Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

enero 01, 2026

La casa

1.1.26


A una casa de tablas paradas.

Para Olga Lucia

 



La casa entonces no pesaba

No tenía la consistencia del concreto, 
pero sí el abrigo y el hogar. 

Las puertas, siempre abiertas, 
de día y de noche, 
eran parientes del espacio. 

Las ventanas sin vidrio 
protegían de la vista o del sol 
con una tela que flotaba, 
respirando con la brisa, 
y soñaba. 

Las tablas paradas sostenían más que el techo: 
sostenían el tiempo, 
el olor del café, 
el silencio del amor 
que se escondía. 
-los padres, entonces, no se amaban. 
Procreaban. 

No pesaba. 
Su estructura era básica, 
pero estaba llena. 

Llena de mundo, 
de niños que correteaban 
por corredores que temblaban a su paso.

De milagros que nadie nota ya.




diciembre 30, 2025

Los héroes de diez centavos

 



En los bajos de aquella casa de tablas paradas donde viví en la niñez tenía su zapatería don Francisco Zuluaga. Remendaba zapatos, sí, pero su verdadero negocio era otro: alquilar héroes. Por diez centavos uno podía llevarse a Tarzán y Chita, a Tarzán y Boy, a Mandrake y Lothar, a Batman y Robin, a Superman y Superboy… hasta el Pato Donald con sus sobrinos de origen desconocido, que no trabajaba y nadie sabía de qué diablos vivía. Un catálogo entero de valentías ajenas, todas disponibles en formato grapado.

Y ahora que lo pienso, ninguno de ellos estaba casado.
Ni uno.
Ni por equivocación.

Tarzán vivía con monos y un niño adoptado que aparecía y desaparecía según la edición. Mandrake y Lothar eran una pareja funcional sin papeles. Batman y Robin parecían más preocupados por el crimen que por la vida doméstica. Superman tenía a Lois Lane, sí, pero aquello era un romance de oficina, no un matrimonio. El Pato Donald… ¿novia? Daisy lo ponía a temblar, pero compromiso, ni loco. Y la Mujer Maravilla… bueno, esa sí que no cargaba con marido: tenía misión, patria y un avión invisible. ¿Para qué más?

Tal vez porque es imposible ser héroe pensando en llevar comida a la casa y pañales a los niños.
O porque un superhéroe casado pierde glamour: imagínate a Batman pidiendo permiso para salir a combatir el crimen porque mañana hay reunión de padres de familia.
O al Pato Donald explicando en la DIAN de qué vivía para no declarar renta.

Y eso sin mencionar a El Zorro, cuya relación real era con Plata, su caballo, y la sospechosa con aquel ayudante que en mi barrio jamás se llamó Bernardo. Ese hombre —que quería más a Plata que a cualquier ser humano— nunca mostraba la cara. Quizás tenía una cicatriz terrible. O tal vez era un truco de producción para no pagarle más. Uno nunca sabe.

Linterna Verde siempre llegaba primero. Aquaman siempre llegaba mojado. Y ambos se miraban con una complicidad que no necesitaba subtítulos. Uno pensaba que era camaradería heroica. Hay quien sospecha que había algo más: una química que ni el anillo de poder podía disimular. O sí. Uno nunca sabe. Y claro, en el salón de la fama —que parecía más un club social que un cuartel de superhéroes— había una energía rara, como de internado masculino donde todos se conocen demasiado.

Y si de convivencias estrechas hablamos, ahí estaban Benitín y Eneas, que dormían juntos sin que nadie se escandalizara. En esa época la inocencia era tan grande que dos hombres compartiendo cama era solo humor, no sospecha. Hoy uno mira hacia atrás y piensa: ajá… con razón se entendían tan bien.

Y ni Yoda se escapa. Ese maestro de 900 años, soltero profesional, viviendo en un pantano, hablando al revés y sin que se le conozca pareja, familia ni siquiera un amigo que no fuera un padawan en crisis. Un héroe perfecto para no comprometerse:
“Ni lo hizo ni no lo hizo.”
Y así nadie podía reclamarle nada.

Al frente de la zapatería, don Miguel Ángel Aristizábal alquilaba ciclas. Eran ciclas con vocación suicida: a todas se les soltaba la cadena en la bajada. Uno regresaba con la espinilla sangrando y mamá le untaba petróleo. ¿Petróleo? Sí. Decían que era el mejor desinfectante. No sé si funcionaba, pero ardía como si uno estuviera purgando los pecados de la semana.

Nunca supe por qué mi padre prohibió esas revistas en casa. Quizás sospechaba que tanta soltería heroica podía ser mala influencia. O tal vez intuía que uno podía terminar creyendo que la vida era así: pura aventura, cero compromisos, y un mayordomo —o unos sobrinos— que resolvía todo.

Don Francisco también alquilaba novelitas de vaqueros: esos guapos del oeste que caían como moscas. Mucho de mi gusto por leer nace de allí. Me leí enterito, como Serrat, a don Marcial Lafuente Estefanía —“por no ir tras su paso”. Me temo que, subrepticiamente, alquilaba libros del índice, como aquellos de Vargas Vila, pero tengo que confirmarlo con alguien que lo sabe de cierto.

