Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

junio 28, 2026

La palabra robada

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

En Colombia, la palabra izquierda empezó a desfigurarse mucho antes de que la guerrilla la contaminara. Lo más parecido a una izquierda se tuvo fugazmente en los años treinta con Alfonso López Pumarejo y su Revolución en Marcha. Después de ese intento la palabra quedó sin herederos. Y cuando alguien volvió a pronunciarla, ya no nombraba hospitales, universidades, pensiones dignas, sindicatos, estado de bienestar. Nombraba comunismo, fusiles, retenes, panfletos, secuestros. Nombraba miedo.

La guerrilla colombiana, en su larga y destructiva travesía, no solo produjo víctimas humanas incontables. Produjo también una víctima semántica: envenenó el vocabulario de media tradición política. Cuando las FARC reclamaban marxismo entre la extorsión y el secuestro, no estaban solo delinquiendo, estaban contaminando. Cada vez que la retórica de la lucha de clases se pronunciaba desde un campamento, algo se desprendía de esas palabras y no volvía a su lugar. Quedaban manchadas. Inutilizables para quienes las necesitaban limpias.

El resultado es una distorsión singular: Colombia es un país donde la sola mención de la redistribución, del gasto social, de la reforma agraria, activaba en amplios sectores de la población un reflejo de alarma. No un debate, sino un reflejo. Y los reflejos no argumentan: reaccionan. Eso convirtió a la derecha colombiana —muchas veces corrupta, muchas veces cómplice de violencias propias— en beneficiaria involuntaria de un daño que ella misma no había causado del todo. Le basta señalar con el dedo para que el miedo haga el resto del trabajo.

Habría que ir a Europa para ver lo que la izquierda puede ser cuando no se ha degradado. No la izquierda de hoy, que en muchos países ha perdido el rumbo entre identitarismos y gestos, sino la izquierda de mediados del siglo pasado: aquella que construyó los sistemas de salud universal en Inglaterra y en Escandinavia, que sentó las bases del Estado social en Alemania, que en España —después de cuarenta años de dictadura— encontró en Felipe González a un hombre capaz de modernizar un país sin destruirlo.

González merece un paréntesis. Cuando el PSOE llega al poder en 1982, España es todavía un país frágil, recién salida del franquismo, con tensiones militares latentes y una economía que necesitaba reformarse sin quebrarse. González no llegó con el lenguaje de la confrontación. Llegó con el de la gestión. Habló de modernización, de Europa, de instituciones. Habló, en el fondo, de que la izquierda podía gobernar sin que el mundo se acabara, y que gobernar bien era, en sí mismo, el mejor argumento ideológico.

Llevó a España a la Comunidad Europea, construyó infraestructura, amplió la educación pública y dejó un país reconociblemente distinto al que había recibido. Luego, como suele ocurrir con los gobiernos largos, vino el deterioro: los GAL, los escándalos de corrupción, la derrota de 1996. El poder lo alcanzó también a él. Pero hay un orden en esa historia que no es menor: González primero gobernó, y gobernó bien, y solo después cayó en las trampas que tiende el poder a quienes lo ejercen demasiado tiempo. Ese orden —competencia primero, debilidad después— es exactamente el orden que Petro invirtió.

Buen gobierno es lo que no hemos tenido. No porque seamos incapaces de producirlo, sino porque las condiciones históricas lo han impedido: la violencia que cargó de sospecha cualquier proyecto reformista; la ausencia de una izquierda urbana, democrática, con vocación institucional; y finalmente, cuando parecía que algo podía cambiar, el error de quien tuvo en sus manos la oportunidad de cambiar el relato.

Gustavo Petro llegó al poder en 2022 con una posibilidad que pocos políticos colombianos habían tenido: la de rectificar una distorsión histórica. Era el primer gobierno de izquierda en la historia del país, en un momento en que el mundo —y buena parte del electorado colombiano— estaba dispuesto a darle el beneficio de la duda. La pregunta no era si tenía razones para gobernar: las tenía. La pregunta era si tenía la vocación para hacerlo.

Esa vocación requería, ante todo, un gesto semántico. Requería demostrar, en los hechos y en el lenguaje, que esta izquierda era otra. Que no venía a ajustar cuentas sino a construir. Que el Estado no sería un instrumento de la confrontación sino del bienestar. Que los adversarios eran interlocutores posibles, no enemigos a vencer. Era una tarea difícil, porque implicaba renunciar a la épica que lo había alimentado durante décadas. Pero era la tarea.

Petro no la hizo porque, en el fondo, no quiso. Su proyecto no era restaurar la izquierda colombiana a una versión creíble de sí misma; su proyecto era Petro. Y esa diferencia, que puede parecer una cuestión de vanidad, resulta ser una cuestión de fondo.

Un líder que gobierna para una idea construye instituciones, busca aliados, acepta derrotas parciales si el camino general avanza. Un líder que gobierna para su imagen necesita el conflicto que lo hace visible, lo mantiene en el centro, le da razón de ser. Sin enemigo no hay héroe, y Petro necesitaba ser héroe antes que gobernante. Por eso su lenguaje fue siempre el de la denuncia y la amenaza antes que el de la propuesta y la ejecución. Por eso cada dificultad institucional se convirtió en evidencia de conspiración. Por eso la narrativa importó más que los resultados.

El costo no fue solo político. Fue, de nuevo, semántico. Petro no corrigió la distorsión que Colombia arrastraba sobre la izquierda: la profundizó. Confirmó, en la práctica, que un gobierno de izquierda aquí significa confrontación permanente, gestión errática, culto al líder. Los miedos que había que desactivar quedaron más activos que antes. El trabajo de rehabilitación de un vocabulario político no avanzó.

Y aquí entra la imagen que estos días nos regala el mundo: la remada conjunta de los noruegos en el campeonato mundial, miles respondiendo a una señal mínima, al mismo ritmo, en la misma dirección. Una coreografía humana que parece simple, pero exige disciplina, confianza, renuncia al ego, vocación de propósito común. Algo tan posible y tan imposible.

Esa escena funciona como contraste y como advertencia. Contraste, porque muestra lo que una comunidad puede lograr cuando la coordinación no nace del miedo sino de la convicción. Advertencia, porque recuerda que la armonía colectiva es frágil, que requiere un liderazgo que no se mire al espejo sino al horizonte.

Colombia, en cambio, ha remado durante décadas como un bote donde cada uno marca su propio compás, convencido de que su ritmo es el correcto. Y cuando por fin llegó un gobierno que podía intentar sincronizar el movimiento, eligió lo contrario: convertir el bote en escenario, no en embarcación; convertir el remo en micrófono, no en herramienta.

