Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Observo el bellísimo guadual frente a la casa. Su verde que cambia de intensidad con las horas del día hasta llegar al negro que se mueve con la luna. El brillo de sus hojas al amanecer después de una noche de lluvia. La forma como lo mece la corriente y se deja llevar por ella sin oponérsele, llegando al suelo, de la misma manera que el viento lo deja crecer para encontrarse los dos y amarse en las alturas. Nada lo inquieta. En su interior vive la vida. Caminar bajo su sombra tiene efecto de frescura, afecto e intimidad, abrazo de silencio. Nada lo cambia, excepto el hombre para destruírlo, secarlo, hacerlo herramienta, basura, fuego o, peor, soporte incansable o alma del concreto. Amaría ser esa hoja final, debil unas veces otras veces erguida, que alta en el extremo se opone al último rayo del sol en el atardecer.
Firme pero libre aunque atada al suelo asi es mi alma. Mis afectos no tienen la obligación de ser perfectos. Son humanos, si lo son: eso me basta. Podrán sacudirla las tormentas, querrá cambiar, dudará, vacilará, pero será lo que es hasta cuando también sea hecha fuego y los rescoldos los arrimen, como lo he pedido, a la base de un árbol caminero. Tendrá que ser una noche de luna nueva. Y con estrellas.
Si, puede estar más solo que solo: cuando estando solo se está solo.
©2018
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