Nuestra cultura separa cuerpo y alma, como si lo más verdadero de nosotros viviera lejos de la carne que nos sostiene. Pero cuando uno presta atención, esa división se vuelve imposible. Mientras haya cuerpo, hay alma, porque lo íntimo no se eleva por encima de la materia: nace en ella. La emoción empieza en un temblor, en un ritmo que cambia, en la piel que se eriza sin pedir permiso. Los recuerdos regresan con un sabor, con un peso en el pecho, con un olor que abre una puerta. Incluso el pensamiento —ese que creemos tan etéreo— tiene un lugar en el cuerpo: en la luz que se posa en los ojos, en la contracción de la espalda, en la calma o el vértigo del estómago. Todo lo interior emana de la carne, como si esta fuera una lámpara y el alma su modo de iluminar. Lo mismo sucede con el amor. Un alma sola no ama; ama el cuerpo y lo que guarda, la presencia concreta que nos acompaña con su manera única de ocupar un espacio en el mundo. Amamos la voz que nos llama, la respiración que reconocemos, la forma en que alguien se sienta, sus manos, su risa, su modo de mirar. Amamos lo que esa forma deja pasar: un calor, una ternura, una historia. Amamos, en fin, un cuerpo.. Incluso en el arte esta verdad se hace visible. El David de Miguel Ángel, aunque de mármol, tiene alma: la intención antes del movimiento, la fuerza contenida, la curva exacta donde la vida parece detenerse. El mármol vive, en el espíritu que lo habita. Allí donde la materia adquiere gesto y sentido, algo secreto despierta, y lo sentimos como si respirara. Un pedestal vacío no carga alma porque le falta cuerpo, presencia, tensión, le falta aquello que mira de vuelta. En la nada no hay nada que amar ni reconocer; no hay forma desde la cual algo pueda sonar.
En la carne viva o en la piedra tallada, la enseñanza es la misma: el alma aparece donde un cuerpo —real o creado— se llena de sentido y empieza a decir algo de sí. No somos almas que descienden a un recipiente; somos cuerpos que, al vivir, al sentir, al amar, generan alma. Cuerpos que ocupan un espacio cierto, delimitado por la piel, y que desde ese territorio tan concreto dejan oír el misterio que llevan dentro.

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