Una imagen que pone un telón indeseado al corazón. Y concluye un tramo de la vida.
En el cine es lo último en la pantalla antes de que enciendan las luces del teatro: de golpe en los pobres, suavemente en otros.
The End no conduce a la salida: al menos por un tiempo —ay, el tiempo, ese escultor sin alma— la función permanece. Nos quedamos, a veces, en la butaca con nuestros sentimientos, procesando la historia que acaba de concluir, por conmoción o para dar respiro a la emoción.
Esa demora en pararse es un intento de encapsular el momento. La sala, ya sola, nos hace asimilar que la función ha terminado y que la vida sigue.
Aunque se ponga ese aviso, la memoria conserva imágenes, música, momentos.
Siempre, a nuestro pesar o para salvarse, hay una nueva butaca que ocupar, una historia por construir. El camino se hace al andar. Cada fin es un comienzo.

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