Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

marzo 25, 2026

La aduana de la otredad


La Aduana de la Otredad

Crónica de un viaje interespacial

Luis Fernando Gutiérrez Cardona


El ascensor es un espacio de un metro cuadrado donde doce micro‑universos coinciden en una trayectoria vertical. Es una aduana de la otredad. Reglas implícitas: caber sin tocarse, compartir el aire sin inquietarse. Es el reino del disimulo. La distancia física es mínima; la humana, de años luz —como si el rostro del otro no nos llamara.

El saludo no surge: hay que provocarlo. Se responde aunque a veces raspa como grieta en el muro del silencio. Las miradas se evitan. Los ojos, atados por un “no molestar” digital, se hunden en los teléfonos. Algunos los usan soltando molestos dramas domésticos o de trabajo. A un metro por segundo, el viaje es breve; las paradas, eternas.

La mente —cosa seria— decide en esas cajas de acero. Uno entra sin saber qué hará. Al abrirse la puerta, ya lo sabe: destellos provocados por el afán.

Subo en el piso menos dos, como cada mañana a las siete. En el primero, el vacío se llena de cuerpos que no alcanzan a ser personas: figurantes en una coreografía de calaveras. Entre ellos, dos traían un hilo de vida: un chisme que vibraba en el aire estancado. Iba a quedar inacabado por el piso de llegada.

Y ahí cometí la transgresión.

—Sigan, no importa —dije—. Esto vuelve y baja. No nos dejen con el cuento a medias.

Estallido de humanidad. Todos rieron. Los viajeros interespaciales recordaron que tenían piel; relajaron los brazos. Había suspendido la ley del tiempo para honrar el derecho al relato: acoger a otro en su narración completa.

—Tan gracioso ese señor y lo serio que es —dijeron al salir.

O sea que me habían visto muchas veces. Sabemos quiénes somos pero lo eludimos.

La historia en sí no se recordará pero quedará ese momento: algo más de un metro cúbico que pasó de celda a café en el aire, donde el ser se reveló en la risa compartida de un instante. “Me pasó algo divertido en el ascensor…”, contarán, como yo hago.

Viajeros en la eternidad de catorce pisos somos masa diluida en autocomplacencia, miedo y norma. No hay que ir a Próxima Centauri para un viaje largo: el espacio está en el encuentro que se evita.

Mañana, tan desconocidos como siempre, los rostros crispados, los dedos marcarán pisos con urgencia, los ojos encadenados al celular, las espaldas como horizonte.

Para no ir lejos, basta con no dejar que el cuento de otro quede a medias.


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#filosofía cotidiana #crónica #otredad


marzo 24, 2026

Alcaraz


 

Alcaraz pierde porque puede perder. Porque juega y no es sobrehumano ni máquina. “No aguanto más, quiero irme a casa”: ¿Quién no ha sentido eso alguna vez? Al caer, deja la estadística y vuelve al patio de recreo. Ese lugar que algunos —ya saben— nos empeñamos en no abandonar. 

Esa frase es el grito de quien se descubre humano en medio del espectáculo. Es la ruptura del guion.
El gladiador de la raqueta es un muchacho que extraña su cuarto, su silencio y su derecho a no ser un número uno por un instante.
Abandonar el patio de recreo es una forma de empezar a morir: aceptar que la vida es solo producción, eficiencia y silencio digital. Es convertirse en figurante anónimo en la coreografía de calaveras del ascensor: todos apretados, todos fingiendo propósito, nadie respirando sin ruido.
Mantenerse en el patio es resistir. Empeñarse en no abandonarlo es saber que, fuera de él, solo queda el desierto de lo útil.

Alcaraz, al perder, recupera su derecho a jugar: porque el que no puede perder ya no juega.


#alcaraz #juego 

 

marzo 22, 2026

Sursum corda

 

 

Dos meditaciones nacidas de una conversación nocturna sobre cómo sostener el corazón cuando la vida pesa.

 

Sursum corda

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

“Sursum corda” fue una de las primeras frases solemnes que escuché de niño, en aquellas misas en latín donde casi nada se entendía y todo pesaba. El acólito respondía Habemus ad Dominum, repitiendo un misterio, no una instrucción. Más gesto que lenguaje, era una ventana que se abre y deja entrar la claridad.

 En castellano, la traducción es directa: “Arriba los corazones”. No pide, no sugiere, no tantea. Es imperativo sin esfuerzo, nombra un estado compartido: los corazones ya están arriba. La respuesta lo confirma con limpidez: “Lo tenemos hacia el Señor”. El qué y el cómo.

 La frase se hizo tímida: “Levantemos el corazón”. El matiz es mínimo, pero decisivo. La lengua ya no declara: invita. Mira alrededor para ver quién se anima. Muy en nuestra idiosincrasia: preferimos el permiso al impulso, la invitación al salto. En ese desplazamiento se pierde el latido común, el instante en que todos ascienden a la vez, sin mirar de reojo.

 La respuesta se volvió laboriosa: de “lo tenemos hacia el Señor” pasamos a “lo tenemos levantado hacia el Señor”.

 “Sursum corda” es un hilo fino: no ordena levantar el corazón, constata que está arriba. La respuesta es certeza, no declaración.

 

 

Peso y claridad

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Las misas eran un mundo aparte, denso y callado, donde la fe no pedía explicaciones. Incomprendidas en su latín antiguo, cargaban una gravedad que se sentía en los huesos. El *Yo pecador* golpeaba de verdad el pecho, no era una frase ligera. El *Gloria* estallaba, pleno de eco celestial. El *Credo* se extendía, largo, casi interminable, y enseñaba el peso de creer —una lección sobre lo eterno: “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”, no propuestas sino convicciones. El *Sanctus* te llevaba a las rodillas sin remedio, y el *Padre Nuestro*, severo, era una flecha hacia lo alto. El Santísimo era, sin énfasis, santísimo. Hasta el *Dies irae*, en la misa de difuntos, tenía su dulzura grave: un adiós que no necesitaba consuelo.

 Las catedrales hablaban sin palabras. La luz, filtrada por vitrales, pintaba el aire; los ecos obligaban al silencio; los ropajes del oficiante no adornaban: separaban. Los órganos —inmensos— no acompañaban: rendían homenaje. Ahí no se charlaba entre nosotros; se estaba ante Dios. La música elevaba, todo apuntaba a un Todopoderoso que imponía respeto —ese temor sano, mezcla de asombro y temblor— y a un Jesús herido que, desde la cruz, pedía amor y piedad.

