Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.
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octubre 24, 2022

Pensilvania, los Hermanos de La Salle – La marcha


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


El drama: La detención y la marcha
Los actores: Hermano; Juez
El lugar: Pensilvania
El tiempo: Agosto, 1969

Durante años he querido entender el desenlace de la retirada de la comunidad de los Hermanos Cristianos de San Juan Bautista de la Salle de Pensilvania.

No por el retiro que era previsible dada la deserción de miembros de las comunidades religiosas tras el Concilio Vaticano II, sino por lo que para su estima tuvo que representar el lio que llevó a dos de sus miembros, rectores del colegio que gestionaban, a la cárcel.

Me sorprendió la forma como los dejaron ir de un pueblo que decía quererlos, que se enorgullecía de su presencia y del aporte que habían hecho a su educación, existencia, e infraestructura, exhibidas como modelo.

Salieron de madrugada, no por la puerta de atrás puesto que el pueblo tiene solo una, pero sí en silencio, sin decreto de honores, sin lamentos, sin misa de despedida, sin merecido homenaje ni palabras alusivas al acto; no subrepticiamente, pero abandonados. Le pregunté a mi padre que tenía influencia política qué pasaba entre bambalinas y solo me respondió: hay que respetar la justicia, aunque no nos guste.

El apresamiento de los hermanos lo fue en un proceso que el juez local avocó por denuncia de un visitador del gobierno.

Cuando uno de los acusados expuso en público lo que pensaba de la ingratitud notoria, y de la persona del juez -no se puede descartar una estrategia de la defensa para lograr el cambio de radicación del proceso- este respondió como ofendido en el mismo terreno. Abandonó el sitial en que hablaba mediante decisiones de juez e investigador, sustentadas por razones jurídicas apoyadas en revisiones por sus superiores, para rebatir a su reo y desgranar una diatriba de respuesta. Los escritos fueron reproducidos en la revista El Hacha que los publicó a instancias de uno de los hijos del juez según allí se afirma.

El caso se resolvió en un tribunal de Medellín a favor de los acusados, según se entiende de alguna fuente, por inexistencia de dolo. Habían, cito, 'jugado a robinhood cambiando de unos que no lo merecían a otros que, según ellos, sí, algunas becas otorgadas con nombre propio por el gobierno'. O, menos romántico, destinado esas becas a pagar gastos de su finca de Betania.

La exposición de reclamos sirve para mostrar una historia oculta: la de que el paso de los hermanos por el pueblo a lo largo de casi setenta años, desde 1905, no fue un jardín de rosas sino que atravesó crisis por pobreza que describe en detalle el Hermano, y reconoce el juez en su carta: "vestían roídas sotanas, zapatos que ellos mismos remendaban y su reloj era el sol, el mismo reloj de los campesinos..." Tras ese reconocimiento ataca: [no como los de ahora que] "algunos, abandonando su hábito o sotana se hubieran entregado a ingerir licor públicamente, pagando cuentas "por todos", llegando hasta lugares prohibidos."

Sobrevive, medio siglo después, la imagen de la comunidad de la Salle en Pensilvania. Su presencia es activa y actual, se la enseña y recuerda a cada generación. Se reconoce en el nombre que acordaron ponerle al colegio que conocimos los de entonces como Colegio Nacional de Oriente, después IES-CINOC, sigla anodina, y a partir de una sede diferente, aún en construcción, el de uno de aquellos educadores: “Hermano Estanislao Luis”. Flaca forma de regreso o agradecimiento de lo que alguna mañana de algún día de inicios de 1972 se fue con ellos: una estatua de San Juan Bautista de la Salle que formaba parte de sus escasas pertenencias personales que no quisieron dejar, como quien no quiere dejar otros rastros que aquellos de la memoria. Se la llevaron con ellos, con razón, según el permiso de transporte de corotos que conocí, pues lo expedí, sorprendido, cuando uno de los hermanos llegó a pedirlo de manera lacónica sin el más leve asomo de reconocerme como reciente alumno suyo

*

El Hermano Jaime Gutiérrez Álvarez siendo Rector en Medellín del Colegio La Salle en el barrio Campo Amor de mucha influencia de microtráfico, se enfrentó a las bandas y descubrió que uno de sus alumnos suministraba la mariguana y lo expulsó; fatal decisión, el joven regreso y lo acribilló en la puerta del colegio. Un proceso, pero de canonización, le vendría bien.



