirnos tantos años después? Observo la fotografía. Éramos niños. Algunos sonríen, algunos están muy serios, otros asustados. Yo luzco todo eso y siento que ese día me sentía raro. ¿Cuándo no? Claro que me reconozco en ese ser de grandes gafas negras y facciones muy poco agradables, en lo que pasaba por su mente, en los largos dedos que deja ver la foto. en el gesto.  Para ese entonces ya el daño estaba hecho.

No tengo malos recuerdos, y el que tengo, por malo, no lo tengo. Me agradará compartir las horas del programa. Ponerme unos zapatos  pisahuevos como los de la época, cantar el himno del pueblo y del colegio, rememorar las pequeñas aventuras, los sencillos paseos, las fiestas, la orquesta que formaron los compañeros, el centro literario, alguna obra de teatro, aquella música con la que aprendimos a bailar, nuestros pequeños brotes libertarios, las pequeñas cosas que no mató ni el tiempo ni la ausencia. Los exámenes. Los maestros. Quizás el asomo primero de un amor.

Esa generación bisagra: que vivió el pasado y unida al presente, también vivió el futuro.
La tarde ha avanzado. He terminado en la mesa del amigo conversando con él un montón de temas mal hilados que van desde el momento político hasta Baruch Spinoza; de los cambios de la sociedad hasta García Márquez, de viajes por el mundo a viajes por la historia, de las cosas del alma y de las cosas del cuerpo.

Pero mi cabeza trabaja en segundo plano en los compañeros. Las goteras aisladas son ya llovizna. Del lado llegan voces. Sobre la mesa, la servilleta empieza a empaparse. Me lo advierten  pero no respondo. La dejo donde está y la miro. Los nombres se deslien y se juntan los adjetivos en una mancha azul, uniéndose, desapareciéndose.
Hacer lo que pretendía, concluyo, no es útil. Aunque se forman afectos más cercanos a la final fuimos un grupo. Lo somos en la vida, lo seremos siempre, así jamás después del cartón hayamos vuelto a coincidir.

Se me hacen un nudo al descubrirles el sentido que acabo de encontrar a esas tres palabras: fuimos un grupo.
Mi amigo al despedirse me dice ¿puedo darte un abrazo? No sé que extrañas energías captó de mi ser en esas horas. Y ahí, en medio de la gente toda, se lo doy usándolo a él como universo.
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Dicen mis maestros del Zen que el nombre propio es un mantra. Me parece que es así y que, al repetirlo,  el pasar del tiempo no es más que un cuento. En momentos así todo es ahora. Tengo la sensación de haber absorbido modos y valores de todos mis compañeros de Colegio.  Cuando empecé a jugar con las palabras que me trae cada nombre, saltó sobre el papel al frente la palabra "amable", por su significado más profundo.

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De ti aprendí cosas que han sido constantes en mi vida, en la que siempre has tenido una presencia activa. De cada compañero de salón en la niñez absorbí maneras y valores.

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Edad: el tiempo que se ha vivido. ¿Se puede descontar lo que NO se ha vivido?-

La vida continúa...  ¿Es eso un llamado a guardar silencio?

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