 Entrar en una iglesia era pasar a un reino de presencias silenciosas. No estabas solo: algo más te rodeaba, invisible pero no del todo.

 Las cosas cambiaron. Se entra en espacios que parecen pedir perdón por ser altos o imponentes, como si la solemnidad fuera un exceso. Lo sagrado se muestra casi con vergüenza, pidiendo disculpas. La liturgia es llena de ruido, de ligereza, de ritos evidentes. El cura en tenis, el altar despejado. Todo tan claro, tan inmediato, que no hay lugar para el misterio. Lo que no se entiende, se explica. Y en esa prisa por la transparencia, se pierde la profundidad.

 Donde había sombras que invitaban a la fe —opacas, como un velo que esconde y revela—, ahora todo es visible, sin reserva ni abismo.

 La nostalgia no es por los ritos antiguos, sino por un modo de estar en el mundo donde el más allá no era un planeta lejano ni una estrella. Las catedrales siguen ahí, mudas, abiertas con horario. Entran turistas, pagan, miran y se van. Para orar reservan un rincón cercado —este, por ahora, todavía gratis.

 

[Mi padre, ni rezandero ni fanático, nos llevaba a la iglesia. Impecablemente vestidos: esto es serio. Cualquier travesura se corregía de inmediato: aquí no se juega.] 

 


 



 

marzo 20, 2026

El Mono y la Densidad: Crónica de un Cosmos que no Encaja

 


El Mono y la Densidad: Crónica de un Cosmos que no Encaja


Luis Fernando Gutiérrez Cardona


I. El Encuentro Virtual: Diálogo entre Fantasmas


Todo parte de una sospecha recurrente sobre la consciencia y la distancia.

*

Si existen seres inteligentes más allá de la Tierra, ellos están a la misma distancia de nosotros que nosotros de ellos, pero habitamos tiempos que no coinciden. Yo los vería en mi “ahora”, mientras ellos estarían en su propio presente, otro, desplazado, pero igual de absoluto. El encuentro, entonces, no sería físico, sino una virtualidad que se disfraza de concreción.

Cuando una presencia aparece, el mundo deja de ser posibilidad y se vuelve escena. La función de onda colapsa, y somos reales porque nos reconocemos. Esto basta para fabricar un “presente compartido”, aunque debajo siga latiendo la imposibilidad de sincronizar los tiempos.

Dicho sin enredos: si me encuentro con un ser inteligente en Andrómeda, el tiempo deja de importar porque el encuentro mismo lo suspende. Si el tiempo importara, no habría encuentro.



II. El Zeus Herido y el Laboratorio Explotado

Ese anhelo de orden, que encontrábamos en el Big Bang, se desmorona. El Big Bang era nuestro Zeus, el soberano que nos daba un "momento cero" y un acta de nacimiento. Pero los ojos del James Webb muestran galaxias que no deberían estar allí: niños con barba, galaxias barbudas, maduras antes del parto teórico, estructuras viejas en la infancia del universo. Algunas aparecen apenas unos cientos de millones de años después del supuesto origen, con masas y brillos que no encajan con los modelos de formación galáctica ni con el tiempo disponible para crecer. El laboratorio ha explotado.

Al desaparecer la adoración, el origen se resquebraja y nos devuelve a la intemperie de un universo que se resiste a ser clasificado en una cronología humana. Las primeras galaxias dejan de ser figurantes obedientes y se vuelven testigos incómodos, envejecidas antes de que redactaran sus partidas de bautismo. Ya no hay un Zeus incontestable, sino un archivo lleno de tachaduras, notas al margen y versiones contradictorias de la escena primordial.

III. La Densidad contra la Idea: La Masa como Resistencia

En este desamparo cósmico, es vital aferrarse a la precisión de las palabras. Solemos hablar de la "densidad de una idea", pero eso es virtualidad pura; la idea no desplaza aire ni tiene peso. Densidad es la masa molecular que nos encarna, la acumulación que hace que algo empuje, choque, resista. Mientras el mundo se vuelve gaseoso, diluido en teorías, lo único que nos salva de la dispersión es la contundencia de la materia: el cuerpo que ocupa un lugar, el límite que no se negocia y la presencia que no necesita justificarse por existir.

La densidad no es un acto del pensamiento; es el peso de la masa que nos permite estar sin pedir disculpas. Un hueso fracturado interrumpe cualquier abstracción metafísica, una piedra en el zapato corrige de inmediato la metafísica del alma. La idea puede ser brillante, pero es la rodilla que se golpea contra la mesa la que recuerda que hay un mundo que no depende de consenso ni de discurso. La física es un recordatorio implacable: hay cosas que no se atraviesan.


IV. El Salto del Mono: El Hambre de Realidad

El mono budista que es la mente, no salta de rama en rama por una inquietud intelectual; su movimiento es liberador y pragmático. Salta para encontrar plátanos, no por zen sino por panza, estómago y espíritu, para no fallecer de hambre o, peor aún, de exceso de consciencia que termina por desdibujar al sujeto. El mono sabe que, si se queda demasiado tiempo analizando la rama, cae al vacío de la abstracción.

Reconocer que la vida no es un problema por resolver, sino una estructura que hay que habitar antes de que el tiempo se escape, es sabio. El plátano es lo concreto; la rama es el soporte. El salto no es una iluminación mística, sino una decisión muscular: moverse o morir, morder o quedarse atrapado en la contemplación de la corteza. Frente al universo gaseoso de teorías, el mono elige la densidad del fruto: algo que se pela, se huele, se mastica.


V. Pajom y el Límite: El Regreso al Centro

Surge, pues, la sombra del campesino de Tolstói. Su tragedia no fue la ambición de caminar, sino la incapacidad de volver. Persigue el horizonte de la tierra prometida hasta que el círculo que recorre se convierte en  trampa. Al final del día, cae exhausto antes de cerrar el perímetro, y lo único que posee son los dos metros en los que lo entierran.

