Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

noviembre 23, 2025

Lo que se aprende de una vaca

 

Desde arriba somos puntos; desde cerca somos historias.

— Inspirado en Multitud, Juan Genovés.

 


 

Fui a uno de esos eventos multitudinarios que parecen convocar a media ciudad. La Feria del emprendimiento en expoferias de Manizales. A la hora del almuerzo —porque en Colombia se almuerza al mediodía y la comida nocturna se llama comida— busqué mesa. Ninguna disponible. La táctica nacional nunca falla: uno se para junto a quien ve está a punto de terminar, y el resto lo resuelve el lenguaje de los ojos. Una coreografía silenciosa que aprendemos desde niños.

Era una mesa para cuatro, que ocuparíamos dos. Mientras,  llegó alguien que hacía lo mismo que nosotros: un muchacho de unos veinte años, plato en mano, que preguntó con cautela:

—¿Puedo poner esto aquí?

—Claro, no solo ponerlo, siéntese —le dijimos.

Su plato era uno escogido con la resignación de quien calcula. Cuando llegaron los nuestros le dijimos si quería, pues eran demasiado grandes. Se negó, pero la insistencia cálida alguna rendija abre, y terminó aceptando con pena, esa mezcla de pudor y gratitud como lo expresamos en estas tierras de los Andes. Le pasamos lo que quiso.

Era tímido, pero no hosco. Comentó que había mucha gente, y le preguntamos si trabajaba allí o si era visitante.

—Soy la vaca —dijo con media sonrisa.

La vaca: el muñeco publicitario de lácteos que habíamos visto minutos antes, saludando a los niños y tomándose fotos. Lo imaginé adentro del traje, sofocado, y le dije:

—Eso debe ser un horno.

—No —respondió con naturalidad—. Solo la temperatura ambiente.

Le pregunté qué estudiaba. Dijo que acababa de terminar tercer semestre de Derecho. Cinco años de carrera, agregó, más uno de judicatura, porque no pensaba hacer tesis. Habló de su futuro con la nitidez que se tiene a los veinte, cuando el mundo es lineal y los senderos son dibujos firmes en una cartulina.

Mientras lo escuchaba, pensé en la inteligencia artificial: en Perplexity, Gemini, Grok, Copilot, el Chatgpt  y la procesión de plataformas que nacen cada día. Pensé en los profetas del futuro —los Musk del cuento— que anuncian, sin parpadear, que los abogados serán reemplazados, como los médicos, como las profesiones todas; que pronto bastará un prompt para hacer lo que hoy requiere oficio, estudio, y años de vejez en la mirada.

Y él, que sentado al lado con una botarga de vaca se paga sus gastos, habla de planes a cuatro años con la serenidad de quien construye un puente piedra a piedra. Esa terquedad hermosa, casi antigua.

Hablamos de otras cosas. A nuestro alrededor, la gente en la danza de la espera, mira. Cedemos la mesa. Pagamos la cuenta. La de él también, sin decirle y sin consultarle pues hubiera dicho no. Nos despedimos con un “feliz vida”, y la multitud nos tragó en segundos.

Me quedó la imagen. Debajo del disfraz había un ser humano. Un futuro abogado. Alguien que quizá, dentro de años, dirá a sus hijos: “Recuerdo cuando vestido de vaca, me ganaba unos pesos para ayudarme en la universidad y almorcé con unos desconocidos”. Nunca sabrá que nos regaló sin proponérselo una lección sencilla y luminosa: los mapas que uno se traza —incluso los que se dibujan bajo un disfraz de peluche— son lo que nos hace humanos, a pesar de lo que dicten los algoritmos. Los planes, son, aún, una forma de esperanza.

Un muchacho de veinte años es una fábrica de ilusiones que todavía no se deja gobernar por las máquinas, o que las mira con confianza suave, como quien sabe que el futuro se escribe con mucho más que códigos.

Y uno se pregunta: al final, algo habrá que hacer, ¿no? 

 


 

 

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