Y ahora, décadas después, descubro que los héroes modernos ya no son como los de antes. Algunos se casan, otros se divorcian, otros viven en universos paralelos donde están casados en uno y solteros en otro. La épica se volvió telenovela. Superman y Lois Lane tienen matrimonio en algunas versiones, en otras mueren juntos, en otras ni se conocen. Spider-Man se casa, se separa, se casa de nuevo, o el guionista decide que nunca pasó. Y la Mujer Maravilla sigue soltera, porque hay mitos que no admiten vajilla.

Quizás por eso sigo recordando con cariño a los héroes de diez centavos:
eran simples, eran solteros y no tenían que pagar servicios públicos.

Uno alquilaba una revista y recibía un mundo entero donde nadie tenía que madrugar, nadie hacía mercado, nadie discutía por quién sacó la basura. Eran héroes puros, sin la carga de la vida real. Héroes que no envejecían, no se deprimían, no pagaban impuestos.
Héroes que, como las ciclas de don Miguel Ángel, podían fallar en cualquier momento… pero siempre daban una buena historia.

 

diciembre 28, 2025

Novena de navidad

 

Hablar de la Novena no resulta fácil para mí, ni dentro del grupo familiar ni fuera de él, porque es, ante todo, un acto de corazón que no tiene forma de ser descrito ni explicado. Algunos terceros lo juzgarán, bien o mal, sin entenderlo; razón por la cual tampoco es necesario exponerlo.

Valoro el solo hecho de entrar al castillo de cada uno —que es su casa— sin dejar los zapatos en la puerta, pero dejando fuera la armadura. El abrazo franco de vuelta completa; el canto que surge natural y que empiezan a aprender apenas nacen. Aprecio el detalle de cada día (no confundir valor con precio) en su significado de compromiso no comprometido que se desarrolla a lo largo del año. En nuestro caso —seguro es igual en todos— por donde pasamos desde enero nos decimos: «esto está bueno para la Novena».

El acopio y la provisión de recursos, la alcancía para ese fin, las tensiones que generan los preparativos: «Si quieren que nos sentemos, traigan cuatrocientas sillas». ¿Cómo expresar gratitud por un acto tan recíproco y total? Venir desde muy lejos para no perdérselo y persistir. Decirle a otro plan: «No voy, porque esta es la Coca-Cola, no el tinto». O llegar por primera vez y querer quedarse.

Sí. Gracias de corazón a cada corazón, incluido el propio, por cada momento. Por cada tarea. Por la crónica del día a día hecha con dedicación y creatividad. Por el bullicio y la siembra de recuerdos. Los «Gutiérrez viejos», como nos denominaría mi madre, iremos cayendo como los árboles añosos; las raices reverdecen. Los nuevos mantendran la estructura a su manera y la transmitirán a quienes los siguen no por obligación ni tradición, sino porque les nace. Esto no es en sí un propósito, porque es algo natural.

Carlos, Olga Lucía y Camilo están ahí. Los padres. Fueron artífices y todos lo seguimos siendo. Habrá que hacer, a lo mexicano, un "Día de Muertos" para mantenerlos vivos.

 


 

diciembre 26, 2025

Familia, amistad y el azar de lo propio

 

 La casa de piedra y el puente en el aire


Hay dos formas de habitar el mundo: una se llama Realidad y la otra, Concepto.

La Realidad es una casa de piedra —una de tablas paradas, en mi caso— construida antes de nacer. Entramos en ella sin llamar, porque nuestras llaves estaban talladas en los huesos. Allí, el amor es un derecho de suelo: se es hermano porque sí, porque el nombre y la sangre son una misma sustancia espesa. En esa casa no hay despidos; puedes gritar, puedes marcharte años, puedes odiar las paredes, pero cuando vuelves, la piedra sigue siendo piedra. Es la familia: el lazo que no necesita mantenimiento para existir, la pertenencia de la que no se puede dimitir porque es —a pesar de los pesares— nuestra propia piel.

Afuera de la casa, en el campo abierto del mundo, existe el Concepto. No es una construcción, sino un destello. Sucede una tarde cualquiera: un saludo que, por una razón inexplicable, decide no morir en el silencio; una taza de café que, sin proponérselo, establece una conversación. No buscamos a nadie; una frase despierta un eco. En ese momento ocurre el *oikeion*, esa antigua palabra griega que, en el *Lisis* de Platón, nombra el estremecimiento de reconocer algo propio en un extraño, como si lo ajeno reclamara un lugar íntimo. No es que el otro nos complete; es que hablamos el mismo idioma.

Aristóteles, en la *Ética a Nicómaco*, fijó categorías: amistades de utilidad, de placer y de virtud. Su gesto es comprensible: el filósofo busca orden donde la vida ofrece sobresaltos. Pero la amistad que irrumpe no se deja clasificar sin perder algo esencial: su carácter de acontecimiento. El estagirita quiso convertir en hábito lo que es irrupción; quiso codificar lo que nace del azar. Y sin embargo, su intuición de que la amistad verdadera es “un alma en dos cuerpos” resuena, no como definición, sino como metáfora de esa afinidad súbita que no se elige.