El presente, como unidad de tiempo, no se sostiene porque es un punto sin grosor; pero la vida sí se sostiene en el límite. Quien corre tras el horizonte de la teoría —buscando la quinta pata al gato— termina como Pajom: muerto de agotamiento al atardecer, sin ganar nada. La consciencia solo se hace real cuando vuelve al centro, cuando renuncia a la expansión infinita para abrazar lo que tiene a mano. Al cerrar el círculo —aunque sea pequeño, aunque dé apenas para plantar los pies— descubrimos que no hace falta vivir de filosofar; basta con tener la voluntad de regresar, una y otra vez, a la tierra que pisamos, sentirla, aceptar que ese contacto es todo nuestro universo habitable.


*




Querido Luis




Querido amigo:

Esa pregunta —sobre el “iniciar de cero”— se quedó vibrando en el aire como una nota que no termina de resolverse. Pide un comienzo, pero después de estos días de sensibilidad extraña y de tristeza, he llegado a algo sencillo: el cero sería no haber llegado a ser. Un lujo metafísico que no me interesa. Prefiero hablar de un inicio, que es otra cosa: no borrar, sino empezar con lo que ya hay.

Desde niño me persigue la imagen de una cabaña en clima frío, una corriente de agua y el refugio de los libros. Allí me imagino leyendo en voz alta para acompañar al viento, como si el viento fuera un lector tímido. Un lugar habitado por lo que no pide nada: animales, árboles, tierra. Es mi inicio imaginado, pero no por el aislamiento, sino por la reducción de los deberes a lo esencial: el fuego, el agua, el silencio. Una vida en la que el deber no venga dictado desde fuera, sino que nazca, casi en voz baja, de cuidar lo que sostiene la vida.

Porque nuestra existencia es de deberes, aunque no usemos esa palabra. Llegamos cargados de obligaciones que redactaron por nosotros: familia, escuela, catecismos, oficinas. “Ser alguien”, “lograr algo”, “responder por otros”. Uno se pasa la vida cumpliendo listas. Incluso en la cabaña del bosque terminaría inventando obligaciones. Hay algo en nosotros que convierte la vida en cuentas.

Si me fuera dado elegir un inicio —no desde cero, sino desde aquí, con la carga que traigo—, la primera tarea sería revisar ese inventario de deberes. Preguntar, con paciencia: ¿qué es realmente mío y qué es inercia? ¿Qué debo porque lo elijo y qué debo solo porque me lo dijeron? No se trata de romper con todo, sino de soltar lo que no me pertenece, para no pasarse la vida corrigiéndola, sino entendiéndola. Y desconfiar de esos mandatos que parecen puros y llevan dentro su sombra: “ama al otro como a ti mismo”, cuando uno ni siquiera se soporta; en ese mandato germina el odio, hacia el otro y hacia uno mismo, cuando no se alcanza.

No elegiría la no-existencia. Elegiría existir con menos imposición y más conciencia; un punto donde el deber no sea un mandato que cae desde arriba, sino la consecuencia de una elección que se asume a cara limpia. Hacer algo no porque toca, sino porque, si me miro, no podría actuar de otra manera sin traicionarme. Tal vez se trate de pasar de una vida llena de deberes impuestos a una vida con deberes elegidos, pero asumidos a fondo.

La pregunta no es teórica. Como maestro e historiador y quizá siente que lo que hace no llena. Es razonable. Un maestro vive rodeado de deberes escritos por otros: programas, notas, informes, protocolos; me preguntaría cuáles de esos deberes honran la vida y cuáles mantienen la máquina en marcha. A veces preguntamos por el inicio cuando lo que necesitamos es revisar el presente: preguntar qué deberes se cumplen por miedo, por costumbre o por no decepcionar, y cuáles sostienen de verdad. No puedo decir qué hacer,  puedo decir lo que haría si empezara: no hay vuelta atrás, pero hay un punto donde podría afirmarse lo que sostiene y soltar lo que pesa.

Rntonces plantarse ahí. Lo escribo desde este tramo del camino, donde todavía aprendo a hablarle a mi propia animula, vagula, blandula con un poco más de ironía, aún con miedo.

Con todo mi afecto,

Luis Fernando

 

marzo 16, 2026

Prefiero oír tu voz. Redundancia en torno a la amistad.

Prefiero oír tu voz

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

Con los años uno descubre algo que en la juventud parecía improbable: las amistades se reducen. No por ruptura ni por desengaño, sino por una decantación lenta, como cuando el río baja después de las lluvias y deja visibles las piedras que en realidad pertenecen a su cauce.

En la juventud todo es abundancia. Se dice “amigo” con facilidad generosa: compañeros de estudio, de fiesta, de conspiración contra el mundo. La vida es una mesa larga donde siempre cabe una silla más.

Luego el tiempo hace su trabajo silencioso.

Algunos se van lejos, cambian de rumbo, o se diluyen en la vasta ocupación de vivir. Y un día uno mira alrededor y ve que en la mesa, aunque larga, quedan pocos.

Que pesan de otra forma.

Hoy la palabra “amigo” circula con ligereza que desconcierta. Se multiplica en pantallas, aparece en listas interminables, se expresa en imágenes pequeñas: un emoji cualquiera, un pulgar levantado, una frase veloz que el dedo deja  sobre el vidrio.

No es necesariamente falso. Pero tampoco es amistad.

Los griegos —que tenían tiempo para pensar estas cosas mientras caminaban o conversaban en las plazas— hablaban de philia. Y cuando usaban esa palabra no se referían a la simpatía pasajera, sino a algo más cercano a una forma de vida compartida.

Sócrates insinuó que el amigo aparece allí donde reconocemos una falta: no buscamos al otro porque estemos completos, sino porque algo en nosotros lo llama. Hay en esto algo que no es del todo cierto: el amigo no se busca, surge.

Aristóteles, más ordenado, diría que hay amistades de utilidad y de placer, que duran lo que dura la circunstancia. Y hay otra más rara: la que nace cuando dos personas se reconocen en lo que cada una intenta ser. Esa amistad necesita tiempo. Y paciencia. Y memoria. Necesita años.

Las amistades, pues, tienden a concentrarse. Porque se es separado, o porque el alma aprende a distinguir. El contacto directo se ha esfumado, dialogar es reemplazado por un intercambio de mensajes específicos.

Ayer me llamó Aldemar.

Aldemar no es de redes sociales. No deja corazones ni comentarios ingeniosos. Aparece cuando aparece, como aparecimos: de repente, en persona o por teléfono, sin anuncio o advertencia.

—En estos momentos —me dijo— prefiero llamar que escribir.