 

 

 


 


 

 

 

febrero 12, 2016

Noticias de la parroquia






Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Leo este libro "Pensilvania con muchos oros", textos de Alonso Aristizábal y coordinación de Alfonso Ramirez, producido en Bogotá por Colonia de Pensilvania, Fundación Piamonte. Interesante reseña de personajes de ayer y hoy. Sobresale la queja de los autores por un extraño silencio que impide hablar a las personas de o sobre ellas. Es muy diciente el título puesto a la nota sobre uno que nos toca familiarmente: "En busca de Milcíades Cortés", puesto que nadie parece saber nada de él no obstante su importancia. Oí hablar de su biblioteca y un día pregunté a la tía Orffa, su cuñada y heredera, por ella. Me respondió entre dientes cualquier cosa aunque en una vitrina, bajo llave, quedaban algunos libros que se cuidó muy bien de mostrarme. En su casa estaban lo que habían sido sus muebles. Personas que en su gran mayoría las nuevas generaciones no conocen, así como las viejas no sabemos nada de las actuales. En la portada la iglesia antigua cuyos elementos decorativos e históricos lamentablemente se perdieron fruto de la ignorancia y el afán. El órgano que le puso el padre Gutiérrez, las pinturas del maestro Angel María Palomino, las tallas en madera, el comulgatorio etc., sustituido todo por el edificio actual, anodino, intrascendente y sin ningún valor arquitectónico. Para colmo de males la casa cural -legítima casona de colonización antioqueña- la reformaron al estilo guatavita mal copiado... dios los perdone.




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febrero 06, 2016

Querido Mario




Querido Mario:


Sí, aquí seguimos en plena acción aunque bajando los flaps como diría un piloto, frenando, tocando tierra de barriga ya pues el tren de aterrizaje responde lento y tiene sus llantas desinfladas. Inevitable.
Me preguntas si he escrito algo por el aniversario del pueblito.
Tu y yo fuimos testigos, niños de brazos, de las fiestas del centenario. No creo que nos hayamos formado ilusiones en ese entonces mientras veíamos pasar el desfile de la familia Castañeda y participábamos empelotos y pintarrajeados con tizones y corchos quemados en "la noche india" del padre Domínguez, que llegaríamos a estas alturas ya tan adentro del siglo XXI.
Henos aquí años después intentando volver a ser niños, ojalá no tanto como para usar pañales y demás, sino en términos bíblicos: hacernos como niños para alcanzar el reino de los cielos.
Personalmente nunca me plantee que llegaría más allá del año 2000. No sé si íntimamente llegué a desear que fuera verdad, o me convencí de que lo era, aquello que 'dentro de mil y mil volveré a la tierra' y ese sería el límite. Ya vemos cómo va la cosa.
Pero ni por un solo día dejo de sorprenderme de lo que nuestra generación ha sido testigo: desde la oscuridad —que alumbrábamos con velas por media hora en la finca de El Higuerón y también en el pueblo cuando se iba la luz que era casi todos los días— hasta la destrucción del planeta por el mismo hombre como estamos viviendo en estos días de calores infernales.
Hemos vivido mucho. "Dura más que un Papa" anotó Aldemar aquella tarde y vamos sobreviviendo una decena de ellos...
Oh, Mario... Pero vimos salir el sol en las madrugadas y también ponerse por sobre las montañas. A falta de pantallas en las noches miramos las estrellas tratando de contarlas, o rezábamos el rosario con los papás haciendo recocha disimulada con los hermanos, y en el día veíamos volar los gallinazos o jugábamos con los vecinos pelota en las calles.
Nos levantamos con las gallinas, sacamos de sus nidos los huevos para el desayuno, conocimos pinches, toches, barranquillos, tórtolas -también las caucheras- y escuchamos la orquesta de pájaros en las madrugadas.
Vimos a nuestros ancestros cargar mulas, conocimos los bueyes que traían rastras desde Arboleda y carbón de El Libano, así como las muladas y los arrieros de alpargatas, silbidos y palabrotas. Vimos pasar enfermos o muertos en angarillas. Ordeñamos vacas, cogimos café, tomamos postrera y nos quemamos con la panela recién salida de las pailas.
Hasta las palabras han desaparecido.
La última vez que fui a Pensilvania me levanté aún oscuro para escuchar los trinos en las laderas del Piamonte, pues su cumbre que era un monte primario de quien sabe cuántos miles de años, en la que habitaban tigres de bengala según decía mi padre, es hoy la calva de un monje medieval. Envuelto en la cobija me senté en un banco húmedo a esperarlos: no hubo, los pinos no fueron propicios para ellos.
Los huevos hoy los ponen los supermercados.
La leche sale de las bolsas.
Para escuchar cantar los pájaros se prende un equipo de sonido.
En cambio el cielo tuvo menos neblina de aquella que recuerda mi niñez y el sol unas horas después calentó más que antes.

