"-Glorioso y supremo Zeus que moras en el Olimpo y cabalgas las nubes de tormenta, concédenos que no se ponga el sol ni caiga la noche hasta que haya caído el palacio de Príamo y sus puertas hayan sido consumidas por el fuego. Concédeme que mi espada atraviese la túnica de Héctor a la altura de su corazón, y que muchos de sus compañeros muerdan el polvo al caer muertos a su lado." Ilíada, Homero
Agamenón oraba así a Dios. Los sicarios oraban a la virgen de Sabaneta para que "la vuelta" les saliera bien. Tal cual lo hace el actual poderoso que, biblia en mano como arma, exhibe su soberbia. Entonces se trataba de tomarse Troya. Ahora arma la de troya para expandirse por ambición. Dios es, nada más ni nada menos, una herramienta de dominación.
La idea del Destino Manifiesto plantea que Estados Unidos es una nación destinada a expandirse por propósito divino. El territorio americano y sus colonos blancos son la tierra prometida y el pueblo elegido. En ese contexto Estados Unidos compró Luisiana a Francia en 1803, en 1818 invadió Florida, y entre 1823 y 1848 se apoderó de Nuevo México, Texas, Arizona, California, Utah y Nevada. Compró Alaska y se hizo con Panamá.
No hay que esforzarse mucho para encontrar la similitud con el Lebensraum de Alemania, causa subyacente de la primera y segunda guerras mundiales, de 1890 hasta 1940, convertido en principio ideológico del nazismo, ahora llamado MAGA.
Dios ayudó a los griegos y arruinó Troya. Él escoge sus amigos...
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