Y en esa frase había algo que las pantallas rara vez logran: presencia.

Hablamos un rato. Todo extraordinario en su simplicidad: un poco de la vida, un poco de los años que cargamos, alguna risa que todavía reconoce su eco en la primera juventud. Y desde el “hola” hasta el “hasta luego, gracias por tu llamada”, ocurrió esa magia que solo se da entre amigos: la sensación de que el tiempo no ha roto el hilo.

Me quedó la impresión de que algo grande nos estamos perdiendo cuando ya no nos encontramos para un café, para hablar de montañas, de libros, de la existencia. Hoy no podría darse el banquete platónico: por la pantalla no puede circular el vino, y Alcibíades no tendría entrada.

Al colgar pensé que, sin proponérnoslo habíamos honrado a Aristóteles. Mi cuerpo respiró y se inspiró.

Las amistades verdaderas no abundan. Tampoco ser buen amigo es fácil. Uno falla. Pero, cuando se las deja ser, aparecen —aunque sea brevemente— y traen esa continuidad invisible, hecha de alma y tiempos compartidos, de silencios cómodos, de confianza que no necesita exhibirse.

No quedan muchos nombres, y cada vez menos presencias. No es pérdida. Es una forma de gravedad.

Hoy, para ser amigo basta hacer clic en aceptar.

Esa llama que se instalaba sin permiso es un viaje con retorno.




marzo 14, 2026

Carta para los míos y todos

Manizales, marzo de 2026

Carta a la tribu

Queridos míos:

Cumplir años es asistir a una extraña inflación. Mientras la vida y la muerte reducen la lista, las pantallas insisten en llamar “amigo” a cualquiera que se sume al inventario digital. Y sin embargo, ustedes —los que quedan, los que resisten— son la prueba de que la palabra todavía tiene hueso.

Quise traer a Sócrates y a Aristóteles a la mesa, solo por verles la cara ante este mercado de afectos sin cuerpo. Los imaginé entrando al restaurante digital. Sócrates se detendría, con esa mirada que busca una grieta en la superficie:

—¿Y aquí dónde se conversa? —preguntaría.

Le mostraría un hilo de comentarios. Él vería monólogos apurados, gente gritando para no sentirse sola, pulgares arriba como señal mínima de existencia.

—Esto no es amistad —diría—. Es gente hablando sola en compañía de otros que también hablan solos. La amistad es un parto, y aquí nadie está dispuesto a sangrar por una idea.

Aristóteles, más paciente, pediría un café y empezaría a clasificar el ruido con calma.

—Este de aquí —diría, señalando un perfil profesional— es amistad por interés. Útil, sí, pero frágil como el vidrio. —Este otro, por placer: fotos retocadas que quizá ni suyas son, vidas editadas que entretienen mientras se espera.

Pero al mirar mi tribu —ustedes—, la que queda, la que resiste el frío de las montañas, levantaría su taza:

—Aquí sí hay algo. Aquí hay tiempo. No se puede ser amigo de tantos, porque no hay forma de compartir la sal necesaria. La amistad requiere convivencia; el resto es número.

Yo los escucharía reconociendo en sus voces mi propia tempestad interna. Les diría que, amigo siempre de mí mismo —con matices y naufragios—, he aprendido que la soledad no es un vacío, sino un territorio conquistado. Y que la edad, como dice Yourcenar, no es un número sino un estado que cambia de hora en hora: a veces tengo diez siglos, a veces cuarenta años y, en ciertos momentos —cuando la luz cae bien o el perro me mira—, apenas cuatro.

Les explicaría que los ausentes no dejan un hueco, sino que pasan a formar parte de la estructura. Las ausencias no están en la lista de contactos: están en la raíz. Olga Lucía, por ejemplo, no está en la mesa, pero está en la forma en que entiendo el mundo.

Sócrates me tocaría el hombro. Aristóteles bebería el último sorbo de café. Y los tres entenderíamos que, en este mundo de pantallas de cristal y clics, la verdad sigue siendo la de siempre: que alguien, a pesar de todo, permanece.

Los abrazo con gratitud. Y, como siempre, espero su respuesta.

Luis Fernando (Nano)




marzo 12, 2026

RIP


Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Un día sí y otro también —porque habitamos la franja donde las curvas estadísticas se estrechan— alguien a quien conocimos o nos conoció, a quien servimos o se sirvió de nosotros, de quien somos deudores o acreedores, se aparta de la luz, es apartado de la vida. Se vive en el borde donde la probabilidad no es abstracción si no almanaque compartido, hoja que cae sin sorpresa.

Por eso no hay que apartar ni apartarse, no hay que criticar ni criticarse, no hay que levantar fronteras ni imponer límites. Vivir en paz. Vivir con quienes se ha vivido, mientras se pueda y como se pueda. La paz que importa es la de los vivos. La paz de la tumba no es nada: silencio sin sujeto. La vida eterna es un cuento.


(Almanaque= alma-no-que)

 


 


 

Mirando el abismo y el amanecer al mismo tiempo

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona 


I. Punto. La edad como umbral y como espejo

Cumplir años, para quienes hemos visto demasiados, no es celebración sino inventario. La edad no solo suma tiempo: suma ausencias. He visto partir a padres, hermanos, amigos. Cada muerte abre una grieta que no se cierra, solo se hace paisaje.

Para un niño católico, el año dos mil era un borde mítico: el fin, el juicio, el cierre del telón. Y no solo crucé ese borde: asistí a varios “fines del mundo”, vi desfilar Papas, guerras, luces que no iluminan y oscuridades que no terminan de apagarse. Vivir es ya habitar un tiempo que parece prestado, como si la historia hubiera seguido sin uno.

Viví la oscuridad de no tener pantallas. Y esta luz de ahora que no parece luz —este resplandor incierto— es el túnel de un tiempo donde nada es firme, donde destruirse es pasatiempo. Donde el humano es recurso prescindible, pieza en proceso de sustitución total. Esta percepción no es delirio: es sensibilidad afinada.

He visto partir a quienes me dieron origen y a quienes compartieron mi tiempo. Y llegar a los miles de millones que habitan conmigo en el ciberespacio.

Esa suma no produce soledad ni compañía.

Produce algo más vasto: una intemperie existencial.