De las elecciones del domingo quedan los números, las lecturas, los análisis sobre qué votó Colombia y por qué. Pero los números no dicen que Colombia no rechazó una idea, sino una encarnación fallida de ella. Que la izquierda no perdió porque sus propuestas sean indefendibles, sino porque quien las representaba prefirió representarse a sí mismo.

La palabra robada sigue ahí, esperando. No la devolverán los discursos ni las épicas personales. La devolverá, si acaso, un día, un liderazgo capaz de hacer lo que hacen los remeros noruegos: escuchar una señal mínima, renunciar al protagonismo y remar —por fin— en la misma dirección.

Felipe González entendió que la izquierda solo podía sobrevivir si gobernaba bien. Aquí faltó entender lo mismo, y tener la suficiente modestia para poner la idea por encima del nombre. Mientras eso no ocurra, el problema no será de programas sino de personas. Y mientras siga siendo de personas, seguirá siendo también de palabras: de una izquierda que no logra recuperar su significado, en parte porque quienes dicen defenderla no han terminado de devolvérselo.





 

junio 26, 2026

Luis Fernando por Luis Fernando

 

Luis Fernando por Luis Fernando

Hay días en que el mundo se arrima demasiado. No es que llueva: es que las nubes lloran, y uno siente que esas lágrimas buscan un rostro donde caer. El aire se pega a la piel como si quisiera recordarte que también eres suyo. Y por un instante se deja de ser alguien para ser apenas un temblor, una respiración más de la tierra.

En esos días llegan también las pequeñas punzadas. Palabras torcidas, gestos que raspan, voces que te nombran sin conocerte. Duelen mucho, y cansan. Y entonces vuelvo a la tristeza, al silencio, como quien regresa a un cuarto donde al menos no lo miran. No porque quiera quedarme ahí, sino porque afuera todo roza demasiado.

Dicen que pienso de más. Puede ser. Pero pensar no es el problema. El problema es decirlo donde no cabe, donde aburre, donde se malentiende. Así que guardo lo mío hacia adentro, y hacia afuera dejo solo lo que encuentre quien quiera encontrarlo. Escribo no para hablarle al mundo, sino para hablarme. El otro, si llega, es testigo opcional.

Y aun así, cuando alguien querido me habla desde su propio derrumbe, algo en mí se abre. No para explicar nada, sino para acompañar. Porque hay momentos en que la fe se agrieta, la esperanza se vuelve un hilo delgado, y uno se siente dividido entre agradecer y reclamar. Y eso también es humano.

Quizá todo esto sea solo cansancio. O una sensibilidad sin abrigo. O la forma en que el alma se encoge cuando el mundo se mueve demasiado fuerte. No lo sé. Pero hoy me digo esto, en voz baja: no estoy roto. Solo estoy permeable. Y aunque duela, también es una manera de estar vivo.


 


junio 24, 2026

La barra de Noruega

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona 

Es una imagen que duele un poco por lo hermosa: esos noruegos remando como si fueran un solo cuerpo, una sola respiración, una sola voluntad. Miles respondiendo a una señal mínima, casi imperceptible, y sin embargo perfecta. Y uno piensa: qué fácil sería el mundo si la humanidad pudiera coordinarse así, si pudiéramos encontrar un ritmo común que no fuera impuesto por el miedo ni por la fuerza, sino por una convicción compartida.
Pero también está lo otro: lo posible y lo imposible a la vez. Porque esa sincronía requiere una disciplina feroz, una renuncia al ego, una confianza absoluta en el otro. Y nosotros, como especie, solemos fallar justo ahí: en la renuncia, en la confianza, en la capacidad de sostener un ritmo que no sea el propio.
Por eso esa escena conmueve: no es solo deporte, es una metáfora de lo que podríamos ser si dejáramos de empujar cada uno hacia su orilla. Es un recordatorio de que la armonía existe, que no es una utopía, que puede verse, medirse, escucharse. Pero también nos recuerda lo frágil que es, de lo improbable que resulta cuando se sale del agua y se vuelve a la vida real.
A veces pienso que la humanidad entera es como un bote gigante donde cada quien rema con su propio compás, convencido de que su ritmo es el correcto. Y de pronto aparece un equipo como ese, y por un instante uno cree que sí, que la coordinación es posible, que la belleza colectiva existe, que la dirección común no es un mito, que es posible, que se puede hacer.

 

 


 

junio 22, 2026

Crónica — La última vez - Elecciones Colombia

 

Crónica — La última vez

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Hoy, al votar, tuve la sensación de estar cerrando un ciclo que empezó hace medio siglo, cuando Colombia era distinta y era la misma. La primera vez fue en 1974: tenía 21 años, la mayoría de edad era un privilegio tardío, y el país aún caminaba con el aliento del Frente Nacional pegado a la nuca. En la lista aparecían tres apellidos heredados de un álbum familiar: López, Gómez, Rojas. De los hijos de presidentes a los hijos de nadie que quieren serlo, así ha sido nuestra política: un péndulo que oscila entre la herencia y la improvisación, entre el linaje y la ocurrencia.

 Recuerdo la tinta roja de entonces, espesa, ceremoniosa, indeleble por un rato. Era un rito: recibir la papeleta, hundir el dedo, salir con la marca como quien porta un sacramento civil. No recuerdo por quién voté —quizá por López, que resultó un petardo, como tantos otros después—, pero sí recuerdo la sensación ingenua de estar entrando en la vida adulta por la puerta grande de la democracia.

 Desde entonces, el país avanzó por inercia, como un animal herido que sigue caminando porque no sabe hacer otra cosa. La violencia nunca se fue: solo cambió de uniforme. Pasamos de la violencia política al terrorismo, y de este al narcotráfico; del miedo rural a las bombas en las ciudades; del asesinato indiscriminado al selectivo; del secuestro como industria al miedo como atmósfera.

Vi la entronización de la narcocultura, ese reinado sin corona que nos marcó la piel y el lenguaje. Viví el estremecimiento de una parte del país cuando mataron a Galán, disparos que aún dividen la memoria entre lo que pudo ser y lo que no nos dejaron. Vi cómo un presidente llegó al poder con el dinero de las drogas, un episodio que pesa sobre nuestra historia. Vi las espesas columnas negras saliendo del Palacio de Justicia. Vi apagones, constituyentes, treguas, rupturas y recaídas. Vi cómo la esperanza se inflamaba con promesas de paz y cómo se apagaba con la misma facilidad que una vela en un corredor ventoso.

