Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




febrero 17, 2017

Aceptación





Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Bendito sea Dios
porque inventó el silencio
—José Hierro



Era la primera hora del trece de diciembre hace una década y una llamada me dijo que mi hermano, que había sufrido un accidente días antes, había muerto. Salimos del apartamento, recogimos a mi madre, fuimos a la clínica y entramos por unos minutos muy cortos a la sala de cuidados intensivos donde había ocurrido el desenlace y él estaba en esa cama, aún con tubos puestos. Dicen que la muerte de un hijo es algo tan duro que el idioma no tiene una palabra para ello. Si se muere la pareja, se es viudo; si los padres, huérfano; pero si los hijos, ¿qué se es? Entonces nos acercamos, mi madre le dio una bendición que marcó en su pecho; luego, uno a uno, dejamos un beso en su frente sin decir palabra. Es una costumbre desaparecida aquella de pedir la bendición de los padres o de darla. No había más que hacer allí; expresamos gratitud a los doctores y enfermeras que lo habían cuidado y salimos. La noche era oscura, sin lluvia; las vías, por la hora, estaban despejadas. Avancé despacio. Mi madre, la sorpresa aún era más fuerte que las lágrimas, solamente dijo dos veces "¡qué le vamos a hacer mijo!, ¡qué le vamos a hacer!" Era una frase que usaba muy frecuentemente y escuchamos de ella a lo largo de la vida. "¿Te quedas conmigo, mamá?" "No mijo, déjame en la casa... voy a estar bien.”

Aceptación, era la palabra que usaba mi madre. Una aceptación sabia, una aceptación que nunca tuvo el significado de inacción o de apatía. Una aceptación meditada que reconoce lo posible y lo que no, que valida y estimula el esfuerzo y la lucha constante sin abandonarse en la desesperación, la angustia, la desazón, la agitación inútil, la negación de lo real, la excitación permanente. ¿Qué tengo que hacer para que amanezca? ¿Se puede detener la lluvia? ¿Es posible evitar que se produzca un relámpago o que truene? ¿Cuánto dinero compra un instante más de vida?

Solo el paso de los años me dio una perspectiva de lo que esa palabra en labios de mi madre contenía en sí misma. Inmerso en el zen mi maestro decía que lo que hacíamos era procurar ser conscientes de algo elemental: la reafirmación de la existencia es la aceptación de lo que hay. Es sencillo, es hermoso, es felicidad. "Felicidad: estado de tranquilidad y equilibrio que llega al aceptar la vida como es, dejando de lado apegos y aversiones. Felicidad: ver por el beneficio de los demás seres vivos", dicen mis notas de entonces. Felicidad: la humildad de no reconocerse orgullosamente humilde sino de serlo con tranquilidad. Tomando lo que nos da la vida, gozándolo sin pretenciones ni aspavientos, obteniéndolo en paz, dejando ir lo que nos quita.

El otro día preguntaba si está bien que un hombre como yo cite a su madre. ¿No estoy muy viejo para eso? Me respondieron que no. No son estos tiempos de sabiduría inherente como aquellos de nuestros padres. Son los del aprendizaje y el entrenamiento; los de acondicionamiento mental y la respuesta cerebral basada en la academia. Lo intuitivo, el conocimiento ancestral, es despreciado. También es llegado el tiempo de desaprender esto, de darse una vuelta por la simpleza y por la sencillez. De desacorazar el corazón, sacarse la furia, dejar de defenderse de fantasmas y quitarse los ropajes para ver qué, de verdad, hay bajo ellos. Para vernos desnudos. Y aliviarnos la histeria artificial con que tratamos al mundo -a los demás- como enemigos, inconscientes de que al universo no le importa, pero si nos daña y daña a quienes nos rodean.

En alguna parte hay una luz. Basta mirar con atención.




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