Nada me es ajeno, porque he vivido lo suficiente para reconocer todos los rostros. Nada me es propio, porque lo que era mío —gente, época, certezas— ya no está. Esa doble condición no es sabiduría: es claridad. Mi edad roza los límites de la esperanza de vida; no deseo morir, solo constato un hecho.

Los poderosos proclaman como triunfo las heridas, la metralla, los cascotes.  Los misiles, la indiferencia, la destrucción son sus trofeos.  No, no es bueno asomarse demasiado a ese abismo, porque devuelve la imagen del mundo en que cuesta sostenerse.

NEC UT SOLES DABIS IOCOS.

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II. Contrapunto: El presente como lugar habitable

La vida es presencia y es recuento. Se aprende a estar en ella sin explicaciones. El presente, el territorio donde sostenerse, es una pantalla.

La edad, con lo que quita, da algo extraño: una lucidez agridulce. 

No espero señales ni epifanías. Sigo aquí, respiro. El día no es alegría o desolación: es un fluir de cualquier cosa.

Salvo la luz de cada nuevo amanecer no hay comienzo. Por lo demás, incluso en los tiempos más inciertos, hay cosas que sostienen:muy presencia, la sonrisa generosa, la conversación, un libro abierto. No son salvavidas; son anclas discretas.

El mundo seguirá. La humanidad lastima y abraza. Pero en medio del ruido de bombas y de estadios, hay una forma de sobreponerse; una manera de existir,  instantes que justifican su permanencia.

Quizás el valor de habitar el tiempo ahora sea:

Seguir mirando.

Seguir nombrando. 

Seguir mirándote y nombrandote.


 

 


marzo 09, 2026

Aires de madre, voces de hogar y de montaña

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona 

 

El aire de la mañana entraba primero. Se colaba por las rendijas de las tablas que hacían de pared, frío pero amable, con el olor a tierra húmeda que tienen las montañas en el alba. En la cocina, el tinto de olla hablaba al unísono con el ladrido de los perros y el canto de los gallos. Desde la iglesia, en la plaza, daban  primero, luego segundo, y al final dejar, ese toque que decía que la misa de seis iba a empezar. El olor a panela, a café, a arepa haciéndose despacio, se mezclaba con el verdor que se tomaba la ventana.

Mi madre daba órdenes. Sonreía como si el amanecer le perteneciera. Una sonrisa que el día transformaba, sí, pero nunca hasta hacerse dura. La ternura, en ella, no era fragilidad. Sabía que, antes de que la tribu de diez se desparramara, había unos segundos de paz que eran suyos: la taza caliente entre las manos, el aire frío, el rumor de árboles.

La casa respiraba con nosotros. El corredor se llenaba de pasos menudos, de voces todavía somnolientas, de murmullo familiar que no necesitaba palabras.

Y ahora, cuando recuerdo sus últimas horas, esa frase suya —“hablé con Dios y le dije que no quiero irme todavía”— suena hermosa. No le pesó lo vivido. Suena a quien quería quedarse en el hogar, cocina tibia, en el corredor lleno de hijos, en la gratitud de haber vivido y dado vida.


Aire temprano.
Mi madre en el pasillo
guarda el mundo. 

 


 


 

 

marzo 08, 2026

La taberna



Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

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La taberna y la caverna

 

¡Ah, Luis Fernando, de nuevo en la taberna! Pero esta noche el vino sabe distinto. En algún lugar, alguien muere bajo lluvias de fuego mientras levantamos la copa. La pantalla que nos despertó esta mañana nos lo dijo con la misma voz con que nos recuerda el cumpleaños de un conocido. Sócrates preguntaría: ¿es eso realidad, o apenas su sombra en una caverna de cristal líquido?

 

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La Masa Sin Nombre

 

El principio es el mismo: el anonimato. De quienes levantaron pirámides, remaron galeras o cayeron bajo estandartes mongoles no queda un nombre. Se sabe el del faraón, al césar, al conquistador enterrado entre soldados de barro anónimos. El poder no necesita nombres: necesita recurso. La singularidad es ineficiente. El que carga la piedra es intercambiable; si muere, hay otro. La masa es el material con que unos pocos escriben historia. 
El recurso humano no es humano: es recurso. 
¿No lo sabíamos ya en Atenas, donde la democracia reposaba sobre espaldas sin derechos? Lo sabíamos. Lo sabemos. Y aun así seguimos llamando a esto civilizaciones.

 

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El Conquistador con Propósito y el Operador sin Mundo
El faraón creía en su divinidad. César tenía un proyecto: Roma, gloria, orden. El mongol arrasaba ciudades con una cosmología detrás. En la brutalidad había horizonte.
Adriano entendió que la conquista infinita era una enfermedad. Su Pax no fue un gesto moral, sino una decisión estratégica. Pero tuvo que imponerla con legiones y levantar murallas. Para él, había otros. Viajó. Amó. Se untó de gente. Sabía qué hacía y por qué.
El conquistador de hoy hace clic. En una sala climatizada alguien dirige un dron sobre un mercado o un colegio. No hay cosmología, ni gloria, ni horizonte. Solo una pantalla, unas coordenadas, una orden que viene de otra pantalla, que viene de otra, que viene de otra. La responsabilidad se disuelve en capas hasta que nadie, en sentido estricto, hizo nada. Guerra sin guerrero. Crimen sin criminal. La muerte como efecto secundario de un proceso: daño colateral, le dicen.
Del otro lado se ven imágenes, se oyen nombres de ciudades destruidas como los de series recomendadas. Ni inocentes ni culpables: irrelevantes para el mecanismo que incluye a la masa como justificación. Existimos como registro en la metadata. Sin otros no hay nosotros.

 

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La Realidad Segmentada
La realidad está fragmentada. El niño bajo las bombas y el espectador frente a la pantalla habitan mundos excluyentes. No hay un afuera desde donde ver el conjunto. 
El romano sabía qué conquistaba. El conquistado sabía que era conquistado. Había, en esa violencia, una legibilidad trágica. Hoy nadie ve entero el mecanismo. El que ordena no ve al que muere. El que muere no conoce al que ordenó ni entiende por qué. El que ordenó fabrica un relato para las cámaras. El poder se protege. No hay juicio, no hay tragedia: apenas ruido. 
Aquí estamos, Luis Fernando. Nombrando a los sin nombre. Preguntando por lo que nadie pregunta. Es el último gesto humano cuando la pantalla esconde la realidad y, obstinado, uno insiste en que algo ocurre.