 Hoy la tinta ya no es roja sino negra, digital, silenciosa. Una huella que no mancha, que no pesa, que no promete. Y al verla pensé —sin dramatismo, solo con la serenidad que da la edad— que esta había sido mi última vez. No por decepción, que esa es vieja compañera, sino porque dentro de cuatro años, si la estadística se cumple, quizá ya no esté para alimentar ilusiones sino vacas.

 Miré mi dedo un momento más. Ese dedo que ha marcado elecciones desde que era un muchacho con más pelo y menos dudas. Ese dedo que atravesó la Constitución de 1886, la de 1991, los años del miedo, los años del exceso y los años del cansancio.

 Le dije en silencio:

 “Fue tu última vez. No ha servido de mucho. Pero tú has sido un buen compañero.”

 Esta crónica no es sobre los candidatos ni sobre el país, sino sobre el hombre que envejecía mientras Colombia no: testigo persistente, votante disciplinado, ciudadano sin épica, fiel a un rito que quizá no cambió el rumbo de la historia, pero que sostuvo —a su manera, mínima y obstinada— una democracia.

 Patria que adoramos en el silencio mudo.



 

 


 

junio 21, 2026

Recto, no enderezado

Recto, no enderezado 

Luis Fernando Gutièrrez Cardona

Releo Libro VII, 12. de las Meditaciones de Marco Aurelio: “Derecho o enderezado.” Toda relectura es una mejor lectura. Avanzo, pero me devuelvo. ¿Qué quiere decir esa frase? Descubro que en realidad es “Recto, no enderezado”. Ese “o” desvía por completo. En principio pensé en el derecho jurídico, en normas que se ajustan cuando la realidad las desborda, en la flexibilidad de lo humano. Pero el griego original no deja dudas: ὀρθὸς, οὐκ ἀνορθούμενος; οὐκ, negación pura. No alternativa. No bifurcación. Solo esto: recto, no enderezado. El latín lo confirma: rectus, non erectus. Sin ambigüedad.

¿No es esa frase una negación de lo humano? Porque lo humano es torcerse, corregirse, pedir disculpas, volver a empezar. Lo humano es enderezarse.

La traducción defectuosa —ese “o” que nunca debió estar ahí— termina siendo simbólica. No me equivoqué al leerla: estaba mal. Y al encontrar la forma correcta, también la juzgué con injusticia, pues Marco Aurelio se lo escribe a sí mismo: su rectitud es aspiración, no descripción.

Leemos desde nuestras torceduras.

La frase puede sonar a exigencia absurda o a nostalgia. O a un recordatorio de que existe un punto interior donde uno no se traiciona. No es virtud ni disciplina: es una manera de no doblarse ante uno mismo.

¿Qué es lo recto? No en un sentido moral —eso sería demasiado estrecho— sino ontológico. ¿Qué forma tiene eso que uno traiciona cuando se dobla?

Para Marco Aurelio, lo recto es la razón compartida, el logos que atraviesa todas las cosas y al que el sabio procura no contradecir. Pero esa respuesta supone un orden dado, una arquitectura del mundo que uno habita o abandona.

¿Y cuándo empieza uno a torcerse? 

La pregunta presupone una línea recta anterior, pero la experiencia dice otra cosa. Lo humano viene así: mezcla de deseo y miedo, de lucidez y autoengaño. 

Tal vez por eso la frase de Marco Aurelio inquieta. No porque exija demasiado, sino porque parece hablarle a algo que reconocemos sin haberlo poseído nunca. Como si, aun torcidos, pudiéramos distinguir la línea recta cuando la vemos.

Quizá la rectitud no sea un estado ni un recuerdo. Quizá sea una dirección. 

Tiene razón Gesualdo Bufalino cuando dice: "No conozco voluptuosidad más punzante que leer, no ya un libro de principio a fin, sino, pescando al azar, aquí una página, allá un renglón, estando de pie ante las cascadas prodigiosas de una biblioteca."

*** 

Ayer mientras veía fútbol ojeaba Meditaciones, las notas del emperador Marco Aurelio. Así, al paso, solo por tener algo que hacer mientras un saque de manos sucede a otro y una patada a otra... Me encontré con algo que me hizo regresar. Una frase de tres palabras que investigué durante horas y de lo que salió este breve ensayo.



junio 18, 2026

Primero se acaba el helecho que el marrano

 

Primero se acaba el helecho que el marrano

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

El debate sobre los precios dinámicos se presenta como algo técnico: un algoritmo ajusta el precio según la demanda, la oferta es rígida, el mercado respira. Ese mecanismo aterriza en las boletas del Mundial. El precio no es un cálculo: se paga por mostrarse.

Desde Colombia nos decíamos: “vamos al Mundial, tenemos familia en USA”. Y la misma familia allá nos advirtió: “no vengan; es costoso, ni nosotros vamos a ir al estadio”. No por falta de dinero, sino por contención. Hay precios que no se pagan por dignidad. Cuando un sistema cobra lo que quiere, cuando quiere, la sensación es de abuso.

Para el negocio el precio dinámico es un mecanismo eficiente para asignar un recurso limitado. Pero el comprador común no piensa en escasez; piensa en coherencia. Si ayer una camisa costaba 200 y hoy vale 120, el que compra siente que, con ambos precios, lo están tumbando. Y cuando un tiquete sube 40% entre refrescar la página y sacar la tarjeta, se erosiona la confianza.

El algoritmo procesa clima, hora, historial, competencia, inventario. Cambia el precio como cambia el semáforo. El precio deja de ser una señal de valor —para el comprador, no para el vendedor— para convertirse en una de fuerza; el mercado deja de ser intercambio y se vuelve imposición.

Y está la resignación. La gente paga lo que le piden, porque “así es el mercado”. En Colombia lo resumimos con una frase: primero se acaba el helecho que el marrano. Esa docilidad es parte del modelo.

Por eso mejor no ir. No por imposibilidad, sino por no prestarse. Cuando Gianni Infantino, presidente de la FIFA, dice que si las boletas fueran más baratas alguien las compraría para revenderlas y quedarse con la diferencia, aprovecha la emoción y justifica la extracción. El precio no sube por escasez, sino por poder. Si usted no paga, otro pagará; y si nadie paga, igual ganan. El acaparamiento deja de ser delito para convertirse en modelo de negocio.

El precio dinámico queda, en últimas, legitimado por la gente. La especulación funciona.