Cicerón, más romano y más preocupado por la estabilidad de la república que por el temblor del alma, quiso salvar la amistad de la fragilidad. En *Laelius de amicitia* la elevó a virtud cívica, a pacto entre hombres buenos. Pero incluso él, defensor de la firmeza, admite que la amistad depende de la *voluntas*, de la voluntad libre del otro. Allí, sin quererlo, se asoma al abismo que Aristóteles quiso evitar: la amistad no es un derecho, es una gracia. Cicerón la ennoblece, pero también la revela vulnerable. Su grandeza está en reconocer que ningún afecto puede exigirse por decreto.

Montaigne desconfió de ambas arquitecturas. Para él, la amistad verdadera no se explica: “porque era él, porque era yo”. No hay virtud, no hay utilidad, no hay clasificación posible. Hay un misterio que no se deja traducir. Montaigne entiende que la amistad es un acontecimiento que se da una vez, o nunca. Su gesto es radical: renuncia a toda teoría para preservar el temblor. En él, la amistad no es un puente de aire, sino un rayo que cae una sola vez en la vida.

Yourcenar, que no clasifica ni legisla, sino que mira, evoca en *Fuegos* esa idea de que hay entre nosotros algo más grande que el amor: una complicidad. Ella no habla de virtud ni de ciudadanía, sino de una resonancia que no se funda en la sangre ni en la moral, sino en la intensidad de un instante compartido. Yourcenar entiende que la amistad es un pacto sin contrato, un acuerdo tácito entre dos seres que se identifican en la intemperie. Su mirada desmonta tanto la taxonomía aristotélica como la arquitectura ciceroniana: la amistad no se define, se atraviesa.

A diferencia de la casa de piedra, la amistad es una concesión: un puente de aire que el otro sostiene mientras quiere. No hay garantías de que el puente seguirá allí. Por eso, cuando un amigo nos cierra la puerta en la cara, el concepto se disuelve y no queda nada: no hay tribunal para demandar el afecto que se retira. Aristóteles hablaría de corrupción del bien; Cicerón, de ruptura de la virtud compartida; Montaigne, de un misterio que se apagó. Pero la vida es menos jurídica: simplemente, el puente se deshizo.

Cuando el azar nos devuelve a un amigo tras décadas de ausencia, lo recibimos con un temor sagrado. Su presencia es un préstamo, un estado de gracia. Lo cuidamos y evitamos la provocación, no por falta de confianza, sino por exceso de realismo: sabemos que no tiene la obligación de la sangre. Su regreso no es un derecho, es un regalo de su voluntad. La complicidad es un milagro discreto.

Amistad es el nombre que le ponemos a un azar que decidimos no dejar pasar. La filosofía —con toda su nobleza— solo puede describirla después de que ocurre, nunca antes. Aristóteles la ordena, Cicerón la ennoblece, Montaigne la calla, Yourcenar la desnuda. Pero ninguna teoría sustituye el encuentro.

Uno siempre podrá ser hermano de sus amigos —elevando el azar a la categoría de piedra—, pero nunca podrá ser solo amigo de sus hermanos, porque a la sangre no se le pide el permiso de entrada que requiere la amistad. Alimentamos el alma con ese “mientras dure”, sabiendo que la familia es el puerto donde nos reciben porque somos de allí, pero la amistad es el mar que se navega, conscientes de que el viento es una concesión del cielo que puede cesar en cualquier momento.



diciembre 22, 2025

La sopa existencial

 


Dicen que la vida es sueño, pero quizá sea más exacto decir que es una sopa que hierve mientras soñamos. Una mezcla espesa donde flotan ingredientes que no elegimos: la genética, las formas físicas y mentales heredadas, principios que se deslizan por la sangre como viejas consignas familiares. A esto se suman los usos domésticos, los silencios aprendidos y el entorno que acoge o expulsa. Todo se disuelve en un caldo que ya borboteaba cuando llegamos.
Con el tiempo, la mezcla se vuelve más compleja. Se añaden las alegrías fugaces, las frustraciones que sedimentan y los afectos que nos sostienen o nos desbaratan. Y en medio de todo, llega el dolor inevitable: cuando al caldo existencial se le agregan ingredientes externos, problemas que no son propios, sentimientos afectivos que envenenan el hervor. No bastaba la genética ni los silencios heredados; ahora entran deudas del mundo, miradas que juzgan, amores que asfixian como hierbas amargas. La sopa se desequilibra, el borboteo se torna quejido. Me duele esta intromisión, este robo de pureza turbia.
La mente —esa fabuladora— nos arrastra de un lado a otro, como si la existencia fuera un tablero donde cada jugada es, simultáneamente, azar y destino. Yo estoy fatigado de ser el problema o la solución o las dos cosas: es una forma forzada de existir, un peso que obliga al yo a actuar roles prestados, agotando el hervor genuino.
Desde Platón nos enseñaron que la felicidad es una búsqueda: un ascenso hacia la Idea, un movimiento perpetuo hacia lo que siempre está más allá. Pero si es búsqueda, es también una dificultad invencible; un horizonte que retrocede a medida que avanzamos. La felicidad platónica es un espejismo noble: nos obliga a caminar, pero nunca nos permite llegar. Quizá por eso la vida se siente a veces como un sueño: perseguimos sombras creyendo que son formas.
El budismo propone que la felicidad no se busca, se acepta. No es un objeto ni una meta, sino un modo de habitar la sopa sin pretender purificarla. Es comprender que el caldo es turbio por naturaleza, que los ingredientes son inseparables —incluso los ajenos que duelen— y que la mente es solo una ola más en la superficie. La aceptación no es resignación, sino lucidez: dejar de perseguir la felicidad para permitir que, de vez en cuando, emerja como un sabor inesperado, aún en la tormenta prestada.
Nuestra existencia oscila entre la búsqueda platónica y la aceptación budista; un vaivén entre el deseo de trascender y la necesidad de estar presentes. Mientras tanto, seguimos añadiendo ingredientes: la presión externa, la insatisfacción crónica, la comparación que nos encoge. Y, sin embargo, también agregamos gestos de ternura y esas complicidades que —como sugería Yourcenar— son más grandes que el amor.
Pero la sopa existencial tiene esta característica final: en últimas, la conforma un solo ingrediente: uno. El yo puro, sin roles impuestos, sin ser problema ni solución. La libertad no es más que esto: soltar la fatiga de las definiciones ajenas, elegir el gesto del único que hierve. No para dominar la existencia, sino para ser ella, con conciencia, gracia y humanidad desnuda.