Me metí entonces -desafiante- al charco de El Bosque, pero huí con signos de hipotermia.
Un abrazo Mario. Y gracias muchas por ponerme a hablar.

luis fernando

agosto 28, 2015

Casa




Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Mi casa, aquella en que nací -de hecho esto no lo sé de cierto- dejó  señales indelebles. No sé a que edad la abandoné cuando papá compró una un par de cuadras más allá. Tuvo que ser muy pronto. Quizás de ocho años. En una esquina del pueblo, alli sigue igual que entonces en su exterior. Tenía portón que siempre estaba abierto. Luego de un tramo de escaleras un contraportón y otro tramo que desembocaba al patio, descubierto y luminoso, que bordeaban las estancias: la sala, una habitación que no sé muy bien porqué estaba casi siempre sola y luego otras. No sé si esa habitación era la de mi hermano mayor que comenzó su andadura muy temprano. El hecho es que en las ventanas había pequeños huecos que con el sol generaba, desde la calle, efectos estroboscópicos o cinematográficos al encerrarse en ella.  El piso eran tablas de madera enceradas. Todo permanecía muy limpio y silencioso. Era y sigue siendo una cuadra muy bella de casas de la colonización antioqueña, felizmente muchas de ellas aún intactas. 
Mi madre.  La veo recorrer con su delantal de flores el corredor en forma de ele cerrado con chambranas de macanas que a veces se desprendían y debíamos poner en su lugar aunque eran ideales para usar como caballitos, o, por lo finas, como eje de los carros de madera. No recuerdo mucho de mi padre en esta casa a no ser por su aguamanil con espejo. Tampoco me acuerdo de la alcoba de mis padres y ni siquiera de la que ocupábamos los hijos. En la gran cocina servía María. Un baño extraño completaba la escena: no tenía agua caliente ni ducha. Salía del tubo un chorro helado.  Mamá bañaba los niños —ay, a mi también— en el lavadero de ropas que le resultaba más cómodo. Sentados en una ponchera, muriéndose de la risa, nos vertía con una jarra grandes cantidades de agua fria por la cabeza. Toleraba los gritos y los llantos que calmaban después su abrazo cálido al envolvernos con una gran toalla.  Había pañales secándose en los alambres, y, en trastos de peltre o de metal porcelanizado, begonias y nomeolvides que no olvido pendían de las columna. Un triciclo causaba golpes en las espinillas y una carriola para los bebés, rosada —o azul, papá la pintaba a conveniencia— estaba por ahí. Era de cuatro llantas, hojalata perforada y bolitas de madera al frente. Hace poco vi vender una igual en la televisión por varios centenares de dólares.  
Debajo de la casa, en el exterior, estaba el lugar para guardar cosas. En Diciembre papá hacía allí un pesebre maravilloso con cosas que mamá conservaba en un baúl, previo paseo para traer el musgos y los cardos. Mi hermano guardaba allí su bicicleta y su balón de futbol de cuero basto con bomba de caucho amarillo que terminaba sus dias al romperse el pitillo o al ensartarlo en el alambrado de púas de algún potrero. Tenían, ellos los mayores, carritos de madera y tablas para deslizarse en las pendientes; y desafiaban al policía que llamado por los vecinos llegaba para calmar la bulla.

