Gentrificación, una aproximación desde el libro Fragmentos de Mi Tierra de Aldemar Patiño Giraldo.
La palabra "gentrificación" proviene del inglés y fue acuñada por la socióloga británica Ruth Glass en los 60s. "Gentry": se refiere a la clase alta, en sentido amplio. Una clase social por debajo de la aristocracia, pero con estatus social y económico. Glass lo utilizó para señalar que eran personas de esta "clase gentry" (o sus equivalentes urbanos de clase media-alta) quienes se mudaban a los barrios obreros de Londres; "-fication" es un sufijo latino que indica "acción".
Así, "gentrification" (gentrificación) describe el "proceso de ser o convertirse en “gentry" o, el proceso por el cual los barrios obreros eran invadidos y transformados por personas de una clase social más alta, con las consiguientes implicaciones en el costo de vida y el carácter del lugar. Glass observó este fenómeno por primera vez en barrios como Notting Hill e Islington en Londres, donde las clases medias comenzaron a rehabilitar viviendas y a establecerse, desplazando a los residentes originales debido al aumento de los alquileres y los precios de los lugares donde residían. Esto conlleva la consecuente alteración del tejido social, cultural y económico del área afectada. Originalmente asociado a la inversión y rehabilitación de zonas céntricas y deterioradas, el alcance del término se ha ampliado para incluir procesos impulsados por el turismo masivo, la llegada de nómadas digitales y políticas urbanísticas que priorizan el desarrollo inmobiliario sobre la cohesión comunitaria.
En las últimas décadas, grandes conglomerados urbanos han experimentado este proceso. En Ciudad de México ha desencadenado protestas y un creciente debate sobre el derecho a la ciudad y la necesidad de políticas de vivienda. En Barcelona y Venecia la severa turistificación ha erosionado la identidad de barrios emblemáticos, genera desaparición de comercios locales y deteriora la calidad de vida. En Londres la gentrificación sigue redefiniendo el paisaje urbano. El desplazamiento de comunidades de bajos ingresos, la pérdida de espacios culturales auténticos y la segregación socioeconómica son consecuencias evidenciadas en la desaparición de la vida tradicional.
Si bien la gentrificación se manifiesta con particularidades en cada contexto, los efectos mencionados son universales.
Habló Aldemar Patiño Giraldo en la presentación de su libro Fragmentos de mi tierra, de la importancia de conservar los recuerdos e hizo un llamado para promover de alguna manera en los jóvenes tal cosa. Claro, Marulanda, el pueblo de que habla, aún puede permitírselo. Es un lugar donde el tiempo se resiste a andar, donde persisten raíces que no han sido arrasadas juntamente con los árboles, ni los campos han sido, todavía, cubiertos por losas de concreto ni sembrados de mínimas casitas de cemento a donde se va a dormir y de las que se escapan sus habitantes cada día para ir a trabajar o estudiar lejos. Todavía existen costumbres, recuerdos ancestrales, historias familiares, anécdotas y formas de vida que pasan de generación y pueden conservarse, rehaciéndolas al ritmo de las épocas, pero manteniéndolas como aglutinantes sociales y familiares.
En este marco propongo expandir la noción de gentrificación, no solo a la transformación física del entorno, sino también a la sutil pero profunda gentrificación de las ideas y del espíritu, un proceso donde las narrativas, tradiciones y la esencia intangible de un lugar son subsumidas y reemplazadas por una homogeneidad impuesta, carente de alma y pertenencia.
Este fenómeno no es ajeno a realidades más cercanas. En mi ciudad, hablo de Manizales, aunque no es muy grande y todavía no enfrenta un problema tan evidente como las metrópolis, hay desplazamiento físico y de ideas. El centro histórico es algo apenas visitado por la subsistencia en él de algunas actividades religiosas o gubernamentales, que también van siendo desplazadas generando su abandono. Los habitantes cedieron al progreso que los llevó a barrios apartados, mientras sus casas se transformaron en comercios y sus calles en bullicioso desorden ocupadas por la sobrevivencia del día a día. La colonización cultural no es menos notoria. No hay ideas, no hay afectos. Solo hay, bien normado para extraer impuestos, una cosa denominada uso del suelo, que no protege sino más bien tiene efecto llamada. Normado, pero poco respetado, se privilegia el derecho de trabajar en cualquier cosa solo a cambio del pan de cada día. El rebusque. El pueblo cercano a este, Villamaría, de huerta se hizo dormitorio.
¿Cómo resistir la gentrificación espiritual? Aldemar menciona una reacción llamada Cittaslow, una propuesta que, aunque no desarrolla en detalle, incluye pilares que son Registro Oral e Histórico para documentar historias y leyendas, la promoción de Generaciones Conectadas para transmitir saberes ancestrales, y la creación de Espacios de Memoria como museos comunitarios o murales históricos. Asimismo, enfatiza el Fomento de la Cultura mediante apoyo a artesanos y artistas locales, la revitalización de Festividades y Rituales para fortalecer la comunidad, y la inclusión de la Educación Patrimonial en todos los niveles. Reconocimiento de Saberes Ancestrales: Valorar y proteger las formas de conocimiento tradicional (medicina, agricultura, gastronomía, etc.) que forman parte del espíritu del lugar. Conservación del Paisaje: Entender que el paisaje natural y construido no es solo escenografía, sino un elemento vivo que encarna historias y relaciones. Oponerse a la cosificación y homogeneización. Promoción de la Economía Local y Sostenible: mediante Comercio Justo y Consumo Responsable: Apoyar a los pequeños productores y negocios locales que ofrecen productos autóctonos y evitan la estandarización; Turismo Consciente: un turismo que respete la cultura local, beneficie a la comunidad y no convierta el lugar en parque temático deshabitado.
Desde luego, Desaceleración del Ritmo de Vida: Reconociendo que la prisa y la búsqueda constante de la eficiencia económica pueden erosionar la calidad de las interacciones humanas y la apreciación del entorno.
Paradójicamente, para escapar de la ciudad sin alma, uno va a “pueblear”. Ir a los pueblos donde, se asume, todavía existe el espíritu de lo autóctono, de eso que subyace en el alma que hace que el lugar donde se nació nunca se olvide, para encontrarse con la frase del cancionero: mi pueblo ya no es mi pueblo, es una ciudad cualquiera.

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