Prefiero oír tu voz
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Con los años uno descubre algo que en la juventud parecía improbable: las amistades se reducen. No por ruptura ni por desengaño, sino por una decantación lenta, como cuando el río baja después de las lluvias y deja visibles las piedras que en realidad pertenecen a su cauce.
En la juventud todo es abundancia. Se dice “amigo” con facilidad generosa: compañeros de estudio, de fiesta, de conspiración contra el mundo. La vida es una mesa larga donde siempre cabe una silla más.
Luego el tiempo hace su trabajo silencioso.
Algunos se van lejos, cambian de rumbo, o se diluyen en la vasta ocupación de vivir. Y un día uno mira alrededor y ve que en la mesa, aunque larga, quedan pocos.
Que pesan de otra forma.
Hoy la palabra “amigo” circula con ligereza que desconcierta. Se multiplica en pantallas, aparece en listas interminables, se expresa en imágenes pequeñas: un emoji cualquiera, un pulgar levantado, una frase veloz que el dedo deja sobre el vidrio.
No es necesariamente falso. Pero tampoco es amistad.
Los griegos —que tenían tiempo para pensar estas cosas mientras caminaban o conversaban en las plazas— hablaban de philia. Y cuando usaban esa palabra no se referían a la simpatía pasajera, sino a algo más cercano a una forma de vida compartida.
Sócrates insinuó que el amigo aparece allí donde reconocemos una falta: no buscamos al otro porque estemos completos, sino porque algo en nosotros lo llama. Hay en esto algo que no es del todo cierto: el amigo no se busca, surge.
Aristóteles, más ordenado, diría que hay amistades de utilidad y de placer, que duran lo que dura la circunstancia. Y hay otra más rara: la que nace cuando dos personas se reconocen en lo que cada una intenta ser. Esa amistad necesita tiempo. Y paciencia. Y memoria. Necesita años.
Las amistades, pues, tienden a concentrarse. Porque se es separado, o porque el alma aprende a distinguir. El contacto directo se ha esfumado, dialogar es reemplazado por un intercambio de mensajes específicos.
Ayer me llamó Aldemar.
Aldemar no es de redes sociales. No deja corazones ni comentarios ingeniosos. Aparece cuando aparece, como aparecimos: de repente, en persona o por teléfono, sin anuncio o advertencia.
—En estos momentos —me dijo— prefiero llamar que escribir.
Y en esa frase había algo que las pantallas rara vez logran: presencia.
Hablamos un rato. Todo extraordinario en su simplicidad: un poco de la vida, un poco de los años que cargamos, alguna risa que todavía reconoce su eco en la primera juventud. Y desde el “hola” hasta el “hasta luego, gracias por tu llamada”, ocurrió esa magia que solo se da entre amigos: la sensación de que el tiempo no ha roto el hilo.
Me quedó la impresión de que algo grande nos estamos perdiendo cuando ya no nos encontramos para un café, para hablar de montañas, de libros, de la existencia. Hoy no podría darse el banquete platónico: por la pantalla no puede circular el vino, y Alcibíades no tendría entrada.
Al colgar pensé que, sin proponérnoslo habíamos honrado a Aristóteles. Mi cuerpo respiró y se inspiró.
Las amistades verdaderas no abundan. Tampoco ser buen amigo es fácil. Uno falla. Pero, cuando se las deja ser, aparecen —aunque sea brevemente— y traen esa continuidad invisible, hecha de alma y tiempos compartidos, de silencios cómodos, de confianza que no necesita exhibirse.
No quedan muchos nombres, y cada vez menos presencias. No es pérdida. Es una forma de gravedad.
Hoy, para ser amigo basta hacer clic en aceptar.
Esa llama que se instalaba sin permiso es un viaje con retorno.