Allí ocurrieron cosas que marcaron mi existencia. Allí conocí a mis hermanos mayores y algunos de los menores —otros nacieron en la casa nueva—; vine a la consciencia, me sorprendí con las montañas y con la lluvia y escuché tronar. Supieron que algo fallaba en mis ojos y quisieron arreglarlo aunque no se pudo. He visto y he mirado. Allí leí mis primeras cosas, descubrí mi soledad, me hice viejo de nacimiento, y se constituyó esa cosa mágica y amada llamada familia. 

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mayo 26, 2015

Montañas, Pensilvania, Caldas.



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Cuando niños nos disfrazaban de indios y nos pintaban la cara de negro para salir a desfilar el 12 de octubre, día festivo del descubrimiento de América. A la fiesta le cambiaron el nombre luego por Día de la Hispanidad, así como al idioma que se llamaba Castellano le pusieron español. Luego pasó a ser Dia de la Raza. ¿Qué? ¿Cuál raza? Era mejor la de 'descubrimiento', o suprimir la fiesta. En Venezuela, donde también es festivo, se llama día de la Resistencia Indígena, porque allí descabezaron las estatuas de Colón calificándolo de genocida. Las descabezarán aquí cuando se instaure el nuevo régimen. En México en el Paseo de la Reforma está la estatua del descubridor y los vándalos cada tanto le arrojan pintura roja. En Buenos Aires no sé dónde esté la dichosa estatua.

En fin, salíamos a desfilar descalzos, con el rostro tiznado, una escoba desbaratada por taparrabos, unas plumas de gallina en la cabeza sostenidas de un aro de papel dorado, un arco de guadua y una cabuya y algunas flechas incipientes; collares de cuentas y otros colgandejos completaban la indumentaria. Las chicas tenían menos ropa que de costumbre, aunque por supuesto no había malicia alguna. No faltaba quien se hacía una cerbatana con un tubo de cartón para molestar a los demás.

De todas maneras, en el desfile se representaba a Colón, sus 3 carabelas, Rodrigo de Triana y "los hermanos Pinzones que eran unos... marineros... que se fueron a Calcuta... Y a los indios motilones les cortaron los ... caminos, y a las indias por coquetas les cortaron las ... coletas". Se glorificaba la religión con algunos disfrazados de Bartolomé de las Casas y había que escuchar el discurso del alcalde repitiendo la historia más o menos sesgada de tan glorioso instante.

En ese pueblito, del sur oriente de Antioquia, no hubo, de origen, ni indios ni negros. Montañeros blancos sí, colonizadores, y arrieros de pata al suelo. Algunos rubios y de ojos claros.

Sabía de nuestro origen por los comentarios ácidos de mi padre que decía que teníamos de nobles lo que tuviéramos de indios, y que nuestros ancestros yacían en ollas de barro en el fondo de una guaca.

En unas fiestas llegaron unos del ecuador a vender sacos y conocimos los indios, y a las indias con sus bebés a la espalda. Por política abrieron una escuela vocacional agrícola en las afueras del pueblo a la que venían negros a estudiar, que no salían mucho pues no les gustaba dejarse ver. Llegaron después, con harina, leche y quesos, los gringos rubios altísimos de ojos azules a quienes la muchachada hacía corro.

Hoy cada etnia tiene su espacio y reclama sus derechos a las otras etnias y se queja de ser maltratado por ellas. La cosa no ha evolucionado mucho.

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mayo 06, 2015

Pasado







Luis Fernando Gutiérrez-Cardona



Casi todo lo que el hombre necesita,
lo necesita para no necesitarlo
—Antonio Porchia



Un paisano hoy me habló de mi casa paterna. “Era, dijo, una casa frente a la montaña, de tablas paradas unidas por guardaluces; pintada con cal blanca y la puerta era azul lo mismo que las ventanas. Yo iba allí a jugar con tus hermanos pequeños, la casa era de pisos de tablas enceradas y se bajaba a un sótano. Tenían una gran huerta”.