*

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junio 16, 2026

La vuelta no concluye

 

La vuelta no concluye

El joven doctor terminó el examen y nos llamó. Dijo que había visto unas células que no estaban en orden. Bueno, no dijo exactamente eso: esa es mi versión.  Escuché sin sobresalto. Sin otro comentario le pregunté cuánto tarda el cometa Halley en dar la vuelta al sol. Se quedó mirándome. Sin saber qué hacer dijo que yo seguía un poco anestesiado. "No, le respondió mi acompañante, él es así, detrás de la pregunta hay algo”

Lo que estaba era: ¿y si ya di esa vuelta? 

Hice lo necesario. Quiten lo que estorbe. Nada más.  No tuve dudas. No tuve prisa. Seguí lo que me dijo el cuerpo. La idea estaba ahí, sin dramas.

He pensado que el barbado tiene su plan, y que si uno se pone a discutirle lo deja solo. Pasará lo mismo, más lejos y quizás peor.

Aquí sigo. Sin ruido. Sin explicaciones. Dejando que las cosas caigan donde tengan que caer. "The best thing one can do when it's raining is to let it rain."  —“Lo mejor que se puede hacer cuando llueve es dejar que llueva”— escribió, con razón, Henry Wadsworth Longfellow.  

 

©lfgc

 


 

junio 15, 2026

Papá

 

Lo que sea que eres, polvo en la pared de la iglesia del barrio.

O si estás sentado en una nubecilla leyendo El Quijote con dios al fondo.

O en el purgatorio aún, y no sería justo, espiando errores que alguno podrían atribuirte. 

—En el infierno no, fuiste un buen hombre— 

En dónde estés, papá, mi voz de re-conocimiento y gratitud. 

Tu presencia en mi no desaparece.


 


junio 13, 2026

Platero y yo

Crónica del pozo

Luis Fernando Gutiérrez Cardona 


El partido suena en el estudio sin imponerse. Apenas un murmullo pegado a las paredes. Yo abro el libro y algo cambia.


Leo el capítulo del pozo con una solemnidad que no me explico. Lo suponía conocido pero no lo era. Era nuevo, fresco, casi recién escrito. Y todo se vuelve una escena de mi patio: el árbol inclinado, la flor azul que crece para quien la mira, el olor húmedo que aparece después de la lluvia.


—Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.”


El pozo no es de mi tierra. Aquí el agua baja por las montañas, corre, se escapa, no se deja encerrar. Ese hueco donde el agua espera —y donde una golondrina hace su nido porque ahí encuentra sombra y frescura— es una imagen prestada.


Como un telescopio al revés: miro hacia abajo y aparece el cielo. Donde hay niños hay una edad de oro, dice el poeta, y uno es niño siempre, aunque lo esconda entre las llaves y el celular.


Reconozco en ese pozo un territorio mío: la mezcla de curiosidad y respeto, el impulso de asomarse sin caer, la certeza de que lo profundo no está abajo, sino adentro.


Me incliné sobre las hojas del libro como quien mira un charco en la calle para ver si todavía refleja el cielo después del aguacero. Como quien vuelve a un lugar que no sabía que extrañaba.


Y mientras el fútbol seguía yo estaba en otra parte: en ese borde donde la vida es simple, donde una flor azul le da sentido a todo, donde una frase escrita hace cien años recuerda que las estrellas siguen ahí, al alcance.


Un rato después sentí morir a Platero. Aún lo siento. 

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Platero y yo, ese libro pequeño que leí en la primera juventud, o que creí haber leído, pasará a habitar mi mesa de noche.









junio 10, 2026

Día de las madres

los gutiérrez

 

Día de madres 2026


En mi tiempo de hijo —cuando la vida parecía más ordenada— la madre tenía un lugar preciso. Criaba, sostenía, dirigía el hogar. No se hablaba de roles ni de empoderamientos; se hablaba de deber. Llevaba la casa con una mezcla de disciplina y ternura que hoy cuesta nombrar sin caer en la nostalgia. El padre era el proveedor y la autoridad. Ese reparto, tan rígido como evidente, daba una sensación de equilibrio que era más apariencia que verdad.

 

La vida cambió. Casi de golpe, con ruido y de manera irreversible. Mi madre, ya en sus cincuenta y tantos, cuando el menor de sus hijos apenas salía de la adolescencia, decidió —o tuvo que— salir al mundo laboral. No para realizarse, sino porque había que sacar estos muchachos adelante. Y lo hizo. En ella se vio el tránsito entre dos mundos: la madre en su papel, y en otro sin pedir permiso. Todo al tiempo. Y sin que nadie le quitara peso a la carga original. Sin redistribución.

 

El feminismo, con sus conquistas y sus tensiones, movió las placas tectónicas. La figura del padre quedó en patriarcado opresor y rechazable; la de la madre, como creadora de vidas, se hizo cuestionable. Simone de Beauvoir dijo ya en 1972: "Ahora creo que la familia debe ser abolida.".

 

Y aquí viene la parte que cuesta decir sin incomodidad: el hombre perdió su valor simbólico y real. Cargamos un machismo ancestral que con la mejor voluntad y los códigos de su tiempo alimentaron en la mesa y en la crianza. Entre lo que fuimos y lo que no sabemos ser, algunos quedamos remanente estorboso, informe, que no termina de aceptar que no es el centro. Hay que enterarse, desaprender, asumir la revisión y encontrar un lugar donde estar sin pedir perdón por existir. Eso cuesta.

 

La mujer de hoy —hermanas, hijas, parejas— vive tres vidas simultáneas. Cría y educa. Trabaja y sostiene. Dirige y emprende. E intenta no perderse a sí misma en medio de todo. Lo hace bien. Es objeto de veneración ya no por su supuesta fragilidad, sino por la capacidad de multiplicarse sin romperse.

 

Las mujeres sostuvieron el pasado y el futuro. Lejos de suprimir la dependencia, la han acentuado: madre y mujer, mujer y madre; abuela que aporta, centro afectivo de familia que se expande y ramifica sin perder su eje.

 

Aprendí de mi madre que la fortaleza no está en imponerse, sino en persistir. Y que el amor no se decreta: se construye en la intimidad de la casa, en la manera como nos miramos, como nos reconocemos —o sea como nos volvemos a conocer— y como damos lugar unos a otros. El único camino es el amor.

 

Detrás sobrevive la escena que guardamos: la mano tibia que nos despertaba, el olor del desayuno que anunciaba que el mundo estaba en orden, la voz que sabía cuándo hablar, cuándo callar, cuándo imponer silencio. Ese refugio que no se vuelve a encontrar en ninguna parte.

