De ollas, guacas y un conquistador que
subió por donde nadie cree
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Mi padre no hablaba de sus ancestros. Prefería
cerrar la conversación antes de que se volviera solemne: tenemos de nobles
lo que tengamos de indios. Y remataba, con la misma sorna, que los
huesos de los suyos dormían en una olla de barro, en el fondo de una guaca.
No bromeaba.
Empecemos por el apellido. Gutiérrez —hijo de
Gutierre, hijo a su vez de un nombre godo que hablaba de ejércitos y combates—
cruzó el mar con hombres que traían la hidalguía como un abrigo prestado: les
quedaba grande, o no les quedaba, pero se lo ponían igual porque en América
nadie preguntaba el forro. Subió con el hacha paisa en las oleadas del siglo
XIX hasta un pueblo llamado Santuario, en el occidente de lo que era Caldas, de
donde mi padre terminó siendo natural.
Pero resulta que antes de que cualquier
Gutiérrez pusiera un pie ahí, ya había pasado por esas montañas un personaje
bastante más extravagante de lo que la escuela nos contó: Sebastián de
Belalcázar. Y aquí es donde la cosa se pone entretenida, porque casi nadie —el
90% de los colombianos, calculo yo— sabe por dónde entró este hombre.
No entró por el Caribe, con armadura
reluciente, bajando de un galeón como conquistador de estampilla. Entró por
abajo: venía de Perú, había sido lugarteniente de Pizarro, y en algún punto de
Ecuador —espoleado por el chisme de un indígena en Latacunga sobre lagunas
donde se arrojaba oro— decidió separarse de su jefe y seguir, por su cuenta y
riesgo, hacia el norte. Pizarro se quedó, tras matar al pobre de Atahualpa en
el 1533, gobernando hasta que unos rencorosos partidarios de Almagro lo
acuchillaron en su propio palacio en 1541. Belalcázar siguió trepando
cordillera: Quito, Pasto, Popayán, Cali, y de ahí, remontando el valle del
Cauca, hasta Anserma y las cercanías de
Marmato.
O sea que subió desde el sur andino, no bajó
desde el mar. Y terminó muriendo de fiebre en la ciudad por la que no entró:
Cartagena, 1551, camino a España a apelar la condena a muerte que le habían
dictado por mandar decapitar a su propio capitán —uno que había subido con él
desde el mismísimo Perú—, Jorge Robledo, en la Loma de Pozo, al occidente de
Pácora, en ese mismo corredor de Aguadas, Arma y La Pintada que cualquier
caldense aprendió de memoria en la escuela primaria, sin saber que venían del
Perú.
La viuda de Robledo —hoy le dirían la viuda
negra— María de Carvajal, viuda ya de Pedro Briceño, se casó después con
Francisco Briceño, el juez que décadas más tarde condenaría a Belalcázar por el
crimen contra Robledo. La historia cierra círculos con prolijidad de notario.
Se dice —entre risas— que los Robledo
descienden “del Mariscal Robledo”, quien murió soltero, o de su hermano, que
era cura. Pero ya vemos que no: el Mariscal era casado. Genealogía de
sobremesa, ganas de reírse de uno mismo, y debajo una verdad incómoda: casi
nadie en esta tierra desciende de quien el apellido presume.
Santuario —el pueblo de mi padre— queda pegado
a todo esto: al sur de Marmato, a tiro
de piedra de un municipio que se llama, sin ninguna sutileza, Belalcázar, y
nacido bajo la tutela administrativa de Anserma, el mismo punto donde se agota
el relato documentado del conquistador. Así que cualquier apellido castellano
que alguien quiera presumir en esa cordillera, en realidad se asentaba sobre
los indios Pozos, Armas y Paucuras —estirpe Quimbaya—, quienes enterraban a sus
muertos en vasijas de barro en guacas que los españoles solo vieron como botín.
Así que cuando mi padre decía que sus
antepasados estaban en una olla de barro en el fondo de una guaca, resumía lo
que a los cronistas les toma libros enteros: que los conquistadores aparecieron
por donde nadie los esperaba, murieron por donde todos creen que entraron y
dejaron apellidos de barro.
Uno se ríe de las cosas que ya entendió. Mi
padre se reía mucho con sus dichos.
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