Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




marzo 28, 2015

Monseñor Alonso Llano Ruiz




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Mi reino vivirá mientras
estén verdes mis recuerdos.
—José Hierro



Escuché ayer la noticia de la muerte del Hermano Alonso Llano Ruiz. La sentí de verdad. Llegó no se muy bien si el mismo año de nuestro fin de bachillerato o unos meses antes como rector del colegio. Se veía un poco fuera de ambiente. Venía, contó, de estudiar Biblia en Tierra Santa y Teología en Roma. Muy duro tenía que ser aterrizar en la entonces nublada y lluviosa Pensilvania, con su carretera de acceso imposible y su encierro entre montañas así él tuviera su orígen en Marulanda de donde había salido con otros cinco hermanos a hacerse Hermano Lasallista. Alto, blanco, bien parecido, de maneras suaves y firmes empezó por mostrarnos sus fotografías -filminas se les decía entonces- que montaba en un aparato semimágico y proyectaba en alguna pared de la capilla, el aula máxima o el salón -no recuerdo bien- mientras nos explicaba lo que contenían, lugares de Tierra Santa las más, y nos mostraba que ciertamente más allá de Morrón había un mundo que nosotros no conocíamos.

Nos acompañó con su cámara a algún paseo de rio del que tengo una foto en alguna parte. Conversamos algunas veces. Distante, conservo entre mis papeles una carta personal que me envió para decirme, en resúmen: deje de escribir lo que escribe o tendré que tomar decisiones. ¿Qué escribía yo? Las rasposas notas de siempre sobre la no muy coherente vida de Arzobispos y cosas asi tomadas de mis lecturas de la revista Alternativa o quien sabe: Voltaire quizás o Diderot y hasta Vargas Vila en libros que me prestaban Consuelo Murillo o Alberto Navarro. Era una especie de peródico mural que en todo caso el no retiró teniendo toda la autoridad para hacerlo. No le respondí; había empezado mi costumbre de escribir cartas que no enviaría nunca, pero tomé nota y de alguna manera algo pagué por ello cuando lo hice indirectamente.

Lo recuerdo con afecto porque abrió mi mundo a Pierre Teilhard de Chardin y nos aireó un poco el musgo. No volví a verlo en la vida después del estrechón de manos de la entrega del diploma. Se ordenó como sacerdote a los pocos años y sus altas condiciones intelectuales y personales lo hicieron pronto Obispo en algún pueblo muy pobre del Chocó. Él podría haber sido Arzobispo de Medellín.

Estoy seguro que todos los compañeros de clase lo recordamos con afecto, y que en él nos vemos de alguna manera a nosotros mismos.

Creo que el Hermano Alonso, el Padre Alonso, Monseñor Alonso tuvo siempre al alcance de la mano la oración de Teilhard de Chardin que me pidió que leyera en una de esas conversaciones de regaño en que me dió un pequeño libro que yo, de verdad, apenas ahora leo con el corazón:





No te inquietes por las dificultades de la vida,
por sus altibajos, por sus decepciones,
por su porvenir más o menos sombrío.
Quiere lo que Dios quiere.
Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades
el sacrificio de tu alma sencilla que,
pese a todo,
acepta los designios de su providencia.
Poco importa que te consideres un frustrado
si Dios te considera plenamente realizado,
a su gusto.
Piérdete confiado ciegamente en ese Dios
que te quiere para sí.
Y que llegará hasta ti, aunque jamás lo veas.
Piensa que estás en sus manos,
tanto más fuertemente cogido,
cuanto más decaído y triste te encuentres.
Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz.
Que nada te altere.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni la fatiga psíquica. Ni tus fallos morales.
Haz que brote,
y conserva siempre sobre tu rostro,
una dulce sonrisa,
reflejo de la que el Señor
continuamente te dirige.
Y en el fondo de tu alma coloca,
antes que nada,
como fuente de energía y criterio de verdad,
todo aquello que te llene de la paz de Dios.
Recuerda:
cuanto te deprima e inquiete es falso.
Te lo aseguro en el nombre
de las leyes de la vida
y de las promesas de Dios.
Por eso,
cuando te sientas apesadumbrado, triste,
adora y confía.


*





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