Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus."

Epicuro




febrero 06, 2016

Querido Mario




Querido Mario:


Sí, aquí seguimos en plena acción aunque bajando los flaps como diría un piloto, frenando, tocando tierra de barriga ya pues el tren de aterrizaje responde lento y tiene sus llantas desinfladas. Inevitable.
Me preguntas si he escrito algo por el aniversario del pueblito.
Tu y yo fuimos testigos, niños de brazos, de las fiestas del centenario. No creo que nos hayamos formado ilusiones en ese entonces mientras veíamos pasar el desfile de la familia Castañeda y participábamos empelotos y pintarrajeados con tizones y corchos quemados en "la noche india" del padre Domínguez, que llegaríamos a estas alturas ya tan adentro del siglo XXI.
Henos aquí años después intentando volver a ser niños, ojalá no tanto como para usar pañales y demás, sino en términos bíblicos: hacernos como niños para alcanzar el reino de los cielos.
Personalmente nunca me plantee que llegaría más allá del año 2000. No sé si íntimamente llegué a desear que fuera verdad, o me convencí de que lo era, aquello que 'dentro de mil y mil volveré a la tierra' y ese sería el límite. Ya vemos cómo va la cosa.
Pero ni por un solo día dejo de sorprenderme de lo que nuestra generación ha sido testigo: desde la oscuridad —que alumbrábamos con velas por media hora en la finca de El Higuerón y también en el pueblo cuando se iba la luz que era casi todos los días— hasta la destrucción del planeta por el mismo hombre como estamos viviendo en estos días de calores infernales.
Hemos vivido mucho. "Dura más que un Papa" anotó Aldemar aquella tarde y vamos sobreviviendo una decena de ellos...
Oh, Mario... Pero vimos salir el sol en las madrugadas y también ponerse por sobre las montañas. A falta de pantallas en las noches miramos las estrellas tratando de contarlas, o rezábamos el rosario con los papás haciendo recocha disimulada con los hermanos, y en el día veíamos volar los gallinazos o jugábamos con los vecinos pelota en las calles.
Nos levantamos con las gallinas, sacamos de sus nidos los huevos para el desayuno, conocimos pinches, toches, barranquillos, tórtolas -también las caucheras- y escuchamos la orquesta de pájaros en las madrugadas.
Vimos a nuestros ancestros cargar mulas, conocimos los bueyes que traían rastras desde Arboleda y carbón de El Libano, así como las muladas y los arrieros de alpargatas, silbidos y palabrotas. Vimos pasar enfermos o muertos en angarillas. Ordeñamos vacas, cogimos café, tomamos postrera y nos quemamos con la panela recién salida de las pailas.
Hasta las palabras han desaparecido.
La última vez que fui a Pensilvania me levanté aún oscuro para escuchar los trinos en las laderas del Piamonte, pues su cumbre que era un monte primario de quien sabe cuántos miles de años, en la que habitaban tigres de bengala según decía mi padre, es hoy la calva de un monje medieval. Envuelto en la cobija me senté en un banco húmedo a esperarlos: no hubo, los pinos no fueron propicios para ellos.
Los huevos hoy los ponen los supermercados.
La leche sale de las bolsas.
Para escuchar cantar los pájaros se prende un equipo de sonido.
En cambio el cielo tuvo menos neblina de aquella que recuerda mi niñez y el sol unas horas después calentó más que antes.

Me metí entonces -desafiante- al charco de El Bosque, pero huí con signos de hipotermia.
Un abrazo Mario. Y gracias muchas por ponerme a hablar.

luis fernando

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