El aprendiz bajo la capa
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Y Shehrezada, viendo que iba a amanecer, dejó de contar.
No son tiempos de calma en mi interior. Estoy en ese punto en que uno debe tomar el camino hacia la meta… y encuentro, en mi cuaderno, una nota dejada no sé cuándo ni por qué: un bosquejo que ahora intento convertir en cuadro.
Soy un viejo aprendiz de filósofo, un déjà vu patético que pudo haber estado bajo la capa de Sócrates, sin los atributos relampagueantes de Alcibíades. Nada de banquetes ni conquistas; apenas la hipótesis de que, por ósmosis cutánea, algo del hijo de la partera —partero él mismo— se pegara. En Atenas él desnudaba almas con preguntas provocadoras, extrayendo verdades ajenas como Faetón partos, con esa mezcla de riesgo y desmesura. Yo, en mi ralentí improductivo, observo con desesperación lo sobre-revolucionada que anda la humanidad: todos a mil por hora, intentando llenar cada espacio y cada instante, como si el vacío fuera un pecado capital.
Mientras tanto, la vieja Tierra —esa "roca azul" tratada así con desprecio— viaja por el universo a 107.000 kilómetros por hora. Si se frenara, saldríamos disparados hacia la nada. Pero no hace falta que el planeta se detenga: basta que la separadora de amigos haga una visita. El desespero cunde al mismo tiempo que nada dura: todo cambia apenas cambiado. Y en ese punto todo se aleja de mí, y yo de todo.
Bajo esta pobre indumentaria, más villano que héroe, soy el bufón que absorbe por los poros, esperando que el daemon socrático susurre…, o eructe al menos, una idea decente. En tanto que recurso, soy usado y desechado. Así no hay forma de amar ni ser amado: se quiere, se adquiere, se usa y ya. Alcibíades, seductor fugaz, estuvo bajo esa capa sin obtener nada físico; Sócrates, fiel a su ignorancia elevada, sabía que sabía.
τέτλαθι δή, κραδίη “Aguanta, corazón”