 

Seguimos por ello buscando a la mamá con la debilidad de hijos. Porque en el fondo queremos enredarnos un momento en su delantal, que ya no existe. Y porque, aunque la vida haya cambiado, el amor que les tenemos sigue siendo el mismo: inmenso, torpe e injustamente silencioso.

***


Y bueno… dicen que uno debe cambiar. Pero viendo cómo nos juntamos —sin jerarquías, sin permisos— yo diría que mejor no nos movamos mucho. No vaya a ser que se rompa el vidrio.

 

Día de las madres, junio de 2026


   ©lfgc




 

 

junio 09, 2026

Momentos

 


 

Hay momentos en que  las defensas ceden un poco. Y dejan salir algo que se tuvo guardado en el corazón. Una expresión que una vez liberada adquiere su verdadero valor: ese que no era tanto.

 

Lo peor es eso: no era tanto.

 

La página después se queda en blanco.


*

 

junio 05, 2026

El subjuntivo del poder


La tiranía del “puede ser” —el subjuntivo en el poder

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

Vivimos bajo la tiranía del “puede ser”. El subjuntivo gobierna; la realidad espera turno. Rusia invadió Ucrania “para evitar” que la OTAN tocara su puerta; resultado: la OTAN hoy le hace frontera gracias a Finlandia y Suecia, dos países que hasta ayer practicaban el arte de no meterse. Saddam Hussein fue colgado por armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. El delito fue no tenerlas. Se actúa sobre fantasmas, no sobre hechos.

La mecánica es sencilla y cruel: una hipótesis se presenta como amenaza real y la carga de la prueba se invierte. Ya no hay que demostrar que algo hará daño; hay que demostrar que no lo hará. Tarea absurda, porque el futuro es el cómplice perfecto del alarmista: indeterminado, resistente a pruebas y con talento para sorprender. Nadie puede probar la ausencia de un daño que aún no existe; por eso el “por si acaso” es la coartada jurídica y ética ideal. A veces pienso en esa idea zen —“las cosas tienden a arreglarse solas”—, pero aquí suena a lujo: el ruido del “podría pasar” no deja que nada se acomode.

El que lanza el “puede ser” juega con ventaja: una cara grave, una cámara y minutos en pantalla bastan. El que lo refuta necesita hechos, contexto, paciencia y tiempo: recursos que se gastan a precio de oro. Cuando por fin concluye, el propagador ya sembró tres nuevas conjeturas. Brandolini lo dijo con la serenidad resignada del que ya entendió el juego: refutar una estupidez cuesta mucho más que inventarla. En esa asimetría reside el negocio.

Cipolla distinguió al ingenuo, al malvado y al estúpido; su mapa queda corto. Antes la estupidez era un fallo individual; hoy es una industria. El ingenuo es materia prima; el malvado, productor de relatos; el estúpido, método de poder. Con micrófono, algoritmo y audiencia, la estupidez deja de ser comportamiento: se organiza, se amplifica y se monetiza.

No es exclusivo de la guerra. Un sistema electoral puede funcionar décadas y bastará una insinuación sin pruebas para que medio país dude de todo. Una persona sana puede terminar sometida a la tiranía de exámenes y sospechas, consumida por el cuento de prevenir una posibilidad remota. Llevada hasta su extremo, la lógica es brutal: lo coherente sería no nacer; al menos así nos ahorramos la sorpresa de morir.

El autor del “puede ser” no es ingenuo: es calculador. No es el loco; el loco es la víctima que no enloquece con la historia que le siembran. Produce hipótesis en serie, baratas y de alta rentabilidad: dispara conjeturas y observa cómo los demás queman tiempo, reputación y recursos intentando cerrarlas.

La táctica es simple y eficiente: sembrar una duda que no necesita prueba y dejar que la sociedad, por prudencia o pereza intelectual, haga el resto. Así gobiernan los dueños del subjuntivo: no quienes controlan la realidad, sino quienes controlan el relato.

La pregunta sigue siendo la misma: ¿cuántas veces actuaste por un “podría pasar” que nunca pasó? No fue prudencia: fue diseño. Alguien contaba con eso.



 


junio 03, 2026

Nocturno de adioses


 

 Nocturno


Quisiera encontrarte de nuevo en mi camino. Ayer estabas, pero ya no eras tú: te habías vuelto una piedra más. Un objeto quieto, con tu forma y con tu nombre, que removí con pesar porque al hacerlo regresaron la presencia, los momentos, tu manera de ocupar el mundo.

Se fueron piedra y nombre. 

Sin presencia, en unos días no recordaré qué lugar ocupaban en mí.

 

***

Poemilla 


Muevo la piedra 
que estaba en el camino. 
Tu nombre iba en ella.

 

©lfgc


 

junio 01, 2026

Nosotros

 

Lo que queda de lo nuestro son brasas dispersas: siguen tibias, aunque nadie se acerque a soplarlas. Resisten por cortesía o terquedad. Cada uno anda ocupado custodiando las propias con la devoción moderna por llegar apenas a uno mismo.

No es la distancia. La distancia nunca pudo con nosotros. Es el silencio. Ese que no es olvido, pero lo imita bien. Ese que habla sin palabras, que se instala como si siempre hubiera vivido aquí. Uno finge entender, para no incomodar: la vida pesa, la voz se encoge, la voluntad se vuelve tímida. Llamamos madurez a la ausencia.

Y está lo propio: el silencio en el que me escondo esperando que me llamen, como si fuera cosa ajena y no la artesanía que uno va tallando a diario. Reclamo compañía mientras cierro la puerta por dentro, y me concedo la comodidad de no anotarlo. Qué hábil es declararse abandonado después de levantar el puente.

Toda amistad —vieja, nueva, rota o remendada— necesita un gesto: un “aquí sigo”, un soplo capaz de avivar la brasa. Llamamos amistad a la persistencia de una huella que se niega a borrarse, incluso cuando hacemos poco por merecerla.

Lo que no se nombra se apaga. Extrañamos lo mismo que dejamos morir en voz baja. Como si el afecto pudiera sobrevivir a punta de intención.

Si no aparece es porque no quiere, es el argumento que sustenta toda contención.




mayo 29, 2026

¿Qué es pensarte?

 

 ¿Qué es pensarte?

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

[Uno escribe para entenderse, pero termina revelando a quién estaba mirando por dentro.]

 

Frecuentemente, a la pregunta ¿qué has hecho?, uno responde —o le responden—: pensarte. La frase suele llegar sola, sin explicación. No viene seguida de un porque escuché esta canción, ni de un porque pasé por aquel lugar, ni siquiera de un y me pregunté cómo estarías. Se pronuncia y se deja ahí. Dos respiraciones después ya se olvidó.

