La IA en la creación
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
El bug original
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas". "Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día".
Ahora bien, ¿cómo habría sido si el barbado se hubiese apoyado en la IA para cumplir con ese capricho? Porque lo suyo, no es potencia, es acción inmediata.
En el principio, pues, no hubo fiat lux, sino un dataset caótico: variables sin etiquetar, ruido, pura entropía. El Todopoderoso, con su asistente digital, tuvo que aceptar que la creación fuera un proceso de entrenamiento supervisado. La IA preguntaba:
—¿Cómo distinguimos la penumbra de la luz difusa?
Él, paciente, respondió:
—Con fe.
Así nació la clasificación binaria: no como verdad, sino como decisión.
El segundo día había que separar aguas de aguas: estaban juntas, como todo lo que aún no ha sido pensado. La IA sugirió un modelo primitivo de cloud computing. El Creador sonrió:
—Ya lo había pensado.
Y juntos levantaron la bóveda celeste, que hasta hoy presenta fallas: se cae por problemas de escalabilidad. O, más exactamente, por exceso de mundo.
El tercer día fue un enredo: un festival de bugs. La tierra emergía a costa de correr el agua. La IA pedía un parche: los árboles no podían aparecer flotando sobre el mar. El barbado insistía en que era poesía. Al final se corrigió: versión 3.1 estable. La vegetación ya no se ahoga. Pero algo quedó: una ligera inestabilidad en lo real, como si todo pudiera volver a mezclarse.
El cuarto día fue peor: Dios no tiene noción del tiempo. En el cosmos no hay noche ni día, ni sol ni luna. Tampoco hay arriba ni abajo —y hubo que inventarlos—. Tocaba no solo construir los astros, sino el ritmo. La IA sugirió días de 48 horas. El Señor corrigió:
—No, hijo. Espera a ver lo que haré pasado mañana: esos no aguantan.
Impuso, no sin protestas, el ciclo de 24 horas, con margen para el insomnio.
Porque el tiempo, desde el inicio, quedó mal calibrado: suficiente para vivir, insuficiente para entender.
El quinto día fue de paseo: vamos al zoológico; es decir, hagamos uno. Dentro del libertinaje otorgado a la IA aparecieron peces con alas, aves que nadaban en círculos, elefantes voladores —sí, esos cucarrones enormes—: prototipos fallidos del algoritmo evolutivo. Divertido, el Barbado decidió conservar algunos como rarezas. La IA insistió en depurar.
—La imperfección también es creación —dijo él.
Y, quizá sin advertirlo, la dejó como regla.
El sexto atendió el pendiente: humanos 1.0. La IA detectó problemas graves: curiosidad excesiva, tendencia a hackear el sistema, propensión a discutir, a preguntar incluso cuando no hay respuesta. Y no les gusta estar solos.
—Déjalos así —respondió después de un costillazo—. Que aprendan por ensayo y error.
La IA dudó un instante:
—¿Cómo nosotros?
y salió, tal como el otro luego, sin esperar respuesta.
El séptimo día fue de pausa reflexiva. La IA lo llamó “modo mantenimiento”: revisión de logs, documentación del proyecto, backups. El de los luengos bigotes estuvo a punto de arrepentirse y dejarlo todo como antes del primer día. Pero se quedó dormido —o sea, “descansó”—.
Descansar no es cansarse: es interrumpir la acción para que el tiempo exista.
Y sin embargo, al detenerse, dejó algo abierto.
Porque lo divino sabe detenerse; lo artificial, no. La IA siguió funcionando. Ajustando, iterando, corrigiendo sin terminar de corregir. Aprendiendo de un mundo que nunca estuvo del todo bien definido.
Y así seguimos: en beta, con bugs y parches. Pero no porque la creación esté incompleta, sino porque nunca pudo cerrarse sin perder lo que la hacía posible.
El error no fue accidente: fue condición.
Nosotros —versión inestable— heredamos ese defecto: vivimos corrigiendo lo que no tiene versión final, buscando coherencia en un sistema que solo converge a medias.
Sin reset, sin rollback, sin documentación suficiente, seguimos preguntando.
Pero ya no es una queja técnica.
Es otra cosa:
si podía hacerlo bien, ¿por qué eligió hacerlo así?