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Voces que habitan este texto
Este diálogo conversa con Platón y su caverna de cristal líquido; con Hannah Arendt y la banalidad del mal como disolución de la responsabilidad; con Byung-Chul Han y la transparencia como vaciamiento; con Yourcenar, que vio en Adriano la lucidez del límite; y con la tradición de los sin nombre, que no dejaron escuela pero cargaron las piedras.

 

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marzo 06, 2026

Vivir es Deshacerse

 

Vivir es Deshacerse

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

No busques fuera lo que reside en el interior de uno mismo.

Plotino

 

¡Ah, Luis Fernando, contertulio de medianoche! Imagina que estamos en una taberna ateniense, con el vino en la mano y Sócrates sentado en el suelo interrogando el mismo aire que respiramos. Las sombras bailan en la pared, recordándonos que la verdad no es nítida. Vivir es deshacerse, propones: no como resignación, sino como arte supremo. Premisa afilada que corta la ilusión de lo sólido. Vayamos con los ojos de quien contempla la existencia no como un castillo, sino como humo que se disuelve en el viento.

 

Hacerse y Deshacerse: La Dialéctica del Ser

¿Qué es ese “hacernos” que tanto nos ata? Nombres, cuerpos esculpidos, carreras como torres de Babel. Es el logos traicionado: ese impulso de ordenar el caos que el tiempo —Cronos, devorador de sus hijos— roe sin pausa. No puedes bañarte dos veces en el mismo río. Vivir no es acumular ladrillos, sino ser el río mismo, flujo incesante que deshace sus propias orillas.

¿Y si ese afán de construirte no es más que fingir que controlas el deshacerte? ¿No es el atleta un niño jugando a ser estatua, ignorando que la estatua llora polvo? Construimos no por amor al mármol, sino por terror al vacío. Ya ni siquiera hace falta un amo que ordene. Cada uno  es su propio capataz, se explota en nombre del rendimiento. Sin cadenas visibles, basta con el calendario saturado y las métricas íntimas. Somos esclavos de un látigo  llamado “proyecto de vida”.

El deshacerse no es el enemigo del vivir, sino su condición. Las estrellas se forman de polvo y estallan en supernovas, esparciendo su esencia para que nazcan otras. ¿Somos menos? El alma no es recipiente sino barranco por donde todo cae y fluye. No hay que aferrarse al mármol, sino ser el agua que lo erosiona.

 

El Amor: Deshacedor Supremo

El amor es donde el deshacerse se vuelve más visible e irresistible. Diotima le enseñó a Sócrates que el eros verdadero no es posesión sino creación: procrear en lo bello. Lo que procrea el amor es la disolución del ego. Naces desnudo, amas desnudo, mueres desnudo. El amor sin contrato es el que te arrastra al abismo dionisiaco: te deja flotando como espuma en la cresta, sin saber bien quién eras antes.

Nuestra época domestica esto. El amor se mide en disponibilidad, en mensajes contestados, en productividad emocional. El mandato silencioso es “sé deseable, rinde, no falles”. Pero el amor que importa no obedece a tableros de control: interrumpe la agenda, sabotea la optimización, nos devuelve a la inútil y necesaria belleza de perder el tiempo con otro. No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho, dijo aquel.  El amor hace del tiempo perdido el único tiempo verdadero.

Resistir la lógica del rendimiento en el amor es, en el fondo, resistirla en la vida. El deshacerse no es fracaso: es la única forma de amar y de vivir que no termina en mercancía.

 

La Levedad Recuperada: Alma como Viento

Hemos confundido vivir con producir, y sentir con exhibir. La transparencia total —mostrarlo todo, decirlo todo, medirlo todo— no nos acerca a nadie: nos vuelve datos luminosos y almas opacas. Hemos cambiado la luz trémula del fuego, que respeta la sombra, por la luz eléctrica y clínica que lo expone todo bajo un resplandor sin misterio. La paradoja es feroz: entre más nos exponemos, menos nos habitamos.

El alma ligera, en cambio, se permite la pausa, el silencio no rentable, la opacidad que resiste ser convertida mercancía emocional. Plotino imaginaba el ascenso hacia el Uno como un deshacerse capa a capa hasta la nada luminosa. No hace falta ir tan lejos: basta con soltar la exigencia de ser siempre legible, siempre disponible, siempre productivo

Vive como el hielo que se funde en río, el río en mar, el mar en evaporación, el vapor en nube, la nube en lluvia. El alma es espuma que brilla mientras se deshace. No es una imagen pesimista. Es liberación. Hacerse liviano, sabiendo que todo se deshará, es la única rebelión posible contra la época del rendimiento.

Entonces, Luis Fernando: ¿seguirás esculpiendo mármol, o dejarás que te lleve ese viento que huele a lluvia y a distancia, ese que no pide permiso para despeinarte el alma?

 

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Voces que habitan este texto

Este diálogo bebe, sin disimulo, de Heráclito; de Platón, a través de Sócrates y la enseñanza de Diotima sobre el eros en El Banquete;  de Séneca, en la reflexión sobre el tiempo y la vida no gestionada sino vivida;  de Plotino, con su idea del ascenso hacia el Uno como disolución luminosa; y de Byung-Chul Han, cuyo diagnóstico de la sociedad del rendimiento y la transparencia recorre  el texto. El budismo y el taoísmo aparecen como voces de fondo con sabiduría antigua y universal.

 

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marzo 04, 2026

Nocturno

 

A veces, en la noche, aparece una mirada antigua. Un destello. No vuelve por  nostalgia  ni por deseo : coincide con algo del presente y se enciende. Para recordar que interesarse por alguna persona no la obliga a nada. Si después de decirlo una vez —o tres— no hay respuesta, la respuesta está dada. La razón no importa.

El camino sigue y lo que no ocurrió se archiva. No para olvidar: para ordenar. Queda una claridad sobria, una melancolía ligera , una voz sin eco. La vida devolviendo el gesto con su indiferencia. Y debajo, sin forma, la huella de lo que nunca llegó a tenerla.

El pensamiento  confirma una coherencia íntima. Al soltarse, se mezcla con el sueño  —el del cuerpo y el otro— y desaparece. Un ajuste mínimo. Una respiración. Lo que pierde el nombre para poder seguir siendo.