A veces, y no me siento del todo bien por ello, completo en voz alta o en silencio: “¿Qué he hecho para merecerlo?” Aunque sospecho que no pregunto por el mérito sino por otra cosa: ¿qué parte mía habitó ese pensamiento?

Hoy una música —de esas que son sonido y evocación— me lleva a preguntarme, luego de pensarte: ¿qué es pensarte?

Porque pensarte no es recordar. Recordar es registrar; pensar es habitar. Decir pensarte es una confesión.

Es como lanzar una piedra al vacío. No se sabe dónde caerá. Puede tocar el agua y abrir ondas. Puede rodar por la ladera haciendo ruido. Puede estrellarse contra otra piedra y hacerse polvo. El pensamiento sale de uno, pero su destino no le pertenece.

Pensarte era sencillo. Bastaba una ausencia, una carta, una fotografía guardada entre páginas. Hoy pensarte puede ser ver tu imagen retocada en alguna red y pasarla con el dedo. Un gesto: aparecer, deslizar, desaparecer.

Pensarte es hoy sospechoso y peligroso. Como están las cosas, acaso delito. Violación de la intimidad. Acoso. Apropiación indebida de una presencia.

No mire a los extraños, reza un cartel en el metro o en un parque. Pero extraños son todos.

El otro se ha vuelto territorio cercado. Mirar demasiado incomoda. Pensar demasiado inquieta. Acercarse requiere permisos expresos. El mundo pide distancia mientras multiplica las vitrinas.

Entonces, ¿qué queda de pensarte?

Tal vez siga siendo llevarte como conversación interna. Preguntarse qué diría, cómo miraría, si sonreiría. Hacerle un lugar cuando no está. Seguir construyéndolo.

La música ayuda a entenderlo. No trae archivos; abre habitaciones. A veces uno escucha y no vuelve a una persona: vuelve a la versión de sí mismo que existía junto a ella.

Entonces la pregunta cambia. Tal vez no sea ¿qué es pensarte? Si no: ¿quién soy cuando te pienso?

Al pensarte, el que aparece es uno mismo. O el extraño que mira a otro extraño.



 

mayo 28, 2026

Reconstituyente en vez de Constituyente

 

Reconstituyente en vez de Constituyente: desmontar lo que no sirve 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Cada cierto tiempo, Colombia vuelve a hablar de una constituyente. Cuando el sistema se siente sin salida, propone reformar. Pero el problema no está en la Constitución. Está en una estructura que lleva cuatro siglos acumulando capas: la Colonia dejó el centralismo y la burocracia como forma de control; la República temprana los heredó sin cuestionarlos; el siglo XX los multiplicó. Lo que hoy llamamos Estado es, en buena parte, sedimento histórico.

Ese sedimento tiene nombre. Contraloría, Procuraduría, personerías municipales, contralorías territoriales: organismos que nacieron en distintos momentos para resolver problemas de su época y que hoy se retroalimentan entre sí sin producir resultados. Un Estado que se vigila porque no aprendió a corregirse. La corrupción no disminuyó con cada nueva capa de control. Creció con ella.

El país real avanza como puede. Los ciudadanos enfrentan trámites lentos, decisiones centralizadas, controles que no controlan. La justicia entró al juego del poder y perdió distancia. El Estado detecta fallas, pero no las repara.

Por eso es más útil hablar de una reconstituyente. En la medicina del siglo pasado, reconstituyente era el producto que le devolvía al organismo su vigor, sus condiciones normales —la emulsión de Scott, el hierro, el tónico. No un trasplante: una recuperación. Aplicado al Estado: retirar lo que no funciona, simplificar lo que quedó por inercia, fortalecer lo que sirve.

El contraste con otros modelos es ilustrativo. En Suecia o Noruega, el control disciplinario es judicial, no burocrático. No existe una Procuraduría. La transparencia es estructural: cualquier ciudadano accede a documentos públicos sin obstáculos. Una oficina técnica pequeña revisa el gasto. Hay datos abiertos y responsabilidad clara. Colombia, en cambio, multiplicó organismos. Oficinas para vigilar oficinas. El resultado no fue menos corrupción sino más opacidad distribuida.

El régimen territorial repite la misma falla. Los departamentos —figura heredada del orden colonial— no cumplen una función clara. Los municipios dependen del Sistema General de Participaciones y no tienen autonomía fiscal ni capacidad real de planeación. En los países nórdicos, los municipios deciden, recaudan y ejecutan. Aquí, administran lo que reciben. Bogotá concentra decisiones, recursos e instituciones. Pero el país es diverso, con dinámicas regionales propias que el centralismo aplana en lugar de reconocer.

Una reconstituyente debería empezar por ahí: redistribuir poder, no solo funciones. Revisar la organización territorial. Definir qué nivel de gobierno decide qué, con qué recursos y ante quién responde.

La inteligencia artificial añade una posibilidad concreta: auditorías automáticas, trazabilidad del gasto en tiempo real, alertas tempranas, análisis de patrones. Tecnología para reducir tiempos, costos y opacidad. Pero requiere datos abiertos, infraestructura y reglas. Sin rediseño institucional previo, la tecnología solo automatiza el desorden.

Una reconstituyente no sería un gesto simbólico ni una asamblea de refundación. Sería un ejercicio de orden histórico: revisar lo que existe, identificar qué quedó en pie por costumbre y qué por necesidad, eliminar lo que sobra, fortalecer lo que funciona, construir un Estado legible con controles que produzcan resultados y municipios con capacidad real.

Cuatro siglos de acumulación no se desmonta con otra Constitución. Se desmonta con voluntad de simplificar. Con menos capas. Más claridad. Más responsabilidad directa. Más decisiones cerca de la gente.

En el desorden, todos medran. Eso también es herencia.

 


 

 


 

mayo 25, 2026

Si importa

 

Si importa 

 

Alguien cercano me pregunta si el diario local publicó hoy algo mío. Digo que sí. Me responde: “Ah, no lo vi…” Y luego: “¿escribes para que le importe a alguno?”

La frase me cae en el pecho como una piedra bien lanzada. No duele por su tamaño, sino por su puntería.

Escribir para el periódico local —o para mí mismo— no es un acto de vanidad. Tampoco es un gesto heroico, aunque exige algo de valentía: implica mostrarse. Es, más bien, una forma de conversación. Uno escribe porque algo pide ser dicho, aunque nadie lo haya pedido.

