Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.
Mostrando las entradas con la etiqueta Petro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Petro. Mostrar todas las entradas

julio 10, 2026

Las conquistas sociales




Las conquistas sociales 2022 - 2026

En estos días de julio de 2026 se habla de las “conquistas sociales” del gobierno que termina. Aunque la expresión tiene un tono épico, designa decisiones y resultados concretos, medibles, que pueden describirse sin apasionamiento.

El aumento del salario mínimo es el elemento más destacado. Entre 2012 y 2022 el salario real tuvo un crecimiento acumulado cercano al 9%. Entre 2022 y 2026 el incremento fue de alrededor del 39%. El decreto de 2026 fijó un aumento del 23,7%, llevando el salario y el subsidio de transporte a dos millones de pesos. Este comportamiento del salario mínimo constituye uno de los cambios más visibles en el periodo.

Las cifras de empleo muestran variaciones relevantes. El desempleo descendió de 12,1% en 2022 a 8,8% en marzo de 2026, el nivel más bajo para ese mes desde 2001. La informalidad laboral pasó de 59,1% a 55,6% en el mismo lapso. Son indicadores que reflejan una mejora en la ocupación y en la estructura del mercado laboral, según las mediciones oficiales.

En materia de pobreza, los registros muestran una reducción sostenida, especialmente en zonas rurales. La pobreza multidimensional se ubicó en 9,9%, con cerca de 793.000 personas saliendo de esa condición en un año. Este descenso se acompaña de mejoras en acceso a salud, vivienda y programas de apoyo social.

El programa Colombia Mayor amplió su cobertura. El número de beneficiarios pasó de 1,7 a 2,8 millones, y el monto mensual aumentó de 80.000 a 230.000 pesos para mujeres mayores de 60 años y hombres mayores de 65. Esto representa una expansión de la protección social dirigida a la población adulta mayor.

El gasto social como proporción del PIB aumentó 1,2 puntos entre 2022 y 2024, impulsado principalmente por la categoría de protección social. Este incremento se refleja en la ampliación de programas y en mayores recursos destinados a transferencias y subsidios.

Se creó mediante ley estatutaria una jurisdicción agraria especializada para resolver conflictos de tierras. Su entrada en vigor está prevista para 2027, una vez se expida la ley ordinaria correspondiente..

Si se observa el conjunto desde una perspectiva de desarrollo —crecimiento económico, empleo formal y PIB per cápita— el periodo muestra una mejora moderada. El PIB per cápita en dólares registra un aumento significativo, influido por la apreciación de la moneda más que por el comportamiento de la actividad económica. La informalidad y el crecimiento del PIB real muestran una desaceleración en el último año, pero el balance general del cuatrienio presenta avances en varios frentes sociales.

En síntesis: avances reales en salario y transferencias; mejoras moderadas en empleo y pobreza; desaceleración en el último año; y un PIB per cápita que sube en dólares en parte por la apreciación del peso, no por mayor producción. Lo conquistado es más administrativo que estructural, más dependiente de la voluntad del próximo gobierno que de un soporte económico sólido. Mantener tales conquistas no tendría que ser materia de discusión mayor: lo real es en el fondo bastante moderado.




©lfgc













junio 28, 2026

La palabra robada - Izquierda

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

En Colombia, la palabra izquierda empezó a desfigurarse mucho antes de que la guerrilla la contaminara. Lo más parecido a una izquierda se tuvo fugazmente en los años treinta con Alfonso López Pumarejo y su Revolución en Marcha. Después de ese intento la palabra quedó sin herederos. Y cuando alguien volvió a pronunciarla, ya no nombraba hospitales, universidades, pensiones dignas, sindicatos, estado de bienestar. Nombraba comunismo, fusiles, retenes, panfletos, secuestros. Nombraba miedo.

La guerrilla colombiana, en su larga y destructiva travesía, no solo produjo víctimas humanas incontables. Produjo también una víctima semántica: envenenó el vocabulario de media tradición política. Cuando las FARC reclamaban marxismo entre la extorsión y el secuestro, no estaban solo delinquiendo, estaban contaminando. Cada vez que la retórica de la lucha de clases se pronunciaba desde un campamento, algo se desprendía de esas palabras y no volvía a su lugar. Quedaban manchadas. Inutilizables para quienes las necesitaban limpias.

El resultado es una distorsión singular: Colombia es un país donde la sola mención de la redistribución, del gasto social, de la reforma agraria, activaba en amplios sectores de la población un reflejo de alarma. No un debate, sino un reflejo. Y los reflejos no argumentan: reaccionan. Eso convirtió a la derecha colombiana —muchas veces corrupta, muchas veces cómplice de violencias propias— en beneficiaria involuntaria de un daño que ella misma no había causado del todo. Le basta señalar con el dedo para que el miedo haga el resto del trabajo.

Habría que ir a Europa para ver lo que la izquierda puede ser cuando no se ha degradado. No la izquierda de hoy, que en muchos países ha perdido el rumbo entre identitarismos y gestos, sino la izquierda de mediados del siglo pasado: aquella que construyó los sistemas de salud universal en Inglaterra y en Escandinavia, que sentó las bases del Estado social en Alemania, que en España —después de cuarenta años de dictadura— encontró en Felipe González a un hombre capaz de modernizar un país sin destruirlo.

