Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

septiembre 05, 2025

Mirar al padre, cuando ya no está

 


Jorge Manrique, siglos atrás, escribió: “Y porque veía que se iba, me puse a mirarlo.” Qué doloroso es que la mirada llegue tarde. Que el gesto de contemplar se active solo cuando la ausencia ya ha hecho su trabajo.

Cuántas veces llegaba yo a casa, cuando tenía diez y algo años, y no me fijaba en la presencia de mi padre. No sabía si él estaba o no. No me interesaba. Tenía cosas que hacer, eso pensaba, cosas que no incluían contemplarlo en silencio.  Ahora me arrepiento de no haber visto más la vida de mi padre. Mirarla, simplemente. Eso debería haber hecho, si no todos los días, al menos muchas veces.

Tuve un buen padre. Claro, uno de su época, en la que el hombre era el proveedor, el que salía temprano y regresaba tarde, con el cansancio en los hombros y el silencio en la boca. No era un padre de abrazos ni de confidencias, pero estaba. Siempre estaba. Entonces parecía suficiente concederle respeto y obediencia. Hoy sé que no bastaba.

Siempre he creído que uno menosprecia un poco a su padre. No por maldad, sino por distancia. Él, por razones generacionales, está lejos. Y uno, como hijo, le ofrece poco juego. Lo cierto es que a medida que uno madura, más se parece a él. Y sobre todo, más comprende sus actitudes. Entonces él, entrado en el tiempo, quiere hacer más partícipe las circunstancias de su vida, contar historias, mencionar sus hermanos y sus padres, hablar de su madre,  y uno no lo atiende, no lo escucha. Llega el día en que fallece y uno se pregunta: ¿quién era mi padre? ¿cómo era íntimamente? ¿cómo percibía la existencia? Más allá de su rol, ¿cómo fue su niñez, su juventud? ¿Qué sueños tuvo que abandonar para sostenernos? Nunca, jamás, me pidió nada, nunca usó, conmigo, la palabra sacrificio. No le ví llorar nunca. Al morir sus bienes cabían en una cajita de metal que sus hijos ya habíamos explorado.

Paul Auster escribió, tras la muerte de su padre: “Nunca lo conocí. Nunca supe quién era. Y ahora que ha muerto, me doy cuenta de que nunca lo sabré.” Kafka, en su Carta al padre, no busca reconciliación, sino comprensión: “Tú me has hecho sentir que soy nada.” y sin embargo, en esa confesión hay un intento de acercarse, de entender el miedo que los separó.

Yo también me pregunto ahora por la infancia de mi padre. ¿Quién lo consoló cuando lloró por primera vez? ¿Qué libros lo marcaron? ¿Qué silencios lo formaron? ¿Qué heridas llevó consigo sin contarlas?

En El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince dice: “Mi padre era un hombre bueno. No perfecto, no sabio, no santo. Bueno.” Y esa bondad, que a veces se esconde tras la rutina, es lo que ahora reconozco en el mío. No era un héroe, ni un sabio. Era un hombre que hizo lo que pudo, con lo que tuvo, y que merecía más miradas, más escucha, más juego.

Hoy, en este tiempo que no dura, quisiera mirar a mi padre como nunca lo hice. No para entenderlo del todo, sino para honrarlo. Para decirle, aunque ya no escuche: te vi. Aunque tarde, te vi.



 


 

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