 

diciembre 20, 2025

Invitación


Pero insistimos en seguir descaradamente vivos.— Maruja Vieira

 


Lo que la vida se lleva y lo que la muerte guarda.

 


Este año de despedidas la muerte cumplió: la enfermedad y el tiempo hicieron su trabajo, y tocó soltar manos que nos sostenían.

Con Olga Lucía, se fue un ser generoso que unía y congregaba.
No es solo una ausencia: es un desmoronamiento silencioso.

"La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente."

La muerte, extrañamente, pone a salvo a los que amamos.

Ya nadie puede herirlos. Ya no sufren.

Lo nuestro por ellos queda guardado en una memoria donde son perfectos.

La vida, en cambio, es un conjunto de “ahoras” implacables.

Nos expone al error, al agotamiento, a la crítica feroz, a la confrontación y al reclamo. A las causas y a las consecuencias.

La vida, razones no le faltan, intenta robarnos la cercanía a cada rato.

"La verdadera patria del hombre es la infancia."
Quizá porque allí nada nos ha sido arrebatado todavía.

La muerte guarda con esa misma inocencia lo que la vida desgasta.

"En medio del invierno se aprende que hay un verano invencible." Ese verano es la resistencia: no dejar que se nos robe lo que podemos cuidar.

Hoy, por eso, quiero hablar desde la invitación.

Quienes se fueron son eternos en nuestro cariño.

Nosotros estamos a tiempo.

Estamos a tiempo de pausar la crítica.

De suavizar la queja.

De perdonar el agotamiento, el cansancio. De no alimentar el desgano.

De recordar que la batalla no es entre nosotros, sino contra el olvido y la distancia.

La vida, con sus desgastes, es camino. La memoria, con sus custodios, es la fuerza.

No dejemos que la vida nos quite lo que la muerte aún no ha tomado.

 




 

 

diciembre 16, 2025

Crónica del pesebre

 


Crónica del musgo y el pesebre


El domingo previo a la novena, cuando diciembre iniciaba, mi padre organizaba el paseo para traer musgo. Era un rito silencioso como él lo era, repetido poco, pero lo  suficiente para marcar la memoria con la fuerza de lo irrepetible.

Subíamos el cerro de Piamonte —tutelar, empinado, cubierto de neblina— hasta la estatua de la Virgen que lo coronaba. Detrás comenzaba un monte verdadero, que atravesamos por un sendero que solo él conocía: bosque primario, de orquídeas colgantes, las ramas y bejucos tenían que abrirse para dejarnos pasar. «En este lugar —decía por lo bajo— la planta del hombre no ha puesto el pie…». Allí nos mostraba, con la parquedad de quien no necesita convencer, el sitio donde cazó un tigre de Bengala. La fábula era tan real como la tierra en los zapatos y las raspaduras en las piernas descubiertas. Su brazo, entrando por las fauces hasta la cola; el tigre volteado al revés con una sacudida; los restos de sus colmillos aún allí. Creíamos, como parte del rito. Mi padre no mentía .

Al salir del bosque se abría una pradera en pendiente por la que descendíamos, con quebradas heladas que seguíamos despacio. Íbamos llevando cardos para adornar y, de cierto lugar que solo él sabía, recogíamos el musgo, la piel del pesebre, en pedazos consistentes. 

Tenía papá tiempo para pescar: colgaba de una varita que limpiaba con su navaja su anzuelo, y al poco un pececito gris azulado —ballena de tierra fría, según él— pendía del hilo.

Por sorpresa, como si el cerro nos devolviera al origen, aparecíamos al pie de la montaña que subimos, mojados y embarrados, llevando, además, un chamizo que sería, coronado por una estrella dorada de cartón, el árbol de esta navidad.

Mi padre llegaba tan bien puesto como había salido: oficiante del rito, guardián de la pulcritud. No se cansaba: "el que se queda atrás de mi encuentra el diablo", animaba la caminata. A sus hijos los iniciados, nos marcaba la naturaleza. 

Los tatuajes se hacían entonces en el alma, no en la piel.

Al llegar a casa, mi madre cerraba el recorrido con la limpieza y una bebida caliente, mientras abría el baúl de los objetos que, en unas horas, darían forma a la fantasía de Francisco, el iluminado de Asís.

