A veces, en la noche, aparece una mirada antigua. Un destello. No vuelve por nostalgia ni por deseo : coincide con algo del presente y se enciende. Para recordar que interesarse por alguna persona no la obliga a nada. Si después de decirlo una vez —o tres— no hay respuesta, la respuesta está dada. La razón no importa.
El camino sigue y lo que no ocurrió se archiva. No para olvidar: para ordenar. Queda una claridad sobria, una melancolía ligera , una voz sin eco. La vida devolviendo el gesto con su indiferencia. Y debajo, sin forma, la huella de lo que nunca llegó a tenerla.
El pensamiento confirma una coherencia íntima. Al soltarse, se mezcla con el sueño —el del cuerpo y el otro— y desaparece. Un ajuste mínimo. Una respiración. Lo que pierde el nombre para poder seguir siendo.

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