Así era, le respondí con una media sonrisa. Se despidió y pensé que si, tal cual. Era de un piso y sótano. Al entrar a mano derecha había una habitación con ventana a la calle, que mi madre usaba como cuarto de costura; a la izquierda una puerta doble daba acceso a la sala y más allá había dos habitaciones que no se usaban como tal. Continuando el pasillo estaba la alcoba de padres, un poco oscura, con su cama y dos armarios. El de papá permanecía con la llave puesta pero nadie osaba tocar nada. Mi madre cerraba el suyo con llave, por costumbre, y tenía un espejo de cristal de roca, al decir de ella. Creo que sobrevive en casa de mi hermana como adorno. Frente a ella la habitación de mis hermanas, luminosa, con sus camas de madera tallada, el cuero de manuel –la oveja que hubo en casa- para apoyar sus pies, sus muñecas, sus libros, el lugar de estudio. Un baño, el lavamanos afuera, el comedor con ventana hacia atrás por donde volaba la comida que no querían comer los que se sentaban a ese lado, y al final la cocina con una gran hornilla donde hacían sesenta arepas cada día. Frente a ella el cuarto de la persona que ayudaba en casa. Todo allí, como en casi todas las casas del pueblo, era modesto. Un cuadro del Sagrado Corazón de Jesus, adornado con flores tomadas del patio, estaba en todas las salas. Y en todas las alcobas matrimoniales un Jesucristo y un cuadro de la Vírgen del Perpetuo Socorro, con una veladora que nadie consideraba peligrosa, hacia de altar para el rosario que -en casa- por épocas se hacía cada noche después de la comida.

Al extremo a la derecha el primer paso de la escalera que llevaba a la parte baja. Allí estaban las habitaciones de los hijos. Tres, con vocación de cuatro pero la última jamás se terminó. Había una ducha de agua helada en un cuarto de cemento sin azulejos, luego el lavadero de ropas con un tanque donde poníamos a navegar barquitos de papel. Más allá la huerta en que a veces sembraban verduras y las matas de lulo crecían silvestres, y donde picoteaban las gallinas. Después el solar donde sembraban maíz y al final un palo de chachafruto en el lindero. No era muy claro si teníamos derecho a él pero al parecer si era claro que el derecho de subirnos al palo no existía porque el cerco estaba por este lado del palo. Después supe que el Código Civil de Napoleón regulaba el tema de las ramas que pasan a la vecindad. De cuando en vez tomábamos algunas vainas -de un verde intenso- que Flor, así se llamaba la niña del servicio, cocinaba y comíamos con sal. Sabían rico y producían gases.

El lote se inclinaba a la derecha y allí vivían hermosísimas arañas que alimentaba con moscas lanzadas a la tela. De la parte más baja del lote se levantaba un árbol espigado al que papá enviaba, desde aquella escalera a unos treinta metros, por una línea de alambre que no sé como puso, plátanos maduros para que arrimaran los pájaros.

Ese pedazo del lote se llenaba de plantas rastreras, de guasquilas, de bolos, de flores de batatilla, que por supuesto nadie llamaría Ipomoea pes-caprae, y de rastrojos.

El vecino tenía hasta café sembrado. Era una delicia pasar allí a tomar algunos granos maduros y chupar su mucílago, creo que se llama así. Aunque al dueño, claro, se le perdía por ello la cosecha. También gozaba mucho de las guayabas de sus palos. No obstante nunca se quejó con mis padres, que yo sepa.

La casa estaba apoyada en un muro contra la calle y en algunas columnas de madera no muy gruesas. Todas las divisiones eran de madera. No pasó por manos de arquitecto alguno y ningún ingeniero tuvo que ver con ella. El techo era de tejas de barro sostenido por una estructura de troncos de arboloco. Nunca se filtraba el agua y nadie había oído hablar de impermeabilizaciones. Si caía una gotera es porque un gallinazo corrió una teja.

