Crónica de un viaje interespacial
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
El saludo no surge: hay que provocarlo. Se responde aunque a veces raspa como grieta en el muro del silencio. Las miradas se evitan. Los ojos, atados por un “no molestar” digital, se hunden en los teléfonos. Algunos los usan soltando molestos dramas domésticos o de trabajo. A un metro por segundo, el viaje es breve; las paradas, eternas.
La mente —cosa seria— decide en esas cajas de acero. Uno entra sin saber qué hará. Al abrirse la puerta, ya lo sabe: destellos provocados por el afán.
Subo en el piso menos dos, como cada mañana a las siete. En el primero, el vacío se llena de cuerpos que no alcanzan a ser personas: figurantes en una coreografía de calaveras. Entre ellos, dos traían un hilo de vida: un chisme que vibraba en el aire estancado. Iba a quedar inacabado por el piso de llegada.
Y ahí cometí la transgresión.
—Sigan, no importa —dije—. Esto vuelve y baja. No nos dejen con el cuento a medias.
Estallido de humanidad. Todos rieron. Los viajeros interespaciales recordaron que tenían piel; relajaron los brazos. Había suspendido la ley del tiempo para honrar el derecho al relato: acoger a otro en su narración completa.
—Tan gracioso ese señor y lo serio que es —dijeron al salir.
O sea que me habían visto muchas veces. Sabemos quiénes somos pero lo eludimos.
La historia en sí no se recordará pero quedará ese momento: algo más de un metro cúbico que pasó de celda a café en el aire, donde el ser se reveló en la risa compartida de un instante. “Me pasó algo divertido en el ascensor…”, contarán, como yo hago.
Viajeros en la eternidad de catorce pisos somos masa diluida en autocomplacencia, miedo y norma. No hay que ir a Próxima Centauri para un viaje largo: el espacio está en el encuentro que se evita.
Mañana, tan desconocidos como siempre, los rostros crispados, los dedos marcarán pisos con urgencia, los ojos encadenados al celular, las espaldas como horizonte.
Para no ir lejos, basta con no dejar que el cuento de otro quede a medias.
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