Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




septiembre 22, 2015

Envigado


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Hace años, cuando Pablo Escobar hizo de Medellín y del Valle del Aburrá su coto privado de caza y sinrazón, un poco antes, soliamos caminar por el parque de Envigado. En las noches de viernes y de sábado los inmensos árboles daban cobijo a músicos de cuerdas que esperaban ser contratados para serenatas y reuniones.  Y los cafés de la plaza recibían mucha gente que venía a ellos a pasar la noche. Era el sitio para ir a tomar trago. La gente joven se bajaba de los carros botella en mano celebrando la vida que entonces bien podía ser muy fugaz.  Había menos restricciones, la gente era muy amable y se comía en los pequeños negocios callejeros. En la época aciaga salir de noche era imposible pero de día era igual. Uno transitaba muerto del miedo de que en cualquier semáforo podría ser blanco de un sicario desaprensivo a quien le habían mandado probarse en un cuerpo humano que podia ser el de uno. Y lo hacían. Yo ví un sicario en Bello —al otro extremo del valle— disparar a un peatón y atravesar luego la calle frente a mi, tomar una bicicleta y huir sin afán y sin temor. El muerto, lo dijo la prensa al otro día, era un policía que vestido de civil iba a su casa. Porque también la policía tenía miedo. Los ciudadanos corríamos más atemorizados que el sicario que se sabía a salvo puesto que en todo caso no sería capturado ni le importaba: "no nacimos pa'semilla"...
Regreso este sábado en la noche al parque de Envigado. Está totalmente transformado y renovado. Los árboles no son tan inmensos como aquellos. La iglesia, blanca, resalta en la noche de luna menguante. Los músicos ofrecen vallenatos aunque entrada la noche aparecen los bambuqueros de edad avanzada. El lado de la plaza que alberga los cafés ha sido cerrado al tráfico y todo ha cambiado  aunque bulle de vida. Los niños juegan en el agua, los adultos conversan y toman café. Las chicas pueblerinas con sus pantalones ajustados y sus enormes caderas desfilan sintiéndose lindas porque quien las acompaña les dirá que lo son. Muestran tatuajes en sus piernas. Las palomeras son de diseño pero a esa hora duermen las aves. Las estatuas han sido desplazadas a un costado y en el centro reina una fuente.  Conversamos de no recuerdo bien qué mientras tomamos un par de cervezas que trajimos de casa. Ha desaparecido el miedo pero, claro, nada es igual. Comienzan a caer algunas gotas de lluvia y buscamos el carro pero de pasada tomo una empanada en la esquina... "son famosas" dicen las niñas que atienden y realmente son deliciosas. Tanto que me devuelvo una cuadra para comprar otra. Mis compañeros mientras, se detienen a comer arepas con queso ya bajo la lluvia fuerte. ¿Y este queso es de San Pedro de los Milagros? -preguntan porque tienen algún interés lechero, y les responden que no, que lo traen de Pupiales... ¿Perú? No, Pupiales, Nariño corregimos riendo y vamos a dormir.

Me siento un poco como aquel loco de ésta ciudad que escribió:
"A todo hombre le ocurren grandes aventuras, a pesar de que esté encerrado en un cuarto de diez metros, pues el tamaño de los sucesos individuales se mide por la repercusión en el alma".


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