Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




abril 06, 2006

Dejen Que Pase




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Y a mi enterradme sin duelo
Serrat



Hasta no hace muchos años, cuarenta o un poco menos, la gente se moría al llegar a sus sesentas. Se moría de muerte natural. Se moría de vida. Se moría la vida. A los viejos, decía mi padre, los mata una de tres ces: catarro, cursos o caídas.


Morir era dramático porque así suele ser la muerte, pero era sencillo. Después de unos días en cama se llegaba a la agonía y se moría casi siempre en la casa, escasamente en los hospitales. Las campanas de la iglesia más cercana doblaban. Al difunto, después de que el propio carpintero que surtía el ataúd le colgaba el hábito de San Francisco y le sellaba la nariz con algodones, se le velaba con cuatro cirios en su propia sala acondicionada a las carreras con los taburetes que los vecinos presurosos aportaban. Se le despedía allí donde vivió, donde fue tan feliz cómo haya sido. ¿Qué mejor lugar para ello?. Llegaban flores, no facturas, sufragios y mensajes mientras también lo hacía la familia que estaba lejos. Y como a las cuatro de la tarde del día siguiente le llevaban a la iglesia donde era recibido en la puerta por el cura con negra capa pluvial, cruz, ciriales y agua bendita. El silencio de la misa apenas era roto por los sollozos de quienes se dolían o se condolían –a veces surgía espontánea, como no, alguna plañidera- y, dignamente, al terminar y con el cura al frente, sacaban el cajón y lo que dentro iba hasta el atrio y de allí con no poco acompañamiento al cementerio.

Los cementerios eran eso: no eran parques ni otras cosas: cementerios de ángeles encalados, bóvedas superpuestas y más adentro espacios de tierra donde hallar eso engañoso llamado el descanso eterno.

Los duelos eran largos lo mismo que los lutos que los deudos guardaban con rigor: cierto tiempo las viudas, otro las hijas y cada miembro de la familia. Del luto, que en casos duraba por siempre, se pasaba al medio luto. Aliviarse del luto se decía.

Al muerto, pues, se le sentía. Recuerdo haber visto en mi niñez, cuando todos los portones estaban siempre abiertos, como la casa del padre muerto se cerraba y también las ventanas y postigos, y los cuadros eran vueltos contra la pared.

La ciencia ha avanzado. Ya no se muere fácilmente y ni siquiera difícilmente. Morirse no es un drama sino una tragedia. Morirse es de morir y duele más que el duelo. La muerte natural se ha convertido en la más poco natural de las muertes. Cualquiera sea la enfermedad el enfermo debe rendir tributo a la maquinaria del complejo médico-tecnológico-industrial. De las radiografías se ha pasado a las tomografías computarizadas, de los exámenes de orina a los de ADN, del ojo clínico a la historia genética.

Después vienen toda clase de tratamientos vejatorios de costo enorme para la familia, el estado y la sociedad en su conjunto. Así se alimenta el poder de las compañías que intentan apropiarse mediante patentes de la bebida de linaza, de la mejorana, de la ortiga y de la uña de gato o del emplasto de yerbas con que en otros tiempos se bastaba para llevar la vida hasta cuando quisiera vivir. Lo que se viene a morir asi, ya es la muerte.

La familia sufre toda clase de tormentos que van desde el ser admitido por los regimenes de seguridad social que juegan pelota con el enfermo dependiendo de sus intereses, al hastío con que finalmente es vista por los porteros y enfermeros de clínicas y hospitales, pasando por la carencia de información y el desprecio de los tratantes.

El individuo puede permanecer por semanas o por meses en salas de cuidados intensivos, en incomodísimas camas, cargando tubos y bolsas malamente soportadas. En el mejor de los casos, se recupera a medias para  regresar de nuevo a hacer el mismo recorrido unas semanas, unos meses o unos años después. Por fortuna para él y para todos se morirá esta vez porque la inmortalidad no se ha inventado. Siquiera. Sueño y suplico a quien corresponda que nunca se llegue a la barbaridad de hacer tal  cosa.

Quiero morirme de manera sencilla: que me mate un catarro, unos cursos o una caída, me da igual. Que no me obliguen a vivir, que no me hagan quimio ni radioterapias, que no me llenen de sustancias raras, que no me operen para sacarme un pedazo del cerebro, para cambiar un pedazo de carne por otro, o para meterme nada en ninguna parte. Que dejen vírgenes mis nueve orificios de tubos y agresiones. Que las hipodérmicas se queden en sus anaqueles. 

Que entiendo y que sé que vivir es algo más que estar con vida.

Que me ayuden a no sentir dolor, a aligerar el trámite y que, si no es mucho pedir, me dejen ir mientras aún brille una sonrisa en los ojos de quienes me rodean por cariño y que esa sonrisa sea de cariño. Quizás escuchar un chiste de esos ácidos que dicen mis hermanos cuando menos se los espera. Antes, mucho antes eso sí, de que surja de ellos una mirada lastimera.

Que esas sean las últimas palabras que yo escuche. Y ese  el último brillo que yo vea.

No me interesa que brille para mí la luz perpetua.

Amén.


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