Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
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"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.
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julio 27, 2026

Crónica de un juicio, una viuda y dos Briceños

 

Crónica de un juicio, una viuda y dos Briceños

En Popayán la historia se desliza. Y en 1550, mientras los conquistadores seguían creyéndose dueños del mundo, llegó un oidor con cara de no perdonar ni una falta: Francisco Briceño, enviado a averiguar por qué Sebastián de Belalcázar había mandado al otro mundo a Jorge Robledo.

La gente decía que Belalcázar había actuado como quien corta una rama seca. Pero Robledo no era rama: era mariscal, tenía tierras, tenía prestigio… y tenía viuda.

La viuda era María de Carvajal, conocida como la mariscala. Cuando Briceño llegó a Popayán, ella era una figura: cargaba con un muerto ilustre y con una acusación que ardía como brasas.

Briceño, que venía a hacer justicia, la escuchó.

Y la escuchó.

Y la escuchó.

El juicio avanzó lento, lleno de silencios, con testigos que decían una cosa y luego otra. Belalcázar, viejo zorro, trató de defenderse. Pero Briceño tenía la mirada fija en los papeles… y, de reojo, en la mariscala.

Al final, el oidor firmó la sentencia: pena de muerte para Belalcázar. El conquistador, yendo a apelar al rey, alcanzó a llegar a Cartagena, pero murió allí. La justicia no tuvo que levantar la espada: la vida se encargó.

Años más tarde Briceño se casó con la mariscala.

No durante el juicio, no en medio del drama.

Después.

Cuando ya no había expediente, ni acusación, ni Belalcázar respirando.

Y aquí es donde la historia se vuelve traviesa:

Dicen que el tercer marido de la mariscala era pariente del segundo. Hermano, primo, quién sabe. Los Briceño eran tantos que uno podía casarse con un Briceño sin saber que el siguiente también lo sería.

La mariscala, que había sobrevivido a Robledo y al juicio, terminó enlazada a una familia que se multiplicaba como las ramas de un mismo árbol. Y uno se pregunta si el expediente fue el puente.

Nada está escrito.

Pero uno puede imaginar:

El juez pesquisidor, cansado de escuchar pleitos, encontrando en la viuda una inteligencia firme. Y plata. 

La viuda, cansada de perder hombres en guerras y sentencias, encontrando en el juez una forma de estabilidad.

Y Popayán, un pueblo de historias largas, viendo cómo la justicia y la intimidad se rozan sin escándalo, como quien pasa la mano por una mesa de madera antigua.

 

julio 21, 2026

Ollas, guacas y apellidos

 

De ollas, guacas y un conquistador que subió por donde nadie cree

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

Mi padre no hablaba de sus ancestros. Prefería cerrar la conversación antes de que se volviera solemne: tenemos de nobles lo que tengamos de indios. Y remataba, con la misma sorna, que los huesos de los suyos dormían en una olla de barro, en el fondo de una guaca. No bromeaba.

Empecemos por el apellido. Gutiérrez —hijo de Gutierre, hijo a su vez de un nombre godo que hablaba de ejércitos y combates— cruzó el mar con hombres que traían la hidalguía como un abrigo prestado: les quedaba grande, o no les quedaba, pero se lo ponían igual porque en América nadie preguntaba el forro. Subió con el hacha paisa en las oleadas del siglo XIX hasta un pueblo llamado Santuario, en el occidente de lo que era Caldas, de donde mi padre terminó siendo natural.

Pero resulta que antes de que cualquier Gutiérrez pusiera un pie ahí, ya había pasado por esas montañas un personaje bastante más extravagante de lo que la escuela nos contó: Sebastián de Belalcázar. Y aquí es donde la cosa se pone entretenida, porque casi nadie —el 90% de los colombianos, calculo yo— sabe por dónde entró este hombre.

No entró por el Caribe, con armadura reluciente, bajando de un galeón como conquistador de estampilla. Entró por abajo: venía de Perú, había sido lugarteniente de Pizarro, y en algún punto de Ecuador —espoleado por el chisme de un indígena en Latacunga sobre lagunas donde se arrojaba oro— decidió separarse de su jefe y seguir, por su cuenta y riesgo, hacia el norte. Pizarro se quedó, tras matar al pobre de Atahualpa en el 1533, gobernando hasta que unos rencorosos partidarios de Almagro lo acuchillaron en su propio palacio en 1541. Belalcázar siguió trepando cordillera: Quito, Pasto, Popayán, Cali, y de ahí, remontando el valle del Cauca, hasta Anserma  y las cercanías de Marmato.

O sea que subió desde el sur andino, no bajó desde el mar. Y terminó muriendo de fiebre en la ciudad por la que no entró: Cartagena, 1551, camino a España a apelar la condena a muerte que le habían dictado por mandar decapitar a su propio capitán —uno que había subido con él desde el mismísimo Perú—, Jorge Robledo, en la Loma de Pozo, al occidente de Pácora, en ese mismo corredor de Aguadas, Arma y La Pintada que cualquier caldense aprendió de memoria en la escuela primaria, sin saber que venían del Perú.

La viuda de Robledo —hoy le dirían la viuda negra— María de Carvajal viuda ya también de Pedro Briceño, se casó después con Francisco Briceño, el juez que condenaría a Belalcázar por el crimen contra Robledo. La historia cierra círculos con prolijidad de notario.

Se dice —entre risas— que los Robledo descienden “del Mariscal Robledo”, quien murió soltero, o de su hermano, que era cura. Pero ya vemos que no: el Mariscal era casado. Genealogía de sobremesa, ganas de reírse de uno mismo, y debajo una verdad incómoda: casi nadie en esta tierra desciende de quien el apellido presume.

Santuario —el pueblo de mi padre— queda pegado a todo esto: al sur de Marmato, a  tiro de piedra de un municipio que se llama, sin ninguna sutileza, Belalcázar, y nacido bajo la tutela administrativa de Anserma, el mismo punto donde se agota el relato documentado del conquistador. Así que cualquier apellido castellano que alguien quiera presumir en esa cordillera, en realidad se asentaba sobre los indios Pozos, Armas y Paucuras —estirpe Quimbaya—, quienes enterraban a sus muertos en vasijas de barro en guacas que los españoles solo vieron como botín.

Así que cuando mi padre decía que sus antepasados estaban en una olla de barro en el fondo de una guaca, resumía lo que a los cronistas les toma libros enteros: que los conquistadores aparecieron por donde nadie los esperaba, murieron por donde todos creen que entraron y dejaron apellidos de barro.

Uno se ríe de las cosas que ya entendió. Mi padre se reía mucho con sus dichos.