M., es una señora que nos ayuda en casa. De edad difícil de adivinar a la vista, entre los cincuenta y los sesenta, es menuda de cuerpo y de palabra fácil. Nos cuenta que tiene tres hijos, seis nietos y, ya, una biznieta. Uno de esos momentos de la vida puso a su hijo mayor en una circunstancia desafortunada. Debe ir a visitarlo y le decimos que la llevaríamos. Mientras viajamos doscientos kilómetros para ello, fue desgranando historias y anécdotas de su vida. Entre risas nos iba contando de su padre, de su madre y sus hermanos, de su encuentro, temprano, con el matrimonio y la llegada de sus hijos por lo que muestra y expresa un amor ilimitado; de su crecimiento en un ambiente al mismo tiempo amoroso -a la manera de antes- y violento; de su separación del padre de sus hijos y el encuentro con una nueva persona a la que acompañó hasta cuando murió de improviso. En una frase describe su vida. Dice: “nací para batallar”. Y, agrega: “cuando niña pensaba y decía a mis hermanos que no nos querían, pues todos los días recibíamos un castigo. Pero no me quedé ahí.” No hay en sus palabras dejo alguno de amargura, ningún lamento… Ha trabajado desde siempre -"de niña, cuenta, las tareas estaban asignadas: la mia era la cocina"- y sigue haciéndolo intensamente. Verla trabajar es asombroso. Con lo que gana vive y ayuda a los suyos -adultos mayores ya- de los cuales está pendiente a cada instante a través del teléfono. Los menciona sin pausa. Escucho en silencio. Aprecio ese espacio donde la humanidad brilla, y construye relaciones auténticas, enfocadas en lo que aporta por pequeño que parezca. Pienso que el simple hecho de resistir la negatividad y elegir la empatía es un acto de disrupción personal y social, en un mundo fatalmente llevado al odio y la confrontación.Inevitablemente establezco comparaciones íntimas. Con cuánto desdén apreciamos las ventajas con que la vida nos dota, frente a la comparación con otras vidas. Las historias de M podrían alimentar un ensayo sobre el sufrimiento, pero ella las muestra como uno sobre el empeño, la seguridad en si misma y, de alguna manera, la superación. Es feliz al hablar de su familia, es feliz consigo misma. Incluso este momento difícil lo afronta, con la inevitable consideración de los eventos vistos desde la perspectiva de madre, con fe absoluta en el futuro. Al llegar, se despide con una sonrisa agradecida y una pregunta noble: ¿qué les debo? Yo, que creo firmemente en las energías cósmicas, le digo: “M., las mamás como usted tienen un lugar especial en el corazón de los dioses. Cuando hable con ellos dedíqueles un pensamiento por nosotros”. “Lo haré”, responde, y sonríe nuevamente.
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