Luis Fernando Gutiérrez Cardona
En Colombia, la palabra izquierda empezó a desfigurarse
mucho antes de que la guerrilla la contaminara. Lo más parecido a una izquierda
se tuvo fugazmente en los años treinta con Alfonso López Pumarejo y su
Revolución en Marcha. Después de ese intento la palabra quedó sin herederos. Y
cuando alguien volvió a pronunciarla, ya no nombraba hospitales, universidades,
pensiones dignas, sindicatos, estado de bienestar. Nombraba comunismo, fusiles,
retenes, panfletos, secuestros. Nombraba miedo.
La guerrilla colombiana, en su larga y destructiva travesía,
no solo produjo víctimas humanas incontables. Produjo también una víctima
semántica: envenenó el vocabulario de media tradición política. Cuando las FARC
reclamaban marxismo entre la extorsión y el secuestro, no estaban solo
delinquiendo, estaban contaminando. Cada vez que la retórica de la lucha de
clases se pronunciaba desde un campamento, algo se desprendía de esas palabras
y no volvía a su lugar. Quedaban manchadas. Inutilizables para quienes las
necesitaban limpias.
El resultado es una distorsión singular: Colombia es un país
donde la sola mención de la redistribución, del gasto social, de la reforma
agraria, activaba en amplios sectores de la población un reflejo de alarma. No
un debate, sino un reflejo. Y los reflejos no argumentan: reaccionan. Eso
convirtió a la derecha colombiana —muchas veces corrupta, muchas veces cómplice
de violencias propias— en beneficiaria involuntaria de un daño que ella misma
no había causado del todo. Le basta señalar con el dedo para que el miedo haga
el resto del trabajo.
Habría que ir a Europa para ver lo que la izquierda puede
ser cuando no se ha degradado. No la izquierda de hoy, que en muchos países ha
perdido el rumbo entre identitarismos y gestos, sino la izquierda de mediados
del siglo pasado: aquella que construyó los sistemas de salud universal en
Inglaterra y en Escandinavia, que sentó las bases del Estado social en
Alemania, que en España —después de cuarenta años de dictadura— encontró en
Felipe González a un hombre capaz de modernizar un país sin destruirlo.
González merece un paréntesis. Cuando el PSOE llega al poder
en 1982, España es todavía un país frágil, recién salida del franquismo, con
tensiones militares latentes y una economía que necesitaba reformarse sin
quebrarse. González no llegó con el lenguaje de la confrontación. Llegó con el
de la gestión. Habló de modernización, de Europa, de instituciones. Habló, en
el fondo, de que la izquierda podía gobernar sin que el mundo se acabara, y que
gobernar bien era, en sí mismo, el mejor argumento ideológico.
Llevó a España a la Comunidad Europea, construyó
infraestructura, amplió la educación pública y dejó un país reconociblemente
distinto al que había recibido. Luego, como suele ocurrir con los gobiernos
largos, vino el deterioro: los GAL, los escándalos de corrupción, la derrota de
1996. El poder lo alcanzó también a él. Pero hay un orden en esa historia que
no es menor: González primero gobernó, y gobernó bien, y solo después cayó en
las trampas que tiende el poder a quienes lo ejercen demasiado tiempo. Ese
orden —competencia primero, debilidad después— es exactamente el orden que
Petro invirtió.
Buen gobierno es lo que no hemos tenido. No porque seamos
incapaces de producirlo, sino porque las condiciones históricas lo han
impedido: la violencia que cargó de sospecha cualquier proyecto reformista; la
ausencia de una izquierda urbana, democrática, con vocación institucional; y
finalmente, cuando parecía que algo podía cambiar, el error de quien tuvo en
sus manos la oportunidad de cambiar el relato.
Gustavo Petro llegó al poder en 2022 con una posibilidad que
pocos políticos colombianos habían tenido: la de rectificar una distorsión
histórica. Era el primer gobierno de izquierda en la historia del país, en un
momento en que el mundo —y buena parte del electorado colombiano— estaba
dispuesto a darle el beneficio de la duda. La pregunta no era si tenía razones
para gobernar: las tenía. La pregunta era si tenía la vocación para hacerlo.