González merece un paréntesis. Cuando el PSOE llega al poder en 1982, España es todavía un país frágil, recién salida del franquismo, con tensiones militares latentes y una economía que necesitaba reformarse sin quebrarse. González no llegó con el lenguaje de la confrontación. Llegó con el de la gestión. Habló de modernización, de Europa, de instituciones. Habló, en el fondo, de que la izquierda podía gobernar sin que el mundo se acabara, y que gobernar bien era, en sí mismo, el mejor argumento ideológico.

Llevó a España a la Comunidad Europea, construyó infraestructura, amplió la educación pública y dejó un país reconociblemente distinto al que había recibido. Luego, como suele ocurrir con los gobiernos largos, vino el deterioro: los GAL, los escándalos de corrupción, la derrota de 1996. El poder lo alcanzó también a él. Pero hay un orden en esa historia que no es menor: González primero gobernó, y gobernó bien, y solo después cayó en las trampas que tiende el poder a quienes lo ejercen demasiado tiempo. Ese orden —competencia primero, debilidad después— es exactamente el orden que Petro invirtió.

Buen gobierno es lo que no hemos tenido. No porque seamos incapaces de producirlo, sino porque las condiciones históricas lo han impedido: la violencia que cargó de sospecha cualquier proyecto reformista; la ausencia de una izquierda urbana, democrática, con vocación institucional; y finalmente, cuando parecía que algo podía cambiar, el error de quien tuvo en sus manos la oportunidad de cambiar el relato.

Gustavo Petro llegó al poder en 2022 con una posibilidad que pocos políticos colombianos habían tenido: la de rectificar una distorsión histórica. Era el primer gobierno de izquierda en la historia del país, en un momento en que el mundo —y buena parte del electorado colombiano— estaba dispuesto a darle el beneficio de la duda. La pregunta no era si tenía razones para gobernar: las tenía. La pregunta era si tenía la vocación para hacerlo.

Esa vocación requería, ante todo, un gesto semántico. Requería demostrar, en los hechos y en el lenguaje, que esta izquierda era otra. Que no venía a ajustar cuentas sino a construir. Que el Estado no sería un instrumento de la confrontación sino del bienestar. Que los adversarios eran interlocutores posibles, no enemigos a vencer. Era una tarea difícil, porque implicaba renunciar a la épica que lo había alimentado durante décadas. Pero era la tarea.

Petro no la hizo porque, en el fondo, no quiso. Su proyecto no era restaurar la izquierda colombiana a una versión creíble de sí misma; su proyecto era Petro. Y esa diferencia, que puede parecer una cuestión de vanidad, resulta ser una cuestión de fondo.

Un líder que gobierna para una idea construye instituciones, busca aliados, acepta derrotas parciales si el camino general avanza. Un líder que gobierna para su imagen necesita el conflicto que lo hace visible, lo mantiene en el centro, le da razón de ser. Sin enemigo no hay héroe, y Petro necesitaba ser héroe antes que gobernante. Por eso su lenguaje fue siempre el de la denuncia y la amenaza antes que el de la propuesta y la ejecución. Por eso cada dificultad institucional se convirtió en evidencia de conspiración. Por eso la narrativa importó más que los resultados.

El costo no fue solo político. Fue, de nuevo, semántico. Petro no corrigió la distorsión que Colombia arrastraba sobre la izquierda: la profundizó. Confirmó, en la práctica, que un gobierno de izquierda aquí significa confrontación permanente, gestión errática, culto al líder. Los miedos que había que desactivar quedaron más activos que antes. El trabajo de rehabilitación de un vocabulario político no avanzó.

Y aquí entra la imagen que estos días nos regala el mundo: la remada conjunta de los noruegos en el campeonato mundial, miles respondiendo a una señal mínima, al mismo ritmo, en la misma dirección. Una coreografía humana que parece simple, pero exige disciplina, confianza, renuncia al ego, vocación de propósito común. Algo tan posible y tan imposible.

Esa escena funciona como contraste y como advertencia. Contraste, porque muestra lo que una comunidad puede lograr cuando la coordinación no nace del miedo sino de la convicción. Advertencia, porque recuerda que la armonía colectiva es frágil, que requiere un liderazgo que no se mire al espejo sino al horizonte.

Colombia, en cambio, ha remado durante décadas como un bote donde cada uno marca su propio compás, convencido de que su ritmo es el correcto. Y cuando por fin llegó un gobierno que podía intentar sincronizar el movimiento, eligió lo contrario: convertir el bote en escenario, no en embarcación; convertir el remo en micrófono, no en herramienta.

De las elecciones del domingo quedan los números, las lecturas, los análisis sobre qué votó Colombia y por qué. Pero los números no dicen que Colombia no rechazó una idea, sino una encarnación fallida de ella. Que la izquierda no perdió porque sus propuestas sean indefendibles, sino porque quien las representaba prefirió representarse a sí mismo.

La palabra robada sigue ahí, esperando. No la devolverán los discursos ni las épicas personales. La devolverá, si acaso, un día, un liderazgo capaz de hacer lo que hacen los remeros noruegos: escuchar una señal mínima, renunciar al protagonismo y remar —por fin— en la misma dirección.

Felipe González entendió que la izquierda solo podía sobrevivir si gobernaba bien. Aquí faltó entender lo mismo, y tener la suficiente modestia para poner la idea por encima del nombre. Mientras eso no ocurra, el problema no será de programas sino de personas. Y mientras siga siendo de personas, seguirá siendo también de palabras: de una izquierda que no logra recuperar su significado, en parte porque quienes dicen defenderla no han terminado de devolvérselo.