Si la vida no fuera más que un día roto en veinticuatro parpadeos, y el año cero marcara la medianoche, a mis setenta y dos de hoy —siendo setenta y siete el fin—, el cuadrante se detiene a las 22:26.
La noche ha caído y avanzado. El sol es una memoria que la luna apenas puede sostener. La jornada está concluida.No es la hora del apuro, sino del naufragio; la hora del vaso solo, la sombra de un libro y la ausencia —una ausencia que ya tiene la densidad de la materia.Los amigos no es que estén lejos; es que habitan otras franjas de la vida-día, son mundos clausurados.Es la hora en que el cuerpo es cifra pesada, y en que el alma —una vela exhausta— se rinde a la huida.Quedan noventa y cuatro minutos para la medianoche que me trazo.No son minutos de urgencia, sino de una presencia insoportable.El tiempo se mide ahora en densidad, en una productividad espectral: cada gesto cuenta el doble, cada silencio es un peso muerto, y cada mirada se vuelve, sin drama, la última despedida.“¿Por qué este otoño / he envejecido tanto? / Revuelo de pájaros.”Y Benedetti, en otro, constata lo implacable:“hace unos años / me asustaba el otoño / ya soy invierno.”Con el frío de el alma en huida, Borges —desde su hora final en su poema Instantes— no pidió más vida, sino más errores, más locuras, más la gloriosa desobediencia de no saber:“Si pudiera vivir nuevamente mi vida…”“Pero ya ven, tengo 85 años… y sé que me estoy muriendo.”
Como si el tiempo, escaso, se hiciera trampa generosa.¿Cómo llenar, si acaso se puede, esta hora y treinta y tres minutos que me quedan?El reloj miente: no hay que correr; hay que precipitarse.Agradecer hasta que duela.Arrepentirse sin consuelo.Ni despedirse ni recoger.El altar de sacrificios queda aquí.La vida es una carga ineludible que no se va con nadie.Son las 22:26.Aún queda el aliento para amar sin ruido, para la creación sin testigos —que no la merecen—, para ser sin la necesidad desesperada de ser visto.Tan cerca ya de la medianoche, el negro del Caos lo tiñe todo. Titono, convertido en grillo, al menos conservaba un lamento. Yo —ni eso.
Ni siquiera el canto residual de la condena..

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