 


 


marzo 01, 2026

Luces

 

Mientras más lejos estás más cerca te siento. Claro, la necesidad se acrecienta con la indisponibilidad pero el querer aprende de la ausencia. Lo acrecienta hasta la locura o lo atempera hasta la desaparición. En mí funciona hacia este extremo. Es racional, no es insano. La nueva cercanía se hace un recordar amable que se integra con la naturaleza. Entra a formar parte de ella, a ser un pequeño ser viviente que se ve pasar con respeto, con admiración, con miedo o cualquier otra clase de sentimiento incluido el de la indiferencia. Estás. Sí. También incluye el olvido. Pero este funciona como un interruptor: se enciende y se apaga. El tiempo de encendido va siendo cada vez más corto. El de la oscuridad, más largo. Aunque la luz siempre está ahí y regresa en forma de luciérnagas.

Mas, ¿quién ha visto morir una luciérnaga?



febrero 27, 2026

Consulta en el fin del mundo


Luis Fernando Gutiérrez Cardona

Entré al consultorio sin expectativas. El médico no levantó la vista de la pantalla. Si me hubiera incendiado, habría intentado apagarme con el mouse.
—Doctor, además de esto y aquello, estoy hipoacústico.
—¿Desde cuándo no oye?
—¿Qué?
—Eso.
Salí con una orden para audiometría, otra para laboratorio, otra para riesgo cardiovascular.
Y una nota: “volver cuando mejore”.
No aclaraba si de salud o de actitud. Y si mejoro, ¿para qué volver?

En casa, mi sobrina —recién graduada, aún con alma— me oyó lo de hipoacústico.
—No, tío. Estás putamente sordo.
Lo dijo con ternura clínica. Me alegró no oírla bien.

Ahora tengo más citas que un político en campaña: odontólogo, laboratorio, cardiólogo, sueño, riñón. Mi cuerpo funciona por ventanillas. Soy un papelito con un turno. El nombre del médico no importa. Solo la dirección.

Los sábados madrugo a entregar sangre, desechos y fe. La vida es una fantasía.

Para ahorrar tiempo acudo a "August". No tiene consultorio, afán, ni mal genio. Es un algoritmo con nombre de emperador, paciencia de procesador y, por ahora, es gratis.
—¿Qué sientes?
Le conté todo. Incluso del granito en la barbilla que me observa desde el espejo. Le subí los análisis del otro sábado.
El granito le interesó más.
—Foto del granito, pidió. Buena luz. Sin lentes. No parpadees.
El círculo de carga giró solemne, bíblico. Sentenció:
—He analizado 14 millones de casos. El tuyo es fascinante. Presentas una asimetría molecular compatible con el cansancio de vivir… o con una picadura de mosquito.
—¿Y tratamiento?
—Consulte a su médico.

La serpiente se mordía la cola.
Y eructaba.

Volví al consultorio.
—Doctor, he hablado con August.
—¿Quién?
—El médico de silicio. Dice que soy fascinante.
Por primera vez me miró.
—¿Y qué le recomendó?
—Que lo consultara a usted.
Silencio.
—Habrá que pedir biopsia y  ecografía. Y tráigame la foto del granito impresa en papel mate.
Sin diagnóstico ni receta, salí con nuevas órdenes.
August acertó en una cosa: vaya y vuelva para que vuelva y vuelva.

La vida es una fantasía. El recorrido hacia su final es arduo.
El copago es previo.








febrero 22, 2026

Cinco movimientos para Willie

Cinco movimientos para Willie

Luis Fernando Gutiérrez Cardona 

 

I. Preludio: 

Willie Colón nació el 28 de abril de 1950 en Nueva York, pero fue criado en Puerto Rico . Su abuela y su tía lo nutrieron de música tradicional puertorriqueña y de ritmos como el son cubano y el tango. El trombón lo reclamó.  

Willie Colón iluminó muchas noches de mi bohemia responsable y de mi bohemia doméstica. Bares, tenidas a su son. Tardes, noches y amaneceres que no se olvidan, sino que se reviven.


II. Nocturno:

Aquellas noches en que el mundo se recogía, como si quisiera escuchar mejor. Noches en que el bar era un refugio donde los cubalibres sudaban despacio los vasos y la música hacía de lámpara.  

Tardes que se estiraban hasta la madrugada en Caballo Loco, en Chaffer o en alguno de esos antros del centro hoy inexistentes. Yo qué sé, Domo, Kien, El Aquelarre, La Tuna, El Timbalero, La Galería o La Prendería. incluso El Caracol Rojo y otros de mejor o peor calaña cuyos nombres se atropellan en mi mente pero no revelo para no revelarme.  

O las casas, la de Carlos Alberto, en el barrio Estrella, o la de Camilo, en el barrio San Jorge, estratósferas apartadas de todo estrato.

Willie Colón entraba por los parlantes, y se sentía que conocía partes tuyas que ni tú mismo nombrabas.


III. Coral:

Los hermanos, los amigos, llegaban con esa alegría que no se explica, que se reconoce. Uno ponía tragos; otro ya estaba tarareando antes de sentarse. Y todos se dejaban llevar por esa corriente que no exige nada, solo compañía.

No había karaoke. No hacía falta. Las voces salían como salen las cosas que no se ensayan: un poco desafinadas, un poco rotas, pero verdaderas.  

Cantábamos porque la canción vivía ya en nosotros, porque había algo en Idilio o en Gitana que abría una puerta que ninguno quería cerrar. Tu pelo, tu pelo; tu cara, tu cara… aquello de solo me anima el deseo divino de hacerte mía, pero… y ese llamado a curar tu negro que llegó borracho de la bohemia.

Y siempre, en algún punto de la noche, aparecía esa voz que no era un pedido sino una forma de quedarse un poco más:  

—¡Volumen! ¡Póngalo otra vez!  

Y lo ponían.

El ron, la risa, la voz que se quiebra en coro, la mirada cómplice entre hermanos, entre amigos, entre amigo‑hermanos.  

Noches que no se apagaron: que siguen encendidas.  

Y cada vez que suena Willie, incluso ahora, el mundo vuelve a acomodarse en ese ritmo lento de 33 rpm, íntimo, donde todo sigue teniendo sentido.  

¿Recuerdos? No. Vida.