Hubo que recorrer mundo e ir a ganarse la vida. Pero aquellas caminadas dejaron huella. Desde entonces, la Virgen, José, el Niño en la cuna, la burra, el buey y los Reyes Magos tienen un lugar en la casa porque lo tienen en el corazón.

Cada familia hacía lo mismo, aunque nunca nos cruzamos con otra en la recolección. Cada cual con sus maneras. Al final los pesebres coincidían. Memoria compartida tejida en silencio por los siglos.

Hoy pervive la costumbre. Cada uno tiene un baúl, físico y emocional, para el pesebre que religa. Ya no se puede recolectar musgo, hay uno artificial extraído del bolsillo en un recorrido por alguna tienda: el barro en los zapatos y la pulcritud intacta del padre se expresan de otra forma. Los recuerdos son inscripción en el tiempo, seña que se transmite y que se fija.

El pesebre que cada diciembre vuelve a levantarse no es tradición: es la forma visible de una complicidad que sobrevive.

 

*




diciembre 15, 2025

Las puertas

 

Las Puertas

 

Las puertas me han inquietado.

​Una puerta cerrada es un silencio impuesto, una sombra que se despliega entre presencias.

​Las puertas entreabiertas revelan una verdad esquiva y dolorosa: esa rendija promete el paso, pero entrega el enigma de la ausencia. Por allí se filtra la fragmentaria mirada del observador; el juicio que se precipita sobre lo parcial, la verdad que se disuelve porque no alcanza a abarcar el todo. Son la esencia intoxicante de lo incompleto, la frontera invisible de lo oculto.

​A veces se ven como sentencia. No son portales hacia mundos posibles, sino cárceles de sombra, rejas que susurran: aquí termina el ser libre, aquí comienza la obediencia.

​Sin embargo  las puertas, al abrirse, anuncian que el espacio puede tener límites sin perder la infinitud.

​Las puertas del cielo y del infierno se presentan como absolutos. Una se abre hacia la promesa escurridiza; la otra, hacia la condena implacable. ​Son metáforas que se despliegan en nuestra manera de vivir la frontera entre el ser y el no ser: vemos en ellas umbral o encierro, camino o muralla.

​Pienso en la gran puerta del Senado romano, que persiste como memoria de poder y responsabilidad. No es el bronce: es el eco atemporal de un espacio donde se decidió el destino humano.

​Abrirlas o cerrarlas trazan la línea entre la voluntad y la historia.

​Pienso en las puertas que se arrojan en la cara, las que se cierran con la misma rapidez que un 'te quiero' pronunciado sin verdad, en un gesto fugaz que esconde la eternidad de la ausencia.

​En ese instante, la vida se escucha como la obertura Egmont de Beethoven:  acordes de la orquesta entera densos, comprimiendo la soledad en el pecho, recordándonos que cada cerradura resuena como un estruendo en el ser.

​Las puertas abiertas no calculan ni miden la entrada, no temen al viento errante ni al visitante inesperado. Confían, invitan, son síntesis de paso y fe.

​Son actos de entrega profunda;  confiar es la única melodía capaz de sostenernos cuando la orquesta del cosmos golpea con su insondable fuerza.

​El aire se plasma en movimiento, la mirada se expande más allá, la confianza atraviesa el umbral del miedo.

​Los ojos son la puerta del espíritu. Aquella canción de los Beatles pregunta: —¿Qué ves cuando cierras los ojos?  —¿Y qué hay más arriba de tu último piso?, pregunto yo. Quizá una estancia con la puerta cerrada contenga más que una iluminada... No, seguro que contiene más.

​Como dice el Tao, lo de arriba es igual que lo de abajo, y en ese estado invertido, el límite se disuelve y el espíritu se abre en múltiples umbrales.

 



diciembre 10, 2025

Cuerpo y alma

 






Nuestra cultura separa cuerpo y alma, como si lo más verdadero de nosotros viviera lejos de la carne que nos sostiene. Pero cuando uno presta atención, esa división se vuelve imposible. Mientras haya cuerpo, hay alma, porque lo íntimo no se eleva por encima de la materia: nace en ella.
La emoción empieza en un temblor, en un ritmo que cambia, en la piel que se eriza sin pedir permiso. Los recuerdos regresan con un sabor, con un peso en el pecho, con un olor que abre una puerta. Incluso el pensamiento —ese que creemos tan etéreo— tiene un lugar en el cuerpo: en la luz que se posa en los ojos, en la contracción de la espalda, en la calma o el vértigo del estómago. Todo lo interior emana de la carne, como si esta fuera una lámpara y el alma su modo de iluminar.
Lo mismo sucede con el amor. Un alma sola no ama; ama el cuerpo y lo que guarda, la presencia concreta que nos acompaña con su manera única de ocupar un espacio en el mundo. Amamos la voz que nos llama, la respiración que reconocemos, la forma en que alguien se sienta, sus manos, su risa, su modo de mirar. Amamos lo que esa forma deja pasar: un calor, una ternura, una historia. Amamos, en fin, un cuerpo..
Allí nace la persona, en ese resonar —per sonare— que la antigua máscara griega dejaba escapar. La persona es este cuerpo que vibra y se deja oír, este territorio limitado por la piel, donde ocurre lo irrepetible.
Incluso en el arte esta verdad se hace visible. El David de Miguel Ángel, aunque de mármol, tiene alma: la intención antes del movimiento, la fuerza contenida, la curva exacta donde la vida parece detenerse. El mármol vive, en el espíritu que lo habita. Allí donde la materia adquiere gesto y sentido, algo secreto despierta, y lo sentimos como si respirara. Un pedestal vacío no carga alma porque le falta cuerpo, presencia, tensión, le falta aquello que mira de vuelta.
En la nada no hay nada que amar ni reconocer; no hay forma desde la cual algo pueda sonar.
En la carne viva o en la piedra tallada, la enseñanza es la misma: el alma aparece donde un cuerpo —real o creado— se llena de sentido y empieza a decir algo de sí. No somos almas que descienden a un recipiente; somos cuerpos que, al vivir, al sentir, al amar, generan alma. Cuerpos que ocupan un espacio cierto, delimitado por la piel, y que desde ese territorio tan concreto dejan oír el misterio que llevan dentro.


