Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

abril 28, 2018

Amargor



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona




Hay que tener cuidado con la tristeza. Es un vicio.
—Gustave Flaubert




No todo lo que hicieron los K en Argentina, U en Colombia, CH en Venezuela, L en Brasil o C en Ecuador y E en Bolivia, incluso F y T en Perú, para mencionar los casos icónicos,  tiene que ser totalmente bueno o totalmente malo. Como toda obra humana -las divinas también- tienen, ay, luces y tienen también sombras.
No existe una sociedad latinoamericana; si me fuerzan un poco tendré hasta que cuestionar si hay una sociedad nacional colombiana o una de la ciudad en que vivo; ni siquiera es homogénea la del edificio en que resido con apenas dieciocho familias de las cuales conozco por su nombre no más de cuatro. No creo que sea necesario abundar en argumentos sobre esto. Sencillamente visto, es así.
Juzgamos nuestro propio país con frecuencia a partir del juicio que tenemos de los otros. México no quería "ser como Colombia", "Venezuela no va a ser Colombia" "Colombia no va a ser Venezuela". "Hacer de Bolivia -a bala- la Cuba  de Suramérica"... "Brasil no es Latinoamérica -esa pordiosera- sino diferente, más grande, mejor, otro nivel". "Chile está desarrollada: no necesitamos ayuda de nadie". Hasta que un terremoto, el mundial de fútbol, las olimpiadas, la economía, y, claro, la corrupción consentida, aclamada, deseada, perseguida y conquistada, volvió a poner a cada uno en su sitio.
¿Por qué somos tan amargados? Nuestra característica y desesperante -también desesperada- para hacerse notar, insistencia en mostrar las que consideramos fallas de los gobiernos no tiene en cuenta las que son evidentes fallas del comportamiento personal y del conjunto de los ciudadanos. No hacemos nada sino que llegamos con un montón de derechos que otros deben de satisfacernos. Mientras cantamos himnos nacionales repletos de retórica de independencia y libertad, nos dejamos conducir como ganado -se llama así porque es ganancia- del ganador en turno. Todo eso lo reflejamos con amargura enfermiza y cotidiana: todo está mal, cada frase destructiva nos parece un acierto que corremos a reproducir en la red social que presumimos nuestra pero no lo es. La tarea es ridiculizar los líderes, y al otro bando,  de la manera más baja y absurda; caricaturizarlos persistente y decididamente hasta convencer de que la caricatura es la realidad y la realidad caricatura.

Pero ¿cómo nos afecta en lo personal esa amarga visión que establecemos de la realidad? En estos días un joven de la tribu me dijo que cierto gobierno le había quitado la remuneración de las horas extras.  ¿Ha trabajado alguna vez? No, nunca... es posible que en el futuro lo haga de noche pero en otros niveles. 'Yo he trabajado por muchos más años que los que tienes, le dije, y jamás me han pagado una hora extra y ciertamente no porque no lo haya hecho de noche y por largos periodos, hasta dieciséis horas al día todos los días, entonces: ¿qué te han quitado?' 'Claro, continué, que quiero tener una jornada de treinta horas semanales como en Francia, si es que así es en Francia, me aburriría mucho por cierto,  pero: ¿qué haces para hacer de esto el paraíso? Quejarse no hará el milagro.' Mi pariente, llevado por el odio en curso,  ha empezado a llenar su alma de amargura; con ella viene la ira, la frustración, la intolerancia y también la violencia. Y el irrespeto: en el transcurso de la conversación me cuelga todas las etiquetas que se usan, más alguna que está de moda -élite- y el madrazo por lo bajo se adivina. No me importa: de la mitad él no sabe el significado y de la otra mitad yo tampoco. Pero en el entorno familiar y de los amigos la amargura diariamente insistente divide,  fatiga, desespera. Causa acidez estomacal, insomnio, cáncer, rechazo, mal carácter y malas relaciones. Aburre los amigos, la pareja, la  familia. Y hace surgir parásitos en la espalda pues alguien la alimenta para alimentarse en su beneficio.
Liberarse, vivir la vida con sabía despreocupación y aceptación. Olvidarse de ese monstruo ciego,  o tuerto. Hacer, que criticar no es hacer. Y vivir, que la amargura es vida vertida en un sumidero insaciable.
Sí, tenemos el deber moral de ser inteligentes.








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