Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.
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octubre 10, 2021

Al paso

 


 

—Con frecuencia en mis debates suelo mencionar la cuarta ley de newton. Cuando hay nuevos miembros en el grupo se miran entre compasivos y complacientes hasta que alguno, roto el hielo, recuerda que esas leyes son tres. Los que conocen la perorata se preparan para la respuesta y la demostración. El enunciado es: "Toda buena acción tendrá su correspondiente castigo". Aunque para mi es un axioma, no es así para todos; podría explicarla científicamente pero mejor irse por los ejemplos a partir de lo que específicamente se está tratando. Claro que no siempre triunfa mi argumento porque para que algo pase algo tiene que pasar, pero el tiempo se encarga de poner las cosas en su lugar. Resulta doloroso, mucho más cuando se carece del ánimo vengativo de sacarlo en cara con las palabras "se los dije". 

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—No se trata de la cosa ni del valor de la cosa. El hecho de que alguien que se va de nosotros por unos días o por un rato, digamos a Australia o al supermercado de la esquina, llegue diciendo te traje esto, debería mover todas las celdas de la gratitud. Implica que en esos pasos o en esos miles de kilómetros nos ha tenido en su mente y hemos significado algo. No hay carencias, por lo cual no se trata de llenar ninguna. La concesión y el valor son los del tiempo puesto en unos chocolates o algún sencillo objeto o prenda de vestir. Y la sonrisa al decir: mira lo que te traje. El peligro está en que haya expectativas y estas son, siempre, inalcanzables.


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septiembre 22, 2015

Envigado


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Hace años, cuando Pablo Escobar hizo de Medellín y del Valle del Aburrá su coto privado de caza y sinrazón, un poco antes, soliamos caminar por el parque de Envigado. En las noches de viernes y de sábado los inmensos árboles daban cobijo a músicos de cuerdas que esperaban ser contratados para serenatas y reuniones.  Y los cafés de la plaza recibían mucha gente que venía a ellos a pasar la noche. Era el sitio para ir a tomar trago. La gente joven se bajaba de los carros botella en mano celebrando la vida que entonces bien podía ser muy fugaz.  Había menos restricciones, la gente era muy amable y se comía en los pequeños negocios callejeros. En la época aciaga salir de noche era imposible pero de día era igual. Uno transitaba muerto del miedo de que en cualquier semáforo podría ser blanco de un sicario desaprensivo a quien le habían mandado probarse en un cuerpo humano que podia ser el de uno. Y lo hacían. Yo ví un sicario en Bello —al otro extremo del valle— disparar a un peatón y atravesar luego la calle frente a mi, tomar una bicicleta y huir sin afán y sin temor. El muerto, lo dijo la prensa al otro día, era un policía que vestido de civil iba a su casa. Porque también la policía tenía miedo. Los ciudadanos corríamos más atemorizados que el sicario que se sabía a salvo puesto que en todo caso no sería capturado ni le importaba: "no nacimos pa'semilla"...
Regreso este sábado en la noche al parque de Envigado. Está totalmente transformado y renovado. Los árboles no son tan inmensos como aquellos. La iglesia, blanca, resalta en la noche de luna menguante. Los músicos ofrecen vallenatos aunque entrada la noche aparecen los bambuqueros de edad avanzada. El lado de la plaza que alberga los cafés ha sido cerrado al tráfico y todo ha cambiado  aunque bulle de vida. Los niños juegan en el agua, los adultos conversan y toman café. Las chicas pueblerinas con sus pantalones ajustados y sus enormes caderas desfilan sintiéndose lindas porque quien las acompaña les dirá que lo son. Muestran tatuajes en sus piernas. Las palomeras son de diseño pero a esa hora duermen las aves. Las estatuas han sido desplazadas a un costado y en el centro reina una fuente.  Conversamos de no recuerdo bien qué mientras tomamos un par de cervezas que trajimos de casa. Ha desaparecido el miedo pero, claro, nada es igual. Comienzan a caer algunas gotas de lluvia y buscamos el carro pero de pasada tomo una empanada en la esquina... "son famosas" dicen las niñas que atienden y realmente son deliciosas. Tanto que me devuelvo una cuadra para comprar otra. Mis compañeros mientras, se detienen a comer arepas con queso ya bajo la lluvia fuerte. ¿Y este queso es de San Pedro de los Milagros? -preguntan porque tienen algún interés lechero, y les responden que no, que lo traen de Pupiales... ¿Perú? No, Pupiales, Nariño corregimos riendo y vamos a dormir.

Me siento un poco como aquel loco de ésta ciudad que escribió:
"A todo hombre le ocurren grandes aventuras, a pesar de que esté encerrado en un cuarto de diez metros, pues el tamaño de los sucesos individuales se mide por la repercusión en el alma".


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enero 05, 2015

Al paso




Me detengo a reencontrarme con un jugo de mora terrígeno, de esos de la mata a sus labios, en las cuatro últimas horas de carretera de este viaje, y saludo al dueño del establecimiento que me conoce de tanto parar alli.

Vende frutas y una señora la pregunta: ¿todas las de esta caja, señor, son parejas? Y él con su sapiencia campechana le replica: "Señora, ni siquiera los dedos de la mano son parejos".

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octubre 24, 2013

Notas de Viaje


 Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

Me sentía como una mota de polvo sobre la superficie triste de la tierra
Jack Kerouac




Pregunta si ésta ciudad sería una buena opción. Es que quiero cambiar de vida, dice. Le doy algunas opiniones y mi mente vuela de inmediato a "En la carretera", el libro de Jack Kerouac. 

Hicimos un montón de horas a lo largo del suroeste de los Estados Unidos. Un tramo larguísimo -por lo soso- entre Abilene y Lubock, atravesando enormes campos de energía eólica y de aparente nada en el que llegamos a preguntarnos qué pasaría si nos quedábamos sin gasolina. 