No escribo para que “le importe a alguien”, pero tampoco escribo para que no importe. Si algo no tuviera valor para mi, no lo exhibiría. Escribo porque la vida necesita voces que la piensen: voces que no griten, pero que nombren. Cada texto que propongo es una manera de decir: esto nos pasa.

Quien hizo la pregunta lo sabe. Quizá solo hablaba desde esa costumbre nuestra de restar valor a lo cercano.

Que no le importe está bien. Pero decírmelo, sabiendo cuánto me importa, ya es otra cosa.

 


* * * 

mayo 24, 2026

Lo que está sin estar

Lo que está sin estar — Eärendel: una duda luminosa


Luis Fernando Gutiérrez Cardona


Eärendel es, o se cree que es, una estrella nacida en los comienzos del mundo visible; una luz que nos llega desde cuando el universo aprendía a ser. Dicen que está a 12.900 millones de años luz, y que el universo tiene 13.800 millones de años. Las cifras se rozan, como si quisieran darse la mano, pero no llegan. Y uno, desde la vereda, piensa: eso no cuadra. ¿No será que la edad del universo es mayor de lo que dicen? ¿O que la distancia no es distancia? ¿O que entendemos mal? ¿O todo junto?

Porque un año luz no es un año, pero suena a año. Y la “edad del universo” suena a cumpleaños, pero no es cumpleaños. Medimos con palabras que no fueron hechas para un universo que no cabe en ellas. Es medir el mar con un dedal; solo que eso hasta podría ser posible. Lo otro no.

Y está ese Bang del que salió todo, que tampoco fue un Bang, ni salió de la nada, ni explotó hacia afuera porque no había afuera. Pero lo contamos así porque necesitamos un cuento que nos acomode. El universo se formó, dicen. ¿Formado de qué? ¿Por quién? ¿Por qué? Factores coincidentes de generación espontánea, si uno quiere ponerse generoso.

Pero espere: la nada tampoco era nada. La física cuántica —la ciencia de lo muy pequeño y de lo muy extraño— dice que el vacío fluctúa. Que de la nada brotan partículas brevísimas, que aparecen y desaparecen antes de que nadie las vea del todo. El vacío es productivo. La nada hace cosas. Esto no es metáfora: es lo que miden. Y si la nada hace cosas, entonces la nada no existe, y si la nada no existe, la pregunta sobre el origen se cae por su propio peso y queda dando vueltas en el aire, que tampoco es aire.

Si lo microscópico ya actúa de maneras inesperadas, quizá haya también un nivel más profundo que explique el despliegue visible. David Bohm llegó más lejos, o más adentro. Propuso que lo que llamamos realidad —partículas, estrellas, nosotros— es apenas el orden explícito: el despliegue visible de algo más profundo que él llamó orden implicado, enrollado, que no se ve pero sostiene todo lo que se ve. Como si el universo fuera la superficie de un lago y hubiera algo debajo que no es agua. Eärendel, entonces, no sería solo una estrella lejana sino una arruga en ese despliegue, un instante del orden implicado haciéndose visible por un momento —doce mil millones de años— antes de volver a enrollarse. Nosotros, lo mismo.

Y si uno sigue tirando del hilo, aparece una sospecha que no es nueva pero tampoco se deja domesticar: la de que no solo pensamos, sino que también somos pensados. No como consuelo ni como orgullo —si algo nos piensa, sabe más que nosotros y no necesita explicarnos nada.

De niño me encerraba en un cuarto con un agujero pequeño en la pared. Por ahí entraba el sol, y también las sombras de lo que pasaba en la calle. Si era la sombra de una persona, discurría completa por la línea que la luz dejaba en el suelo. Uno veía pasar a alguien sin verlo. Lo tenía entero —su forma, su paso, su momento— sin que él supiera que existía en ese cuarto, en esa franja, en ese instante.

Quizá la conciencia funciona así. No produce la luz: la deja pasar. Y en esa franja estrecha aparece, por un momento, la forma de algo que viene de afuera y sigue de largo. Pensar no sería fabricar sino recibir. No una propiedad privada sino un pliegue momentáneo: un remolino en el río, una arruga en la tela, una sombra que discurre completa y desaparece.

Ahí la ciencia se pone prudente y dice que todo esto es cierto “en el marco cosmológico actual”. O sea: creemos esto… por ahora. Mañana vemos. Es honesto. El problema no es la prudencia científica sino su ausencia histórica. Giordano Bruno lo supo: lo quemaron porque su pensamiento no cabía en el marco aceptado. Y los que lo quemaron tenían razón… dentro de su razón. Cambian los siglos, cambian los telescopios, pero no cambia la facilidad con que los hombres convierten sus certezas en hogueras. Ellas siguen encendidas. Mientras buscan la pared del universo, fabrican bombas para destruirlo.

Si se quiere ver adónde lleva el modelo cuando se lleva hasta el límite, está el agujero negro: el lugar donde la física se divide por cero y admite que no sabe. La materia cae, el tiempo se dobla, la luz no escapa, las ecuaciones colapsan. Es el borde del mapa, donde los cartógrafos antiguos escribían hic sunt dracones. Solo que ahora los dragones tienen nombre, masa, y algunos tienen galaxias girando alrededor. El modelo llega hasta ahí y se detiene. Lo que hay del otro lado —si hay otro lado, si hay lado— no lo dice nadie.

En medio de todo, uno mira —a través de algo que dice reconocer su infrarrojo— la luz de Eärendel y piensa: si esa luz salió hace casi toda la vida del universo y todavía viaja, ¿qué tan presentes estamos nosotros? ¿Qué tanto de lo que vemos es pasado? ¿Qué tanto de lo que somos es retraso? Quizá existimos como luz viajera: llegamos tarde a nosotros mismos. Somos un presente que no termina de alcanzarse.

Por eso la pregunta no es dónde está Eärendel. La pregunta es qué tanto lleva, esta energía que somos, de estar aquí. Puesto que esa estrella puede estar sin estar, lo demás también. Incluso nosotros. Especialmente nosotros.

¿Eärendel existe? A veces.


mayo 22, 2026

Sobrevivir

 


Cada día es un acto de sobrevivencia. Lo sé cuando contesto la pregunta de siempre —¿cómo amaneces?— y la respuesta pesa más que la pregunta. Esta madrugada repasé el cuaderno en busca de Fernando González, el filósofo de Envigado,  diciéndome lo que Pelón Palillo le dijo a él:

"Hay que sobreponerse o nos joden. ¡Qué bella frase! Ponerse sobre sí mismo, sobre sus pasiones y debilidades, sobre pobreza y enfermedad, sobre sucesos, cosas y hombres. ¿Cuál la esencia del heroísmo sino ese verbo reflejo: sobreponerse? ¿A quién buscan las gentes y los éxitos, sino al sobrepuesto? Puedes no tener cualidades aparentes, puedes ser nadie, pero puedes sobreponerte y, cuando lo hagas, lo tendrás todo, que también en ti sopló Jehová."