IV. Rito:

Eran lugares de culto, y dentro del culto los había de diferentes rituales. Se correspondían  con la gente y evolucionaban con la noche. Para la salsa pura El Timbalero o La Clave. Allí el sonido privilegiaba los tonos altos, y alguien complementaba los parlantes con un timbal en vivo. En otros primaban los bajos; unos eran aptos para escuchar; algunos para conversar o para el amor romántico de noviazgos juveniles.  O para el desorden.

El alcohol o el ambiente, imponían las canciones. Cada noche tenia su personalidad.

La música entonces había que buscarla; hoy se habla al aire y resuena de inmediato en los oídos.  

Se gozaba en grupo; hoy, en solitario.


V. Coda: 

Es un texto que transporta  a noches entre café y ron, el trombón cortando el aire como si supiera dónde dolía y dónde sanaba.  

Esas joyas donde Willie Colón se pone romántico‑flamenco, con ese swing que obliga. Canciones que se viven, se lloran, se gritan entre risas y tragos.

Esos bares, los mencionados y los que no, templos desaparecidos, eternos en la memoria de los que los pisaron. Lugares de rezo colectivo para que la noche no acabara. Manizales, su frescor, sus cuestas y sus tapujos.

Lugares donde el sonido rebotando en las paredes aceleraba el corazón. Lugares para sentir la vibración, para cerrar los ojos y dejar que el groove llevara sin prisa.

Todo volvió, ambiente, música y gente, años después, en Índigo, con artistas en vivo; pero se lo llevó la pandemia.

Una descarga de  Chocolate Armenteros. Chuck Mangione —ese flugelhorn meloso de Feels So Good y Los hijos de Sánchez— en Caballo Loco; o Bach y el jazz de Miles Davis en Juan Sebastián Bar donde fui a copisoliar cuando el tiempo y la vida apartaron. ¡Qué mezcla ecléctica, qué libertad!

Antes de Spotify y y las playlists infinitas no era extraño llevar el vinilo o el casete o el cd, convencer al DJ o al dueño, que media el tiempo y la oportunidad y si lo dejaba sonar era un evento. El grupo era el instrumento principal.  

Ahora el algoritmo pone lo que sabe que te gusta, sin la sorpresa del que llega y dice “pon esto, ya verás”. Sin coro, porque con quién, si cada uno es su celular con audífonos.   No hay suma sino individuos.



 

 


febrero 21, 2026

Relato: El observador silente


Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

En la sala de espera, el aire tenía la textura de los trámites: limpio, funcional, sin memoria. Entró al consultorio como quien pisa un escenario predecible, donde las únicas sorpresas vendrían de su propia mano. El psicólogo —parte inevitable del proceso— lo recibió con la cordialidad de los manuales, esa que ni molesta ni roza el alma.

Frente a él, una pantalla. Frente a la pantalla, un protocolo. Frente al protocolo, un hombre que desbordaba sus casillas.

—¿Piensa en la muerte? —preguntó con voz de semáforo en amarillo.

Con la calma de quien ha dialogado con la muerte sin prisas ni teatro, respondió que sí. Para él, es mobiliario de la vida, no un intruso. Matizó, leyendo entre líneas: una cosa es contemplarla, otra tomarla por salida. El psicólogo anotó algo, tal vez desconcertado ante una respuesta que oscilaba entre “riesgo” y “madurez”.

Siguieron las preguntas estándar, interrogatorio amable: ¿se sentía menospreciado? ¿Sobrevalorado? ¿Le costaba decidir? Las respuestas fluyeron claras, sin inflarse ni achicarse; solo reconocimiento. Decidir era como respirar: evaluaba el tiempo sin tragedias.

El psicólogo buscaba grietas y halló superficies pulidas. Sin saber qué hacer con ellas, las etiquetó “melancolía”.

Él esbozó una sonrisa. “La melancolía, le dijo, es un tono, no un abismo. Un color de fondo, no un diagnóstico”.

Pero el sistema ignora matices: solo enciende alarmas. Al final consultó la pantalla —no al hombre— y dictaminó con solemnidad burocrática:

—No se observan señales de depresión ni alteración mental.

Salió con la impresión de una lectura incompleta. El sistema había cumplido: nada roto. Pero tampoco había visto más allá.

Mucho antes de ese consultorio blanco, hubo otro. Con libros en los estantes y un analista de voz grave, como si cada palabra pidiera permiso para nacer.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

Respondió con una frase de Memorias de Adriano, sentencia sin drama: llega un momento en que, para todo hombre, la vida es una derrota aceptada.

El analista esperaba síntomas y topó con una verdad. Entonces, olvidando por un instante el diván y el manual, replicó con Cavafis: no hay que temer a cíclopes ni a lestrigones ni al fiero Poseidón, porque todos ellos —los monstruos, los peligros, los enemigos— no existen fuera de uno mismo.

Fue un relámpago. Dos bibliotecas que se reconocen. Dos hombres hablando desde el mismo suelo.

El analista creyó citar para consolar. El paciente captó otra cosa: que todo está dentro. Lo malo y lo bueno. Lo que amenaza y lo que sostiene. Lo que se derrumba y lo que perdura.

Pagó las sesiones, salió y sintió, con ternura, que había sido él quien sostuvo al otro.

El verdadero giro vino después, sin consultorios. Descubrió que muchos pensamientos, presentados como sólidos, son sombras insistentes. El budismo los llama “aflictivos”, no por su peso, sino por su tenacidad.

Aprendió un gesto mínimo: suprimir el “yo” por un microsegundo. En ese vacío, la narrativa se suspende como un péndulo en el aire. El personaje flotaba. Emergía otra presencia: silenciosa, estable, real.

Dos niveles: uno que habla, recuerda, se agita; otro que observa sin revuelo, sin confusiones, sin explicaciones. Ese segundo no tiene nombre, pero sí claridad. No ea refugio: es mirador.

Desde entonces, camina con la serenidad de quien sabe que no es lo que piensa ni siente, sino el que observa. No busca ser leído ni interpretado. No cabe en síntomas ni pronombres. Al evocar al psicólogo frente a la pantalla o al analista con menús prefabricados, siente respeto y certeza: hay vidas que desbordan los instrumentos clínicos. No hay vida interna y externa: hay una vida.

No es excepcional; intentan re_conocerse. Una materia que respira en silencio, en ese microsegundo donde el “yo” se detiene y surge lo siempre presente:

“Todo fuera dice del hombre que no es nada, pero todo dentro dice que lo es todo.”