Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




diciembre 11, 2015

El Galeón




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona




Cuando llegaron a conquistar América, el oro no tenia valor de intercambio para los nativos. Estos, por supuesto, se enteraron pronto cuando las espadas y las lanzas los atravesaban para arrebatárselo.  Los barbados españoles no vinieron a traer la religión, ni la lengua —justificaciones actuales— ni por el maiz, las papas, el aguacate, el cacao o el tabaco. Ni por los tomates, las guacamayas, las piñas o los frijoles. Lo que los hizo venir fue su avaricia, el oro, la plata y las esmeraldas. Y llenaron sus barcos con ellos y los llevaron a España que a su vez se enloqueció con ello y terminó poniéndolo en manos de los banqueros de Holanda cambiándolo por bienes que producian en otros países. De ahí que España no se enriqueció con sus riquezas, al modo venezolano actual las consumió comprando mercaderías extranjeras. Es una historia larga. Pero que ahora aparezcan a decir "es mio porque yo lo robé" queda muy mal. No más entre 1503 y 1510, llegaron a Sevilla 5000 kilos de oro. Cortés cometió toda clase de tropelías contra los mexicas que si bien arrancaban corazones y arrojaban cuerpos por las escaleras de sus templos, eran tiempos en que los católicos hacían hogueras y quemaban vivos los perseguidos de la Inquisición. Cortés quemó los pies de Cuauhtémoc para sacarle información sobre sus tesoros y Pizarro en el Perú no fue menos atrabiliario con los Incas. Toda esta violencia que cargamos genéticamente en latinoamérica fue exacerbada, si no enteramente sembrada, por los conquistadores de los cuales muy poca cosa buena hay para recordar. Lo suavizan llamándolo "encuentro de dos mundos" en una placa que vi en la Plaza de Tlatelolco pero no me parece que haya sido un encuentro sino, claro, un encontronazo.

No solo es de mal gusto que el gobierno español venga a reclamar lo que el mar salvó del expolio. Es una grosería por la cual solo puede sentirse indignación.

Leandro Izaguirre, El suplicio de Cuauhtémoc (1893)


§

Solemnemente triste fue Cuauhtémoc. Un día un grupo de hombres blancos se abalanzó hasta él; y mientras que el Imperio de tal se sorprendía, el arcabuz llenaba de huecos el broquel.
Preso quedó; y el Indio, que nunca sonreía, una sonrisa tuvo que se deshizo en hiel. -"¿ En dónde está el tesoro ?" —clamó la vocería—; y respondió un silencio más grande que el tropel…
Llegó el tormento… Y alguien de la imperial nobleza quejóse. El héroe díjole, irguiendo la cabeza:
—"¡ Mi lecho no es de rosas !"— y se volvió a callar. En tanto, al retostarle los píes chirriaba el fuego, que se agitaba a modo de balbuciente ruego, ¡porque se hacia lenguas como queriendo hablar!

José Santos Chocano



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