Esa vocación requería, ante todo, un gesto semántico.
Requería demostrar, en los hechos y en el lenguaje, que esta izquierda era
otra. Que no venía a ajustar cuentas sino a construir. Que el Estado no sería
un instrumento de la confrontación sino del bienestar. Que los adversarios eran
interlocutores posibles, no enemigos a vencer. Era una tarea difícil, porque
implicaba renunciar a la épica que lo había alimentado durante décadas. Pero
era la tarea.
Petro no la hizo porque, en el fondo, no quiso. Su proyecto
no era restaurar la izquierda colombiana a una versión creíble de sí misma; su
proyecto era Petro. Y esa diferencia, que puede parecer una cuestión de
vanidad, resulta ser una cuestión de fondo.
Un líder que gobierna para una idea construye instituciones,
busca aliados, acepta derrotas parciales si el camino general avanza. Un líder
que gobierna para su imagen necesita el conflicto que lo hace visible, lo
mantiene en el centro, le da razón de ser. Sin enemigo no hay héroe, y Petro
necesitaba ser héroe antes que gobernante. Por eso su lenguaje fue siempre el
de la denuncia y la amenaza antes que el de la propuesta y la ejecución. Por
eso cada dificultad institucional se convirtió en evidencia de conspiración.
Por eso la narrativa importó más que los resultados.
El costo no fue solo político. Fue, de nuevo, semántico.
Petro no corrigió la distorsión que Colombia arrastraba sobre la izquierda: la
profundizó. Confirmó, en la práctica, que un gobierno de izquierda aquí
significa confrontación permanente, gestión errática, culto al líder. Los
miedos que había que desactivar quedaron más activos que antes. El trabajo de
rehabilitación de un vocabulario político no avanzó.
Y aquí entra la imagen que estos días nos regala el mundo:
la remada conjunta de los noruegos en el campeonato mundial, miles respondiendo
a una señal mínima, al mismo ritmo, en la misma dirección. Una coreografía
humana que parece simple, pero exige disciplina, confianza, renuncia al ego,
vocación de propósito común. Algo tan posible y tan imposible.
Esa escena funciona como contraste y como advertencia.
Contraste, porque muestra lo que una comunidad puede lograr cuando la
coordinación no nace del miedo sino de la convicción. Advertencia, porque
recuerda que la armonía colectiva es frágil, que requiere un liderazgo que no
se mire al espejo sino al horizonte.
Colombia, en cambio, ha remado durante décadas como un bote
donde cada uno marca su propio compás, convencido de que su ritmo es el
correcto. Y cuando por fin llegó un gobierno que podía intentar sincronizar el
movimiento, eligió lo contrario: convertir el bote en escenario, no en
embarcación; convertir el remo en micrófono, no en herramienta.
De las elecciones del domingo quedan los números, las
lecturas, los análisis sobre qué votó Colombia y por qué. Pero los números no
dicen que Colombia no rechazó una idea, sino una encarnación fallida de ella.
Que la izquierda no perdió porque sus propuestas sean indefendibles, sino
porque quien las representaba prefirió representarse a sí mismo.
La palabra robada sigue ahí, esperando. No la devolverán los
discursos ni las épicas personales. La devolverá, si acaso, un día, un
liderazgo capaz de hacer lo que hacen los remeros noruegos: escuchar una señal
mínima, renunciar al protagonismo y remar —por fin— en la misma dirección.
Felipe González entendió que la izquierda solo podía
sobrevivir si gobernaba bien. Aquí faltó entender lo mismo, y tener la
suficiente modestia para poner la idea por encima del nombre. Mientras eso no
ocurra, el problema no será de programas sino de personas. Y mientras siga
siendo de personas, seguirá siendo también de palabras: de una izquierda que no
logra recuperar su significado, en parte porque quienes dicen defenderla no han
terminado de devolvérselo.