El botín y el relato
Del cuento al filósofo de la plazuela
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Alí Babá llega a su casa con monedas de oro y su mujer le pregunta si se las robó. Él responde: “De verdad, no soy ladrón. Debieras más bien alegrarte de nuestra buena suerte…”. Buena suerte, dice, aunque en realidad les había robado a los ladrones. En su lógica, robarle a un ladrón no es robar. Alí Babá transmite la clave, y con ella la fortuna, y todos viven ricos y respetados en la misma ciudad donde antes él había sido pobre. Comparte con los suyos, al contrario del jefe de los ladrones, que acumulaba para sí y paga por ello.
El filósofo de la plazuela diría que, si el Estado roba a los ciudadanos —si, el Estado es, por definición, un expoliador— entonces quienes le roban están robando a un ladrón. “Ladrón que roba a ladrón, mil años de perdón”, sentencia. Y uno, al escucharlos, alcanza a decir: hummm…
Ese hummm… no es asentimiento ni rechazo: es la sensación de que la historia abre una grieta. Porque el cuento no es solo picardía: es la narración de cómo un hallazgo —legítimo o no— puede reorganizar una vida si encuentra el relato adecuado. Alí Babá vive de la transmisión: entra en un orden distinto, aprende su clave, la hereda, la vuelve destino. La ciudad lo acepta porque nada esencial se altera: solo cambia quién tiene la llave.
El hummm… persiste porque la pregunta no se queda en el cuento. Los españoles se llevaron el oro de América, sí, pero ese oro no era, en su mirada, un tesoro ajeno: era materia sin dueño verdadero, reliquia de bárbaros para quienes no tenía valor de intercambio, el hallazgo de lo que buscaban. Cuauhtémoc, con los pies en las brasas, les dijo sin palabras que no. Que sí era tesoro. Que sí tenía dueño. ¿Robaron? La respuesta no depende del objeto sino del relato y del lugar desde donde se pregunta. De poco les sirvió: el oro terminó inflando precios, vaciando oficios y empobreciendo a Castilla.
Entre la lucidez de la mujer que pregunta “¿de dónde salió esa plata…?” y la comodidad del filósofo de la plazuela, el mundo sigue en esa zona donde el botín cambia de nombre y la historia decide qué llama fortuna y qué llama robo. Y uno, después de todo eso, vuelve a decir: hummm…