 


 

 

 

diciembre 07, 2025

La muerte de la Tierra

 


«En el principio creó Dios los cielos y la tierra»
—(Génesis 1:1)


La conversación surgió de una frase atribuida a Carl Sagan: una visión de la “muerte de la Tierra” dentro de cinco mil millones de años, cuando el planeta será reducido a cenizas o engullido por el Sol. La frase, aunque impactante, me pareció superficial y tramposa. No porque el destino cósmico carezca de interés, sino porque funciona como una coartada: desplaza la atención hacia un horizonte remoto eclipsando los que hoy comprometen la vida en este pequeño punto azul.

Afirmar que la Tierra morirá en cinco mil millones de años es una simplificación. No será un cataclismo súbito, un “apocalipsis” de película. La realidad física es lenta: el Sol, al agotarse, se expandirá como gigante roja en un proceso gradual.

Frente a la obsesión occidental por el final explosivo, resulta más lúcida —y paradójicamente más humana— la visión del tiempo en los textos budistas, donde la eternidad, que se recompone, se mide en eones con el desgaste de una caricia:

«Si hubiera una gran montaña de cuatro leguas de longitud, altura y anchura, sin hendidura o grieta alguna, una masa sólida de roca; y un hombre, al final de cada siglo, fuera y la frotara suavemente una vez con una tela de Benarés, antes se desgastaría el gran risco por este método que pasaría un eón».

Aquí, ahora, el tiempo se mide, como mucho, en décadas. La solemnidad del  abismo temporal —sea el de la tela de Benarés o el de la gigante roja— no puede ocultar la irrelevancia del argumento. Proyectar la angustia hacia miles de millones de años es una distracción frente a los peligros inmediatos.

El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas no esperan al fin del Sol. Son procesos en marcha que amenazan la vida en escalas de años, no de eones. De no enfrentar los deterioros que hoy avanzan, haremos inhabitable la Tierra mucho antes de que la montaña se desgaste o el Sol se dilate.

La frase sugiere, además, que habrá “otros seres” que miren desde el futuro sin noción de nuestra exostencia.  Una fuga poética. En este mismo instante, en las miles de millones de galaxias que existen, no sabemos que alguien conozca este lugar. Ni nosotros conocemos a otros, ni otros nos conocen. Esa proyección se sostiene más en el deseo de trascendencia que en la realidad del conocimiento.

El valor de la Tierra no reside en su destino final, sino en su fragilidad actual. Como recordaba el mismo Sagan —volviendo a la tierra tras mirar las estrellas—, este planeta es nuestro único hogar.

Preservarlo es un deber que no admite dilaciones cósmicas. La Tierra no necesita ser imaginada en el horizonte de otros soles para justificar su cuidado: basta con reconocer que es el único lugar donde la vida, la memoria y la complicidad humana han florecido, y depende de lo que hagamos aquí y ahora.

«Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva;
porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más»
—(Apocalipsis 21:1)



 

 

diciembre 05, 2025

La permanencia de la luz


“Era el ayer, llevando de la mano mi vida.”

Maruja Vieira

 

La nostalgia deja de serlo cuando lo vivido no se recuerda, sino que permanece como vida presente.

Así era el siete de diciembre. A eso de las seis de la tarde llegábamos —como caravana a un oasis— a la casa de puertas abiertas. La casa de la madre es, invariablemente, la casa; el centro, el verdadero hogar. No hacían falta llamados ni convocatorias: la bienvenida era su sonrisa encendida y un fogón, fogare, hogar, que entregaba buñuelos dorados sin dar tregua a la bandeja vacía.

Su abrazo menudo, capaz de encerrar el mundo entero, era la llave de entrada.

Afuera, en el andén, las velitas se prendían una tras otra, trazando un camino del corazón al infinito. Las copas se alzaban; el guaro acompañaba como fuego líquido; y el encuentro, fraguado desde horas antes, unía manos que disponían la mesa y voces que afinaban el canto. Allí los niños aprendían la costumbre y los adultos, con ellos, volvíamos a ser niños.

No: no es nostalgia. Lo que allí sucedía no se ha ido. Arde en cada gesto, en cada risa, en cada lucecita que desafía la noche. El tiempo ha seguido su curso —ay—, pero la escena permanece intacta, como si las velitas del andén custodiaran todavía las voces, los abrazos, el rosario y los cantos que se tejían, espontáneos, en el aire.

