Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




mayo 22, 2015

Yeison Samir Villalba Muñoz





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Abril de 2014, un amigo me escribió para contarme que Pedro Verlaine había llegado por su propia voluntad al final del camino. Pedro había sido mi ciberamigo intermitente a lo largo de años. Me había contactado en esos días para hacerme llegar un poema dedicado y algunos textos y para que le ayudara a localizar entre los míos uno que se le atravesaba en la garganta pero no podía ubicar. Me dio las pistas, prometí ayudarle aunque no me esforcé mucho en hacerlo. Lo encontré después refundido en este blog, su nombre es Salida.

Tuvimos largas, espaciadas e intensas conversaciones sobre la vida. En sus textos se expresaba su alma, en las charlas alma y mente iban mucho más lejos. Pero igual que yo se contenía hasta cuando la solución era la huida.

Escribía no para gustar sino para vivir. La vida lo llevó al final de la vida. Siempre es asi: no hay paradoja. Tenía 22 años al alcanzarlo. Al lograrlo, según escribió en alguna parte. Noté demasiado silencio alrededor. Quizás lo intentó más de una vez.

Espoleado, pondré aquí dos textos suyos decantados por el tiempo o sacudido por el viento. No lo se muy bien. Se que hoy lo aprecio mejor.



DE LA ANTI-POESÍA Y OTRAS BARBARIDADES
Jeison Villalba




Te esperé vomitando
porque quise sentir en mi boca el volumen
de las cosas que nunca tuve.

Entonces, caminando, viajé a Creta,
y el sol subía a la barca como suben los cóndores
a la montaña, derramando aceite,
con el pico en las patas
y en las patas el pico y la cloaca.
De ese modo, sutil, en donde el fuego luce
como ópalo leñoso, y la lluvia desase
lo frío de lo húmedo.
Alguien dijo: "El mar está marcado
en la pálida arena,
y como hoja marchita es llevada
la luna por la bahía tormentosa";
pero, ¡ay! viento azul,
la corona y las rudas sobre el coñac ardiendo,
el mágico vestido de los pájaros
cuando sangran sus picos sobre el hielo;
no creo en Oscar Wilde.
Ni en la poesía rota con túneles abiertos,
ni en la métrica ni en los ojos
que se abren contando nuevas sílabas;
mi techo tiene moscas
y mis moscas orina y pudrición,
y en mí sólo aterrizan
cadáveres que no pudieron disecarse.
No. No. No. Yo no quiero luz sin sombra
ni plegarias sin crimen cometido.

Vi, pues, desde mi trono, como un flete arañado,
los secos tubérculos que asfixiaban la tierra,
la muerte y la ceniza amigas del tomillo y el casabe,
y la pera abundante que se dilapidaba
sobre el prado lodoso y asilado;
pero tu cara, inserta en las raíces,
aún me construía vigas en las qué arar
y huertos espumosos donde arrojar semillas,
aún desperdiciaba miradas en la sombra
y ojos que fulguraban frente al sol.

Luego, alguien conocido me convenció en volver,
mas mi regreso estaba sujeto a tu partida
y tu partida había sido la causa de mi viaje;
pero también la espera,
también el odio que me acuchillaba
plácidamente sobre roces homosexuales,
incrustando saliva hacia mi ombligo
desde la hora muerta hasta la hora herida,
como un cañón sin pólvora
que masticaba fuego entre en mi abdomen.
También mis ganas de morder cemento,
y mis mil y una duda
sobre las consecuencias de tan membrudo acto.

Entonces otro dijo: "¡Querido, ¿y los amores?
¿Han germinado flores este año?"
Yo no respondí nada
pero mis ojos le contaron todo,
luego participé de una charla en silencio
y reí y comí y vomité un buen rato.

Las cosas que se olvidan están condicionadas por la espera.
Toda espera, posee, en sí misma, una causa.
Poseer, significa, en tanto causa,
masticar los asuntos que se olvidan.



LETANÍAS AL DOLOR
A Luis

I
Oh, incesante corriente de carroñas oníricas,
transporte indecoroso de las masas rastreras.
Otro olvido, otro instante, para esta oscura fábula
que se relata desde las arterias del alma
y va independizándose de toda vacuidad
recogiendo, en sí misma, la propia dependencia.
¿Quién me lanzó aquel golpe menos golpe que el golpe,
y el brazo menos brazo que aquel otro cansado?
Ahora, tal vez doliente, limitando, por fuera
la verde y obstinada fatiga de la inercia;
un cuerpo bajo un cuerpo menos roto, dos besos
encima de otros besos, y una voz entregándose
al exilio de muchas otras que ya no esperan.

II
Calle Wetstton, Monsieur Elouan preguntando
detrás de unos ojos rotos, la avenida
por la cual, horas antes, debió haber cruzado,
y que, por lo tardío de su péndola, intuyó descuartizado,
las humildes maquinitas del suburbio de Ofwar.
Por aquí debe ser –dijo- casi activo por la lentitud
que períodos antiguos le habían heredado.
 Una mácula, un portillo,
 un atrio detrás de un joven;
 uno llegando, saliendo,
 arriba, las risitas burlescas.
 «Por aquí no es, por aquí sí es,
 por aquí no es, por aquí sí es»
 Hemos esperado suficiente.
 Las manecillas semi-detenidas
 hacia un reloj medio atrasado,
 ¿tan pequeño es el tiempo?
Hombres de aserrín, hombres de madera podrida
que los gusanos fortalecen mordiendo,
hombres que cavan y desentierran sus propias tumbas.
Habrá de ser, Monsieur, por lo intacto de vuestra esencia,
lo que la poderosa muerte ya no turba.

III
La modesta visita de los pájaros.
El universo ha atentado contra ti, oh exterminio,
oh fango venenoso donde se preñan las sombras;
regaladme este rostro tuyo, descolorido,
bañado por las riquezas de un infierno indecente,
aumentad, tirad, regad, llenad en mí
vuestro cianuro, oh vasto anhelo del llanto:
masoquismo, obsequio de las ostias,
decidme ahora mismo el lugar de tu sagrario.

IV
Lluvias noctívagas bajo el ojo de un abril y otro mayo.
Cuán dolorosa se ha vuelto la cojeada mesa
que espera súbita, su próxima escarcha.
Y los rumores de un cigarro que se encienden y apagan
descomponiendo las hélices de los que lo humean.
El grito obsesionado del silencio,
la voz que yace fundida bajo una almohada
y las mil ideas que avanzan redondas por las piernas.
Yo había colocado la lámpara en el suelo,
(ya no virgen como antes)
mas en su aceite hirviendo
lengua y trapo.
Entonces yo, tozudo y caprichoso
por la horrenda parálisis del escrutinio,
rodé bajo la percha, desatando un arbitrario escándalo
que habría de levantarme, tiempo después.
Qué es ese ruido -gritó mi madre- «Jeison,
Jeison, qué es ese puto ruido»
Precipitóse hacia una amplia boca, donde a oscuras
se extendía el nefasto aspecto de una niña,
quizá de unos doce o trece años;
insólito crujir de una mujer.

V
Y fue lánguida torre y tornadizo arfil.
El paraíso ardiente recobra su heredad
sobre una llaga abierta, que era hija.
Los siglos encadenados por la ignorancia y el miedo
han perpetuado la indecisión humana,
traen consigo la inconsistente esencia de las cosas.
Qué hacer, y qué dar por hecho,
a dónde ir, y por dónde llegar a lo establecido.


Pedro Verlaine.








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