Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




agosto 28, 2015

Casa




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Mi casa, aquella en que nací -de hecho esto no lo sé de cierto- dejó  señales indelebles. No sé a que edad la abandoné cuando papá compró una un par de cuadras más allá. Tuvo que ser muy pronto. Quizás de ocho años. En una esquina del pueblo, alli sigue igual que entonces en su exterior. Tenía portón que siempre estaba abierto. Luego de un tramo de escaleras un contraportón y otro tramo que desembocaba al patio, descubierto y luminoso, que bordeaban las estancias: la sala, una habitación que no sé muy bien porqué estaba casi siempre sola y luego otras. No sé si esa habitación era la de mi hermano mayor que comenzó su andadura muy temprano. El hecho es que en las ventanas había pequeños huecos que con el sol generaba, desde la calle, efectos estroboscópicos o cinematográficos al encerrarse en ella.  El piso eran tablas de madera enceradas. Todo permanecía muy limpio y silencioso. Era y sigue siendo una cuadra muy bella de casas de la colonización antioqueña, felizmente muchas de ellas aún intactas. 
Mi madre.  La veo recorrer con su delantal de flores el corredor en forma de ele cerrado con chambranas de macanas que a veces se desprendían y debíamos poner en su lugar aunque eran ideales para usar como caballitos, o, por lo finas, como eje de los carros de madera. No recuerdo mucho de mi padre en esta casa a no ser por su aguamanil con espejo. Tampoco me acuerdo de la alcoba de mis padres y ni siquiera de la que ocupábamos los hijos. En la gran cocina servía María. Un baño extraño completaba la escena: no tenía agua caliente ni ducha. Salía del tubo un chorro helado.  Mamá bañaba los niños —ay, a mi también— en el lavadero de ropas que le resultaba más cómodo. Sentados en una ponchera, muriéndose de la risa, nos vertía con una jarra grandes cantidades de agua fria por la cabeza. Toleraba los gritos y los llantos que calmaban después su abrazo cálido al envolvernos con una gran toalla.  Había pañales secándose en los alambres, y, en trastos de peltre o de metal porcelanizado, begonias y nomeolvides que no olvido pendían de las columna. Un triciclo causaba golpes en las espinillas y una carriola para los bebés, rosada —o azul, papá la pintaba a conveniencia— estaba por ahí. Era de cuatro llantas, hojalata perforada y bolitas de madera al frente. Hace poco vi vender una igual en la televisión por varios centenares de dólares.  
Debajo de la casa, en el exterior, estaba el lugar para guardar cosas. En Diciembre papá hacía allí un pesebre maravilloso con cosas que mamá conservaba en un baúl, previo paseo para traer el musgos y los cardos. Mi hermano guardaba allí su bicicleta y su balón de futbol de cuero basto con bomba de caucho amarillo que terminaba sus dias al romperse el pitillo o al ensartarlo en el alambrado de púas de algún potrero. Tenían, ellos los mayores, carritos de madera y tablas para deslizarse en las pendientes; y desafiaban al policía que llamado por los vecinos llegaba para calmar la bulla.

Allí ocurrieron cosas que marcaron mi existencia. Allí conocí a mis hermanos mayores y algunos de los menores —otros nacieron en la casa nueva—; vine a la consciencia, me sorprendí con las montañas y con la lluvia y escuché tronar. Supieron que algo fallaba en mis ojos y quisieron arreglarlo aunque no se pudo. He visto y he mirado. Allí leí mis primeras cosas, descubrí mi soledad, me hice viejo de nacimiento, y se constituyó esa cosa mágica y amada llamada familia. 

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