 


noviembre 30, 2025

Al filo


“Soy un animal rumiante, amigo.

Este año se cierra con una docena de partidas: unas de cuerpo, otras de espíritu y una que masticó ambos sin inmutarse.

Sé que ‘el que piensa pierde’, pero mis cuatro estómagos no atienden razones.

Desde aquella niñez que no existió —corriendo hacia la virgen colgada sobre el abismo— algo me llama desde abajo.

Los seres abisales, con sus antenas de silencio.

Y yo, por ahora, respondo: no, gracias.”

 

El niño caminaba por el filo del abismo con la naturalidad de quien cruza un patio.

No había barandas ni advertencias. Tampoco adultos con sobresalto.

Solo el viento ascendente, frío como una mano que no es de nadie.

Abajo, la escuela palpitaba diminuta, indiferente.

El niño llegaba hasta la virgen incrustada en la roca y, acostado boca abajo, dejaba que el vértigo le murmurara historias.

Las mariposas pasaban a su altura: errores minúsculos del aire.

Ignoraba —por ser niño— que el mundo podía desaparecer sin pedir permiso.

No se daba cuenta de que un desliz bastaba para convertirlo en ángel.

Por eso caminaba. O mejor: corría.

Abismo a un lado, barranca al otro.

Años después, ya casi hombre, descubrió que tenía cuatro estómagos.

Una maquinaria para procesar pérdidas, silencios, lecturas, noticias tardías, despedidas abruptas y esas ausencias que pesan más que los cuerpos.

Un estómago recibe lo crudo; otro lo devuelve envuelto en pensamiento; el tercero lo tritura sin piedad; el cuarto… el cuarto espera.

Rumiante de sombras. Acontista de palabras.

Sabía que “pensar es perder”, pero rumiar no es pensar: es postergar la caída.

Desde abajo, los seres abisales lo siguen llamando.

No levantan la voz. Sus luces tiemblan con una paciencia antigua.

Él responde con la cortesía del que aún no se rinde:

—No, gracias.

Como quien declina un café que, en el fondo, necesita.

No por valentía, sino por esa obstinación de seguir en el borde, con los pies sucios de tierra y la mente repitiendo que todavía no.

Nunca supo si alguna vez fue niño o si nació adulto. Solo entendió esto: que su forma de existir consiste en andar al filo, rumiar lo que llega, ironizar lo inevitable y seguir.

Aunque el abismo, paciente, lo llame por su nombre propio.


 


 

 


noviembre 28, 2025

Hasta mañana - Anotaciones para un texto que no verá la luz

 

Desde hoy el rocío
borrará mi nombre
de tu sombrero.
—Basho

 

Crónica de una permanencia voluntaria

He decidido callar. No es pausa ni estrategia: es renuncia a la necesidad de explicarme, de reparar lo roto o de convencer de mi valía. En este silencio no hay cálculo, solo la liberación de quien suelta las armas y se queda con lo justo para respirar. Porque —como escribió Thomas Mann en La montaña mágica“un alma sin cuerpo es tan inhumana y espantosa como un cuerpo sin alma. Lo primero es una rara excepción, lo segundo es el pan nuestro de cada día”. Y aquí, en este silencio, no me permito ser excepción ni rutina: busco que el alma se encarne, que el cuerpo conserve su tremor, que ambos se sostengan en la misma dignidad.

He vaciado el morral. He sacado la culpa, el ruido de las expectativas ajenas y el miedo. Me he quedado con lo indispensable, caminando hacia una luz o una oscuridad que no juzgo, acepto. Con la mirada de Saramago: no miro por encima, ahora veo. Veo las grietas y la estructura real de las cosas, sin filtros. A veces me siento como Aschenbach en su silla, frente a un horizonte inmenso, encontrando mi definición en la soledad que no es castigo, sino intimidad radical: un espacio donde el alma se reconoce en su desnudez y el cuerpo se vuelve testigo.

He aprendido a habitar mis ruinas con la dignidad de Adriano. Al aceptar la derrota con los ojos abiertos, he descubierto que los monstruos de Cavafiscíclopes, lestrigones. el fiero Poseidón— se mueren de hambre porque no los  llevo dentro de mí. Me sobrepongo elevándome, caminando entre  escombros sabiendo que aunque Ítaca no exista, el viaje me pertenece. En este tránsito soy el monje atravesado por la flecha y el emperador que mantiene su fortaleza interior. Fluyo y resisto. Y en esa resistencia hay un aire que me recuerda que sigo vivo, que cada paso es un pacto con la fragilidad.

El cuerpo se convierte en constancia: cada respiración es testimonio, cada noche una claudicación. Si sigo aquí, pagando el impuesto ético a la existencia, es gracias a la lección de Cioran. La puerta está abierta, soy libre de irme, hablo del derecho a regresar, y es precisamente esa libertad la que me da el coraje de quedarme. No soy prisionero; soy huésped que elige, cada noche, posponer la partida. Esa elección no es heroica, es íntima: se hace en silencio, en el frio de la penumbra, en el roce de la almohada que guarda mis dudas.

