Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




diciembre 07, 2015

La mesa del lado




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Te quiero como eres, pero no me digas cómo eres.
A. Porchia


Mientras tomo un café helado, tarde de jueves —ocres en el horizonte y soledad— ella en la mesa del lado cuenta una historia. Cuando termina me mira como diciendo: sé que me escuchabas. Su compañero dormitaba.


Un día coincidimos en el camino. Efecto de los recursos tecnológicos a la disposición, nos encontramos en alguna esquina. Estrechamos las manos, preguntamos si continuábamos y tras la normal vacilación dijimos que sí y nos detuvimos en algún lugar a compartir un jugo y un café. Algo hubo de gustarnos. Conversamos. ¡Es tan simple! Compartir lo que se hace, contar de lo que se vive, del estudio, de los pequeños acontecimientos y de los grandes. Anotar que me gusta una canción, dejar resbalar alguna frase de la lectura en curso o de la película o el programa de televisión vistos. Contarse sobre la familia y los amigos. En fìn, todo genera esa pequeña e íntima red que atrapa y constituye lo que se llama amistad. Amor, sí. Siempre hay amor en la amistad, aunque no siempre haya amistad en el amor. Luego el día a día; quizás un pequeño favor, la solución de algún problema. una caminada, la mano que se posa en el hombro en señal de comprensión o de complicidad. Y el abrazo franco, abierto.

Pero no se existe sin tormentas ni tormentos. Se agitan las arenas, los mares y las nieves. Un pequeño hilo de agua puede convertirse en un instante en fuerza arrolladora. La brisa suave se transforma en tornado, en huracán, y de pronto, porque sí, aquello que le gustaba es cuestionado desde su perspectiva: ni sus convicciones, ni sus lecturas, ni su música, ni su familia, ni sus palabras. Lo que dices, dijo de golpe inesperado, no me importa en absoluto. Lo usual es reaccionar en igual forma y decir que lo tuyo en realidad tampoco me interesa ni me atrae y hacer el consiguiente inventario equivalente. Pero en vez de ello guardé silencio y obré en consecuencia: tomo nota, repuse, es su derecho y no volveré a hablar de ello, pero tampoco a responder puesto que éste es el mio. El silencio es una forma de conversación, pero más ardua. Dado que no le gusta lo que me gusta y a mí, calladamente, no me gusta lo suyo, todo pasa a ser un tema intocable.

La brecha crece en cada encuentro: tengo que pensar y sopesar hasta el usual "como estás", puesto que sobra. Hablar del trabajo o del estudio no interesa. Si tuviese algo que decir lo dirá o no. Es cosa suya. Yo escucharé. Lo común desaparece. ¿La salud? Es intrusivo. ¿El amor? ¿A quién le importa?

Claro: en el camino no faltó el día especial, el pequeño detalle traído de un viaje, el libro que se compra al paso y se da, los pequeños objetos que se intercambian en confianza. Exorcizables, tales cosas un día aparecen en una caja con una lista de chequeo. No los recibo. Pónlos ahí, y callo la ofensa. Como si fuera un mensaje de entrego unas cosas para obtener las otras, restituyo a mi vez, por no ser menos. O por ser más.

Sin embargo, queda algo: Yo. ¿Qué le gusta de mí si todo forma parte del paquete? ¿Se es un gusto?

Ciertos individuos tenemos la capacidad de intelectualizar los hechos y de asumirlos. Somos humanos, pienso, humanos demasiado humanos. No existe amistad ni enemistad. Se vive en planetas diferentes.
Ya se había agregado esa terrible y válida sentencia de Nietszche: «El secreto del amigo. – Habrá pocas personas que, si se hallan embarazadas por no encontrar materia de conversación, guarden los secretos del amigo.» 

Cada uno de los siete mil millones de habitantes de esto que llamamos Tierra, es único. Se pertenece y se enajena.  Se da y se recupera.

«Dichoso aquel que tiene por amigos sus hijos, caballos ligeros para las carreras, perros para la caza y un hospedaje en países lejanos.» 




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