Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




mayo 15, 2015

Lázaro



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Jesús, para que le creyeran, hizo quitar la piedra que tapaba la tumba de Lázaro a pesar de las protestas de su hermana: "es que ya hiede, lleva cuatro días", le advirtió. "Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!”. Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

¿Qué pasó con Lázaro? He intentado aproximarme a una respuesta. Lázaro, supongo, se encontró maloliente y se sintió extraño. Lo desataron y caminó a alguna fuente de agua donde se bañó y le pusieron ropas nuevas. Quizás pensó que había despertado de un largo sueño y que se habían equivocado al enterrarlo vivo porque de pronto cayó en cuenta de que estaba enterrado. Lázaro no se volvió famoso ni se sabe que haya seguido los pasos de Jesús hasta la cruz. Un milagro así conmovería una sociedad cualquiera. ¿Por qué, a pesar de haberlo hecho, Jesús y su Padre siguieron sin convencer? Jesús no resucitó a uno en su vida sino a tres: la hija de Jairo que acababa de morir; el hijo de la viuda de Naim ccamino al cementerio, y Lázaro que llevaba cuatro días en el sepulcro.

Lázaro no dijo donde estuvo los cuatro días de su sueño porque quizás no estuvo en ninguna parte. Y no estuvo en ninguna parte porque estuvo muerto o porque concientemente solo supo que durmió. Si hubiese sido Lázaro después del primer momento yo no hubiera vuelto a hablar del tema porque sencillamente no lo comprendería. Guardaría silencio para no verme obligado a explicar lo inexplicable. Le contaría que en un primer instante me sentí saliendo de un recipiente como el agua que lo desocupa súbito. Y que después no hubo nada: estaba muerto para los otros y dormido para mi. Hasta que de pronto abrí los ojos y supe que estaba vivo.

Marta y María, sus hermanas, empezaron a verlo como un sobreviviente y pronto ese sentimiento devino en lástima y después en rabia. Viendo su silencio comenzaron a tratarlo como desagradecido y terminaron por arrojarlo de la casa: "Nosotras, decían, que te salvamos la vida y tu callado ahí sin decir nada, como ido, como ausente". La segunda vida de Lázaro fue muy triste. Parece que dura hasta hoy porque nadie resucitado por Dios puede morir otra vez, salvo que lo quiera el mismo Dios. Y Dios se desentendió, al ver que ni siquiera asi creyeron.

A Lázaro lo vemos en la calle, nos encontramos con él, nos tiende la mano. Lázaro se procura la comida, el vestido, el techo y clama por regresar a la gruta y por ponerse, otra vez, por si mismo su lápida y sus vendas.

LAZARO
Luis Cernuda

Era de madrugada.
Después de retirada la piedra con trabajo,
Porque no la materia sino el tiempo
Pesaba sobre ella,
Oyeron una voz tranquila
Llamándome, como un amigo llama
Cuando atrás queda alguno
Fatigado de la jornada y cae la sombra.
Hubo un silencio largo.
Así lo cuentan ellos que lo vieron.

Yo no recuerdo sino el frío
Extraño que brotaba
Desde la tierra honda, con angustia
De entresueño, y lento iba
A despertar el pecho,
Donde insistió con unos golpes leves,
Ávido de tornarse sangre tibia.
En mi cuerpo dolía
Un dolor vivo o un dolor soñado.

Era otra vez la vida.
Cuando abrí los ojos
Fue el alba pálida quien dijo
La verdad. Porque aquellos
Rostros ávidos, sobre mí estaban mudos,
Mordiendo un sueño vago inferior al milagro,
Como rebaño hosco
Que no a la voz sino a la piedra atiende,
Y el sudor de sus frentes
Oí caer pesado entre la hierba.

Alguien dijo palabras
De nuevo nacimiento.
Mas no hubo allí sangre materna
Ni vientre fecundado
Que crea con dolor nueva vida doliente.
Sólo anchas vendas, lienzos amarillos
Con olor denso, desnudaban
La carne gris y fláccida como fruto pasado;
No el terso cuerpo oscuro, rosa de los deseos,
Sino el cuerpo de un hijo de la muerte.

El cielo rojo abría hacia lo lejos
Tras de olivos y alcores;
El aire estaba en calma.
Mas temblaban los cuerpos,
Como las ramas cuando el viento sopla,
Brotando de la noche con los brazos tendidos
Para ofrecerme su propio afán estéril.
La luz me remordía
Y hundí la frente sobre el polvo
Al sentir la pereza de la muerte.

Quise cerrar los ojos,
Buscar la vasta sombra,
La tiniebla primaria
Que su venero esconde bajo el mundo
Lavando de vergüenzas la memoria.
Cuando un alma doliente en mis entrañas
Gritó, por las oscuras galerías
Del cuerpo, agria, desencajada,
Hasta chocar contra el muro de los huesos
Y levantar mareas febriles por la sangre.

Aquel que con su mano sostenía
La lámpara testigo del milagro,
Mató brusco la llama,
Porque ya el día estaba con nosotros.
Una rápida sombra sobrevino.
Entonces, hondos bajo una frente, vi unos ojos
Llenos de compasión, y hallé temblando un alma
Donde mi alma se copiaba inmensa,
Por el amor dueña del mundo.

Vi unos pies que marcaban la linde de la vida,
El borde de una túnica incolora
Plegada, resbalando
Hasta rozar la fosa, como un ala
Cuando a subir tras de la luz incita.
Sentí de nuevo el sueño, la locura
Y el error de estar vivo,
Siendo carne doliente día a día.
Pero él me había llamado
Y en mí no estaba ya sino seguirle.

Por eso, puesto en pie, anduve silencioso,
Aunque todo para mí fuera extraño y vano,
Mientras pensaba: así debieron ellos,
Muerto yo, caminar llevándome a la tierra.
La casa estaba lejos;
Otra vez vi sus muros blancos
Y el ciprés del huerto.
Sobre el terrado había una estrella pálida.
Dentro no hallamos lumbre
En el hogar cubierto de ceniza.

Todos le rodearon en la mesa.
Encontré el pan amargo, sin sabor las frutas,
El agua sin frescor, los cuerpos sin deseo;
La palabra hermandad sonaba falsa,
Y de la imagen del amor quedaban
Sólo recuerdos vagos bajo el viento.
Él conocía que todo estaba muerto
En mí, que yo era un muerto
Andando entre los muertos.

Sentado a su derecha me veía
Como aquel que festejan al retorno.
La mano suya descansaba cerca
Y recliné le frente sobre ella
Con asco de mi cuerpo y de mi alma.
Así pedí en silencio, como se pide
A Dios, porque su nombre,
Más vasto que los templos, los mares, las estrellas,
Cabe en el desconsuelo del hombre que está solo,
Fuerza para llevar la vida nuevamente.

Así rogué, con lágrimas,
Fuerza de soportar mi ignorancia resignado,
Trabajando, no por mi vida ni mi espíritu,
Mas por una verdad en aquellos ojos entrevista
Ahora. La hermosura es paciencia.
Sé que el lirio del campo,
Tras de su humilde oscuridad en tantas noches
Con larga espera bajo tierra,
Del tallo verde erguido a la corola alba
Irrumpe un día en gloria triunfante.


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