Cada “hasta mañana” es contrato sagrado con la vida, promesa de que el telón volverá a subir una vez más, aunque no haya público, aunque solo sea para honrar el valor de permanecer. El telón se levanta sobre un escenario vacío, pero estoy ahí, cuerpo y alma juntos, sosteniendo la escena. No busco aplausos ni testigos: busco la dignidad de seguir, de no abandonar el pacto. Y en ese gesto, íntimo y tembloroso, se revela la permanencia voluntaria: no como obligación, sino como acto de libertad.

 


 

noviembre 26, 2025

La palabra



Nadie dijo que la vida fuera un jardín de rosas. Dios se asustó con el paraíso y lo quitó. Pero si alguien lo dijo con sentido, advirtió también de las espinas. Hablar desde el corazón es un abrebocas que anuncia que algo peor viene en camino. El que dice las cosas carga con la incomodidad, con el rechazo, con el halago amargo que llega tarde: “al menos lo dijo.” La palabra franca abre grietas en el silencio, y aunque no caiga bien, se hace memoria. “En el principio era El Verbo.”, la palabra es sustancial. Y los muertos tan callados, “están en cautiverio, y no los dejan salir del cementerio", como advierte la canción de Serrat. Aires de tormenta.



 


 

 

noviembre 23, 2025

Lo que se aprende de una vaca

 

Desde arriba somos puntos; desde cerca somos historias.

— Inspirado en Multitud, Juan Genovés.

 


 

Fui a uno de esos eventos multitudinarios que parecen convocar a media ciudad. La Feria del emprendimiento en expoferias de Manizales. A la hora del almuerzo —porque en Colombia se almuerza al mediodía y la comida nocturna se llama comida— busqué mesa. Ninguna disponible. La táctica nacional nunca falla: uno se para junto a quien ve está a punto de terminar, y el resto lo resuelve el lenguaje de los ojos. Una coreografía silenciosa que aprendemos desde niños.

Era una mesa para cuatro, que ocuparíamos dos. Mientras,  llegó alguien que hacía lo mismo que nosotros: un muchacho de unos veinte años, plato en mano, que preguntó con cautela:

—¿Puedo poner esto aquí?

—Claro, no solo ponerlo, siéntese —le dijimos.

Su plato era uno escogido con la resignación de quien calcula. Cuando llegaron los nuestros le dijimos si quería, pues eran demasiado grandes. Se negó, pero la insistencia cálida alguna rendija abre, y terminó aceptando con pena, esa mezcla de pudor y gratitud como lo expresamos en estas tierras de los Andes. Le pasamos lo que quiso.

Era tímido, pero no hosco. Comentó que había mucha gente, y le preguntamos si trabajaba allí o si era visitante.

—Soy la vaca —dijo con media sonrisa.

La vaca: el muñeco publicitario de lácteos que habíamos visto minutos antes, saludando a los niños y tomándose fotos. Lo imaginé adentro del traje, sofocado, y le dije:

—Eso debe ser un horno.

—No —respondió con naturalidad—. Solo la temperatura ambiente.

Le pregunté qué estudiaba. Dijo que acababa de terminar tercer semestre de Derecho. Cinco años de carrera, agregó, más uno de judicatura, porque no pensaba hacer tesis. Habló de su futuro con la nitidez que se tiene a los veinte, cuando el mundo es lineal y los senderos son dibujos firmes en una cartulina.

Mientras lo escuchaba, pensé en la inteligencia artificial: en Perplexity, Gemini, Grok, Copilot, el Chatgpt  y la procesión de plataformas que nacen cada día. Pensé en los profetas del futuro —los Musk del cuento— que anuncian, sin parpadear, que los abogados serán reemplazados, como los médicos, como las profesiones todas; que pronto bastará un prompt para hacer lo que hoy requiere oficio, estudio, y años de vejez en la mirada.

Y él, que sentado al lado con una botarga de vaca se paga sus gastos, habla de planes a cuatro años con la serenidad de quien construye un puente piedra a piedra. Esa terquedad hermosa, casi antigua.

Hablamos de otras cosas. A nuestro alrededor, la gente en la danza de la espera, mira. Cedemos la mesa. Pagamos la cuenta. La de él también, sin decirle y sin consultarle pues hubiera dicho no. Nos despedimos con un “feliz vida”, y la multitud nos tragó en segundos.

Me quedó la imagen. Debajo del disfraz había un ser humano. Un futuro abogado. Alguien que quizá, dentro de años, dirá a sus hijos: “Recuerdo cuando vestido de vaca, me ganaba unos pesos para ayudarme en la universidad y almorcé con unos desconocidos”. Nunca sabrá que nos regaló sin proponérselo una lección sencilla y luminosa: los mapas que uno se traza —incluso los que se dibujan bajo un disfraz de peluche— son lo que nos hace humanos, a pesar de lo que dicten los algoritmos. Los planes, son, aún, una forma de esperanza.

Un muchacho de veinte años es una fábrica de ilusiones que todavía no se deja gobernar por las máquinas, o que las mira con confianza suave, como quien sabe que el futuro se escribe con mucho más que códigos.

Y uno se pregunta: al final, algo habrá que hacer, ¿no? 

 


 

 

Nocturno


Quién no recuerda esas moras silvestres, a veces muy dulces, a veces ácidas, como la vida, como el amor, que crecían entre  los alambrados de púas en los caminos de la niñez y nos lanzábamos a coger no importaban sus espinas, como el amor, como la vida.