Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




septiembre 01, 2009

Ellos saben...


Foto: J. Valtersson


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



“Todo es que morir sea lento y sin dolor,
tan lento y con tan poco dolor que parezca que vivimos”
R. Gómez Jattin




Tomé un par de tragos de la botella que no comparto ni siquiera con el agua. Hice algunas anotaciones en esos papeles en blanco que se me ofrecen por todos los rincones. Salí. Los ojos ya estaban húmedos. Atravesé la avenida. Caminé cien metros. Pasé por el lugar en que a veces se sientan conocidos a conversar, a tomarse unos tragos. Me saludaron sonrientes. Seguí de largo. Era poco menos de las ocho de la noche. Me arrimé a un lugar en que venden bocados al paso. Comí algunos, la coca cola me está pareciendo demasiado dulce es todo lo que pienso. Pagué. Las niñas que atendían se veían felices. Pasé la calle. Fui a Juan Valdez. No me preguntan que quiero, si no si quiero lo mismo. El lugar está casi lleno pero queda alguna mesa cerca de uno de esos calentadores. Lo observo. Hago un par de fotos. Mis démones rondan. Como los gallinazos, captan la mortecina. Lanzan un picotazo. Decido huirles. Me devuelvo la mitad del camino andado y entro al bar al que me gusta ir. Hace meses no voy. El dueño me saluda y hace referencia a ello. El aire transparente huele a limpio. Antes la capa de humo era irresistible pero ya no se permite fumar en esos sitios. Al frente de la barra su colección de discos. "¿Se acuerda que cuando hice este aparador -que va del piso al techo- y puse ahí mis primeros cuatro discos, le dije que un día lo tendría completamente lleno?. Ya lo está". Sonrío. Sin decir nada busca uno que alguna vez le regalé para contribuir al propósito. Lo pone y me sirven un ron, una coca cola pequeña que odio y él lo sabe, un poco de limón y unas gotas amargas. Pido que me cambien el vaso por uno largo. No conozco a nadie más. Es temprano. Al lado hablan de literatura. Meto mi cabeza en los blues. Es bueno haber estado alguna vez en las orillas del Mississippi, me digo. Ellos me miran desde fuera. No entran, me miran. Pago los ocho mil pesos. Salgo. Casi sin darme cuenta tomo el carro y voy a casa a unas pocas cuadras. Nadie en ella. Saco la última cerveza que hay en el refrigerador. Les dejo a ellos que se apoderen, que me envuelvan en silencios atronantes, que atenacen mis manos, que reduzcan mi corazón, que paralicen la respiración, que ahoguen y que absorban. Esta vez casi consiguen acabar con la razón. Las miradas se hurtan. Ellos saben. Horripilantemente incapaz, soy consciente de que el mundo no ha cambiado, que está ahí. Que he cambiado y que estoy en él. Algo golpea la ventana. Miro con ojos que no pueden ser más que lo que son. Escribo esta nota hecha de aire antes de envolverme en unas sábanas heladas.

El sueño aun puede con ellos. Solo el sueño podrá con ellos. Esta noche.





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