La tiranía del “puede ser” —el subjuntivo en el poder
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Vivimos bajo la tiranía del “puede ser”. El subjuntivo gobierna; la realidad espera turno. Rusia invadió Ucrania “para evitar” que la OTAN tocara su puerta; resultado: la OTAN hoy le hace frontera gracias a Finlandia y Suecia, dos países que hasta ayer practicaban el arte de no meterse. Saddam Hussein fue colgado por armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. El delito fue no tenerlas. Se actúa sobre fantasmas, no sobre hechos.
La mecánica es sencilla y cruel: una hipótesis se presenta como amenaza real y la carga de la prueba se invierte. Ya no hay que demostrar que algo hará daño; hay que demostrar que no lo hará. Tarea absurda, porque el futuro es el cómplice perfecto del alarmista: indeterminado, resistente a pruebas y con talento para sorprender. Nadie puede probar la ausencia de un daño que aún no existe; por eso el “por si acaso” es la coartada jurídica y ética ideal. A veces pienso en esa idea zen —“las cosas tienden a arreglarse solas”—, pero aquí suena a lujo: el ruido del “podría pasar” no deja que nada se acomode.
El que lanza el “puede ser” juega con ventaja: una cara grave, una cámara y minutos en pantalla bastan. El que lo refuta necesita hechos, contexto, paciencia y tiempo: recursos que se gastan a precio de oro. Cuando por fin concluye, el propagador ya sembró tres nuevas conjeturas. Brandolini lo dijo con la serenidad resignada del que ya entendió el juego: refutar una estupidez cuesta mucho más que inventarla. En esa asimetría reside el negocio.
Cipolla distinguió al ingenuo, al malvado y al estúpido; su mapa queda corto. Antes la estupidez era un fallo individual; hoy es una industria. El ingenuo es materia prima; el malvado, productor de relatos; el estúpido, método de poder. Con micrófono, algoritmo y audiencia, la estupidez deja de ser comportamiento: se organiza, se amplifica y se monetiza.
No es exclusivo de la guerra. Un sistema electoral puede funcionar décadas y bastará una insinuación sin pruebas para que medio país dude de todo. Una persona sana puede terminar sometida a la tiranía de exámenes y sospechas, consumida por el cuento de prevenir una posibilidad remota. Llevada hasta su extremo, la lógica es brutal: lo coherente sería no nacer; al menos así nos ahorramos la sorpresa de morir.
El autor del “puede ser” no es ingenuo: es calculador. No es el loco; el loco es la víctima que no enloquece con la historia que le siembran. Produce hipótesis en serie, baratas y de alta rentabilidad: dispara conjeturas y observa cómo los demás queman tiempo, reputación y recursos intentando cerrarlas.
La táctica es simple y eficiente: sembrar una duda que no necesita prueba y dejar que la sociedad, por prudencia o pereza intelectual, haga el resto. Así gobiernan los dueños del subjuntivo: no quienes controlan la realidad, sino quienes controlan el relato.
La pregunta sigue siendo la misma: ¿cuántas veces actuaste por un “podría pasar” que nunca pasó? No fue prudencia: fue diseño. Alguien contaba con eso.









