Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




abril 09, 2010

Notas de Aire



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Decía mi padre, cuando regañaba: "Ahí está pensando en los huevos del gallo, la carabina de Ambrosio y el ombligo de Adán". No sé por qué ahora regresa a mi mente esa frase, que entendíamos sin mucho pensarla, dada su contundencia.

Los huevos del gallo. Por supuesto, producto de la vida rural, los huevos del gallo le tenían que parecer algo absolutamente inútil. Importaban los huevos de la gallina, ¿pero los huevos del gallo a quién? Había uno en cada gallinero, si. Pero se guardaban muy bien de decir para qué, salvo aquello de anunciar la madrugada. De hecho los gallos no eran buenos ni para el sancocho porque eran duros, atléticos, fibrosos. Las gallinas, aunque fueran viejas, tenían más ternura, mas delicadeza, más sustancia, más enjundia. Por cierto, el acto mismo de la muerte de la pobre ave era un drama del que huía despavorido, no así de la disposición de sus despojos en que con buena suerte, mamá nos hacía reservar algunas exquisiteces para nada vueltas a probar: las tripas fritas y tostadas, las patas y el guargüero. Eran gallinitas amables que se alimentaban de maíz cogido por el hombre en sus propias huertas, complementado por lombrices de la tierra cogidas por ellas mismas andando libres y felices, esto lo supongo porque ninguna me lo ha dicho. Los niños las correteábamos algunas veces, mientras los adultos alegaban, y ellas llegaban a dormir en su varas todas las tardes, a la misma hora. Buscaban el nido para poner su huevo diario y cantaban dichosas al liberarlo. Algunas veces ponían dos para alegrar la tarde porque el que descubría el hecho se apropiaba del segundo, aunque en estos casos solía perderse "el nidador". No sé si alguien actual ha escuchado el canto de una gallina al poner el huevo: me temo que, como mis sobrinos, respecto de ellos creen lo mismo que de los pescados y de la leche: que salen de los supermercados. Lo que si estoy seguro es que el huevo del gallo ha ganado cierta prestancia y cierto reconocimiento. Y que hoy no sería tan apropiado hablar del mismo como acto de elevamiento, por los elevamientos de otro tipo.

La Carabina de Ambrosio es algo mucho más rebuscado. No sé de donde tomaría el dicho papá. El hombre se leía sus cosas y supongo que lo vió en alguna novela de Benito Pérez Galdós o de alguien parecido. Se sabe -y si no se sabe se sabe por google pero yo lo sabía antes- que Ambrosio fue un bandido de poca monta que intentaba robar en los campos de Andalucía en el siglo XIX amenazando con una carabina que no tenía pólvora ni balas. Bueno: sin pólvora, porque así tuviera balas sin pólvora las balas serían inútiles a menos que las quisiera usar como proyectiles para la cauchera. Pero como nadie habla de "la cauchera de Ambrosio" es una tontería citarla y es una forma de pensar en los huevos del gallo. Por lo pronto, para no pensar en la carabina de Ambrosio, habría que pensar en la carabina, que era un arma larga que disparaba un solo tiro y que los policías llevaban al hombro, razón por la cual se les llamaba "Carabineros". No me consta que tan carabineros eran los carabineros porque nunca vi a ninguno disparando. La carabina, digo. Bueno, y otras cosas tampoco, salvo en estos dias gases lacrimógenos acá en las cercanías. Pero tenía sentido eso porque así la policía resultaba barata en tiros, no como ahora que disparan pequeñas ametralladoras que en vez de un tiro dejan salir decenas de ellos a un costo enorme. Un desperdicio cuando para morir o matar un solo tiro basta. Y un drama. El policía dispararía su carabina por excepción. Guardaría ese tiro hasta el último instante porque no solo era lo que tenía para vencer al malo, si no lo que tenía para no ser vencido por él. Un único chance. Hoy lo más parecido a la carabina de Ambrosio es el hombre. Pero mejor no me meto en ello. Por ahora.

Pensar en el ombligo de Adán sí resulta un estado superior del pensamiento. En el Concilio de Nicea (325), convocado por el Papa Silvestre I, siendo emperador nada más ni nada menos que el inefable Constantino, los obispos que en el mundo había, se abocaron al problema. Pero no por poca cosa: los tipos estaban en la tesitura del asunto de la adoración de las imágenes sagradas y se tropezaron con decidir si en ellas Adán tendría que aparecer con ombligo o sin él. Pero no solo Adán, y los ángeles, porque el mismo problema pasaba por Jesús, dado que la Virgen era virgen (no tanto en ese entonces, en realidad la virgen resultó mucho más virgen después, porque la discusión no era si fue virgen sino si lo siguió siendo, dado que el evangelio menciona cuatro hermanos de Jesús). Bueno: si Jesús simplemente apareció ahí entre ella y el sorprendido de José, la cosa del ombligo se ponía grave. Como para no pensar en el ombligo de Adán, en lo que a mi me corresponda, ni Adán ni Jesús hubieron de tener ombligo, dado que el primero no vivió embarazo alguno, y el segundo fue una especie de embarazo utópico. En cuanto a Adán papá lo solucionaba diciendo que Dios le hizo uno diciéndole "¡tan perro!" y clavándole su divino dedo en la barriga. Y en cuanto a Jesús cabe la posibilidad de una adopción, pero esto se me acaba de ocurrir y requiere más análisis.

Obviamente si mi padre me viera esta noche, me miraría con sus ojitos pequeños y su sonrisa sardónica y rezongaría por lo bajo "ahí está pensando en... "

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