Trepábamos a veces a eso que se llamaba entonces el encielado y andábamos por las vigas, sin ir a pararnos en el cielo raso porque eso estaba sostenido en nada. Nadie llegó a caer de allí. ¡Tanta ingeniería que hay hoy día, ¡Señor! ¡Tanta inseguridad con la seguridad!

El tío Salvador Murillo llenó una cuadra de casas hechas con las maderas que él mismo cortaba y traía a rastras de su finca de El Líbano. Casas que ascendían milagrosamente, que se sostenían del cielo, cuatro pisos por encima de la empinada pendiente de la calle. Uno trotaba por sus corredores y eso se movía sin sensación alguna de peligro. Abajo, allá abajo, ordeñaba la tía Zenayda una vaquita blanca que maneaba con una cabuya o un pequeño rejo. La leche así, tal cual, pasaba de la ubre a la boca si cruzábamos por allí en ese instante: "espere la postrera, mijo". La hervían como único proceso, o la ponían sobre unas tablas en botellas tapadas con una tusa de la que mejor no hablar. Si quedaba, la tía, que lo era de mi madre, hacía kumis o algún queso y unas panelitas de leche inolvidables e irrepetibles.

Como nosotros no teníamos vaca (para qué quiero yo vaca si el vecino vende leche explicaba papá), mamá hacía una contrata con alguien y había que ir a recoger, en una canequita de hojalata escrupulosamente limpia, las dos puchas que se consumían diariamente. La pucha la medían con un recipiente pegado de un palo largo. No era el mejor de los mandados pues no pocas veces no llegaba leche sino llanto sobre la que se derramaba.

No tenía cerradura la casa. Permanecía abierta el día y en las noches sencillamente la ajustaban hasta que llegara el último que, en caso de acordarse, le ponía tranca. Igual las ventanas. Cuando salía toda la familia mamá la amarraba por afuera con una tirita de tela sobrante de alguna de sus costuras.

La vida era sencilla dijo mi padre cuando ya mayor vino a vivir a la ciudad -donde nunca fue feliz- y admirado le pregunté cómo hizo para mantener tantas bocas. En su pueblo era importante, respetado, acatado, en la ciudad un hombre más. No había tantos temores ni tantas necesidades casi todas ellas artificiales, me dijo.

El agua fluía, cruda y gratis, por el acueducto municipal y cuando éste se dañaba por alguna razón -la usual era una borrasca- la recogíamos de alguno de tantos nacimientos. Salía de algún barranco o quebrada, cristalina. Algunas casas tenían fuente propia o era llevada a ellas por conducciones de guadua. Nos bañábamos, la bebíamos y éramos de cierta manera muy felices. Teníamos parásitos, si, pero para eso había purgantes naturales. La energía eléctrica 'venía' porque su estado normal era ida. “Se fue la luz” se oía gritar en todo el pueblo.

Trepábamos las montañas sin que nos cuidara nadie apostando 'pelos' que eran los retos que imponía el que iba adelante; jugaban fútbol en la calle, yo no podía,  montábamos carritos de madera y patinetas sobre balineras. O empujábamos con un palito una rueda de llanta que, a los que la sabían llevar, no se les caía nunca. Los más atrevidos se hacían de unos zancos hechos con dos palos y dos soportes triangulares asegurados con clavos herrumbrosos rescatados de alguna tabla vieja. Los juegos eran cebo, guerra mataprimera, escondidijo y vueltas a Colombia por zanjas labradas en los barrancos. Tirábamos trompos, jugábamos al pipo y cuarta con bolas de cristal o con tapas de gaseosas rellenas de barro. Hacíamos carritos con una carreta de hilo y un mocho de vela, que se autopropulsaban por un pedazo de caucho entorchado. No éramos ecológicos: muchacho que se respetaba tenía en el bolsillo una cauchera.

Los amigos eran amigos de la cuadra. El de mis hermanos que me habló hoy, era y es por ello también amigo mio. Así de sencillas solían ser las cosas.



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