Llegamos cuando empezaba a oscurecer a eso de las ocho de la noche. Era uno de esos veranos alucinantes. Nadie en las calles. Todos resguardados del calor. Paramos para hacer lo que sería el almuerzo, en un restaurante solitario. No recuerdo bien lo que pedí —todo es tan parecido en su sabor a mantequilla y queso—. Pero estábamos, sin saberlo, a media cuadra de la calle principal de la ciudad con variedad de otros restaurantes y avisos luminosos. 

Salimos hacia Clovis, camino de Albuquerque. Avanzamos en medio de la noche. Pasamos Clovis de largo apenas sin mirar al lado. Un avión sobre un pedestal al costado de la via señala que allí hay una base áerea que váyase a saber qué cuida en la mitad del planeta. Tal vez vigila los extraterrestres o se cuida a sí misma. Es tan estúpido el ser humano. 

Avanzamos por la 60, giramos por la 84 buscando la ruta 66, que no se llama así,  y la alcanzamos, con un suave giro hacia la izquierda, un poco antes de Santa Rosa, según decía el aviso porque de ver no se veía nada. Las millas se deshacen exactamente al ritmo del tiempo y la velocidad. Las 70 millas por hora que marca el límite son exactamente las que se recorren cada hora de esas carreteras perfectas, sin distracciones, soporíferas. 

Viajar de noche sin detenerse a mirar las estrellas es un crimen, pienso, mientras en mis auriculares el lector sigue leyendo páginas de Kerouac. Anoto mentalmente para recuperar después: 

 "Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas."







mayo 25, 2013

Verano de 2012


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Verano de  2012. Llegamos a Las Vegas muy tarde en la noche. Hicimos el camino partiendo de Albuquerque y deteniéndonos lo justo.  Ciudades al paso meras referencias. Gallup, para surtir gasolina, agua y nachos. Una carretera tan recta y monótona como puede serlo. Sube, baja y propone al frente montañas que horas después habremos alcanzado y pasado. Se abandona Nuevo México y se entra en Arizona. Nos detenemos en el centro de información, tomamos mapas y revistas, miramos las casas rodantes congratulándonos de haber decidido no llevar una. Fotografias antes de continuar la I-40 asombrándonos de las formaciones que la tierra ha creado en su proceso. 

Pasamos Holbrook, Winslow, Flagstaff. Entramos al Gran Cañón. Escenografía pura. Lugar de asombro. Ordenado, cada roca en su lugar, cada color, cada capa geológica luce en su sitio. Hasta las emociones se controlan.  Comparación mental innecesaria con nuestro Chicamocha. Paseo en autobuses perfectos, por vias perfectas, con paradas exactas. No se da, en mi caso, una conexión espiritual. Es todo tan descomunal pero podría pasar por un telón de fondo. Excesivamente inhumano. 

Deshacemos el camino de entrada bajo unas nubes en forma de ovni y, ya con la noche encima, nos detenemos a comer en Williams. Parece lindo el lugar. Avanzamos hacia Las Vegas, viandantes simples de noche, adormecidos. Soledad. Horas y millas. 

Abandonada la esperanza de llegar, nos detenemos en algún lugar a restaurar el exhausto depósito de cumbustible. Pasamos la represa Hoover sin verla y de pronto a lo lejos el brillo intenso de Las Vegas. Saltamos y nos pegamos de las ventanas. 

Las Vegas. Un mar de luces. Entramos emocionados. Andrés nos pasea por la calle principal antes de ir al Hotel. No se ve gente, solo luces y por la hora, no muchos vehículos. Los grandes edificios resplandecen. Las calles como un reflector. Vamos a dormir. Los dias subsiguientes recorremos más o menos los mismos lugares. Caminamos por hoteles, casinos, avenidas, fuentes de agua y enormes centros comerciales, bajo un calor demoniaco. Mucha gente pero nadie mira a nadie, cada quien un universo lejano. No hay contacto visual. Camino descalzo en un casino y un guarda me reconviene. 

Las Vegas debe ser la ciudad del pecado puesto que así se anuncia, pero si cometí alguno tuvo que ser venial porque ni el  del deseo atacó. Las Vegas es la prueba de lo estrambótico que puede ser el hombre cuando tiene dinero. 

Fue bello estar allí. Recordé el poema de Anne Sexton. Y lloré, silenciosamente entre las sabanas de la enorme cama. Helada.



Just Once

Just once I knew what life was for.
In Boston, quite suddenly, I understood;
walked there along the Charles River,
watched the lights copying themselves,
all neoned and strobe-hearted, opening
their mouths as wide as opera singers;
counted the stars, my little campaigners,
my scar daisies, and knew that I walked my love
on the night green side of it and cried
my heart to the eastbound cars and cried
my heart to the westbound cars and took
my truth across a small humped bridge
and hurried my truth, the charm of it, home
and hoarded these constants into morning
only to find them gone.

Anne Sexton

mayo 14, 2013

Ayer y Hoy




Luis Fernando Gutierrez-Cardona


Ayer venía de Medellin. En la carretera iba para esa ciudad la caravana de vehículos con muchachos a ver el fútbol. Larga, bullosa, lenta, la fila era acompañada por la policía. Sin camisa los hinchas se refrescaban del calor del río Cauca con el desparpajo y la despreocupación de la edad. Muchos iban sobre los buses felices con sus cantos y sus banderas al aire. Saludaban al pasar.

Hoy leo en el períodico que uno de ellos no regresó. Alguien disparó desde la vereda, en la ciudad, y su cuerpo estaba en la ruta de la bala. Alguien más trajo un proyectil en su espalda.

¿Porqué?




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