Desde hoy el rocíoborrará mi nombrede tu sombrero.—Basho
Crónica de una permanencia voluntaria
He decidido callar. No es pausa ni estrategia: es renuncia a la necesidad de explicarme, de reparar lo roto o de convencer de mi valía. En este silencio no hay cálculo, solo la liberación de quien suelta las armas y se queda con lo justo para respirar. Porque —como escribió Thomas Mann en La montaña mágica— “un alma sin cuerpo es tan inhumana y espantosa como un cuerpo sin alma. Lo primero es una rara excepción, lo segundo es el pan nuestro de cada día”. Y aquí, en este silencio, no me permito ser excepción ni rutina: busco que el alma se encarne, que el cuerpo conserve su tremor, que ambos se sostengan en la misma dignidad.
He vaciado el morral. He sacado la culpa, el ruido de las expectativas ajenas y el miedo. Me he quedado con lo indispensable, caminando hacia una luz o una oscuridad que no juzgo, acepto. Con la mirada de Saramago: no miro por encima, ahora veo. Veo las grietas y la estructura real de las cosas, sin filtros. A veces me siento como Aschenbach en su silla, frente a un horizonte inmenso, encontrando mi definición en la soledad que no es castigo, sino intimidad radical: un espacio donde el alma se reconoce en su desnudez y el cuerpo se vuelve testigo.
He aprendido a habitar mis ruinas con la dignidad de Adriano. Al aceptar la derrota con los ojos abiertos, he descubierto que los monstruos de Cavafis —cíclopes, lestrigones. el fiero Poseidón— se mueren de hambre porque no los llevo dentro de mí. Me sobrepongo elevándome, caminando entre escombros sabiendo que aunque Ítaca no exista, el viaje me pertenece. En este tránsito soy el monje atravesado por la flecha y el emperador que mantiene su fortaleza interior. Fluyo y resisto. Y en esa resistencia hay un aire que me recuerda que sigo vivo, que cada paso es un pacto con la fragilidad.
El cuerpo se convierte en constancia: cada respiración es testimonio, cada noche una claudicación. Si sigo aquí, pagando el impuesto ético a la existencia, es gracias a la lección de Cioran. La puerta está abierta, soy libre de irme, hablo del derecho a regresar, y es precisamente esa libertad la que me da el coraje de quedarme. No soy prisionero; soy huésped que elige, cada noche, posponer la partida. Esa elección no es heroica, es íntima: se hace en silencio, en el frio de la penumbra, en el roce de la almohada que guarda mis dudas.
Cada “hasta mañana” es contrato sagrado con la vida, promesa de que el telón volverá a subir una vez más, aunque no haya público, aunque solo sea para honrar el valor de permanecer. El telón se levanta sobre un escenario vacío, pero estoy ahí, cuerpo y alma juntos, sosteniendo la escena. No busco aplausos ni testigos: busco la dignidad de seguir, de no abandonar el pacto. Y en ese gesto, íntimo y tembloroso, se revela la permanencia voluntaria: no como obligación, sino como acto de libertad.
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