No hay nada que agregar. Solo ponerse encima del día.


*** 

mayo 21, 2026

Eärendel - Lo que vemos es el rastro no la cosa.

 

Eärendel es, o se cree que es, una estrella nacida en los comienzos del mundo visible; una luz que nos llega desde la infancia del universo. Ese Bang de la nada del que salió todo que tampoco surgió de ahí, sino que se formó. Dicen que está a 12.900 millones de años luz, el objeto observado más lejano hasta ahora, y que el universo tiene 13.800 millones de años: cifras que parecen tocarse y, sin embargo, no se alcanzan. Reiteremos la obviedad: un año luz no es un año tiempo, sino la distancia que recorre la luz en un año. El tiempo sirve para medir el espacio, y el espacio para recordar el tiempo. Así traducimos lo inconmensurable a un idioma que apenas alcanza.

La ciencia, con prudencia, habla de tener probadas esas cosas "en un marco cosmológico actual", y con eso admite que no hay verdad cerrada, sino un modelo provisorio, útil mientras resiste. También hubo otros tiempos en que se creyó tener razón completa. Giordano Bruno lo supo: lo quemaron porque su pensamiento no respondía al modelo aceptado, visto lo cual los que encendieron la fogata hasta razón tenían. Por el marco teórico de su actualidad, digo. El problema no ha sido entender el cielo, sino el modo en que los hombres usan sus certezas. Mientras buscan la pared del universo, fabrican bombas —para qué y contra qué, es otra pregunta que nadie termina de hacerse.

De ahí que, si uno quisiera llevar la duda hasta el borde, podría pensar que somos apenas luz viajera. Y entonces la pregunta ya no sería qué tan lejos está Eärendel, sino a qué distancia estamos de nosotros mismos. Si es que estamos.


*** 


mayo 18, 2026

Sendas




Sendas 
Luis Fernando Gutiérrez Cardona




Vació sus redes hasta el hueso. No fue difícil: nunca estuvieron llenas. No ofreció piel, chismes, ni morbo; en vez de besos, versos. Y, en aquel mercado de ruido, eso no cotiza.

Los que quedaron no fue por imprescindibles. Quedaron por una razón opaca, como lo que no se decide si guardar o tirar. No por ellos: por él, para reconocerse vínculo o sombra.

Sus poemas mínimos, sus frases como anzuelos, sus provocaciones limpias. Que nadie respondió. Nadie miró. Nadie hizo el gesto más simple: un eco.

Al otro lado no hay lamento. El algoritmo resta uno en cada cuenta.

Si te fuiste es porque jamás hablaste.

Epílogo

Campana que cae en el aire vacío: clic que se pierde.

 


 


mayo 17, 2026

El botín y el relato

 

El botín y el relato
Del cuento al filósofo de la plazuela


Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Alí Babá llega a su casa con monedas de oro y su mujer le pregunta si se las robó. Él responde: “De verdad, no soy ladrón. Debieras más bien alegrarte de nuestra buena suerte…”. Buena suerte, dice, aunque en realidad les había robado a los ladrones. En su lógica, robarle a un ladrón no es robar. Alí Babá transmite la clave, y con ella la fortuna, y todos viven ricos y respetados en la misma ciudad donde antes él había sido pobre. Comparte con los suyos, al contrario del jefe de los ladrones, que acumulaba para sí y paga por ello.

El filósofo de la plazuela diría que, si el Estado roba a los ciudadanos —si, el Estado es, por definición, un expoliador— entonces quienes le roban están robando a un ladrón. “Ladrón que roba a ladrón, mil años de perdón”, sentencia. Y uno, al escucharlos, alcanza a decir: hummm…

Ese hummm… no es asentimiento ni rechazo: es la sensación de que la historia abre una grieta. Porque el cuento no es solo picardía: es la narración de cómo un hallazgo —legítimo o no— puede reorganizar una vida si encuentra el relato adecuado. Alí Babá vive de la transmisión: entra en un orden distinto, aprende su clave, la hereda, la vuelve destino. La ciudad lo acepta porque nada esencial se altera: solo cambia quién tiene la llave.

El hummm… persiste porque la pregunta no se queda en el cuento. Los españoles se llevaron el oro de América, sí, pero ese oro no era, en su mirada, un tesoro ajeno: era materia sin dueño verdadero, reliquia de bárbaros para quienes no tenía valor de intercambio,  el hallazgo de lo que buscaban. Cuauhtémoc, con los pies en las brasas, les dijo sin palabras que no. Que sí era tesoro. Que sí tenía dueño. ¿Robaron? La respuesta no depende del objeto sino del relato y del lugar desde donde se pregunta. De poco les sirvió: el oro terminó inflando precios, vaciando oficios y empobreciendo a Castilla.

Entre la lucidez de la mujer que pregunta “¿de dónde salió esa plata…?” y la comodidad del filósofo de la plazuela, el mundo sigue en esa zona donde el botín cambia de nombre y la historia decide qué llama fortuna y qué llama robo. Y uno, después de todo eso, vuelve a decir: hummm…



 


 

Desasosiego


 

Desasosiego

 

Un día llegaré minutos después de las seis, y ese retraso mínimo será recordado por décadas. Un día, siendo de noche, me verán de día, convencidos. Un día interrogarán mis ojos apagados con los suyos, y alimentarán una sospecha que sembrarán en mis cenizas. Un día no estaré, en definitiva, pero preguntarán en dónde estoy. Un día será mi noche eterna. Y seguirán inquiriendo hasta que algo —por fin— se rompan.


©lfg-c 

mayo 15, 2026

Relato de un paso


Crónica del Palogrande

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

La última vez en el Palogrande fue en 1994, cuando lo reinauguraron. Fui con doña Ángela y con mi madre, que, de blanco como correspondía, no quería perderse el llamado histórico momento. Ayer volví con Felipe. No fue otro comienzo. No me gustó. El edificio es primario, las sillas estrechas, el ruido persistente nada tiene que ver —o sí, no se—. El ambiente es tenso. Ocupar los asientos comprados provocó la reacción agresiva de quien se había explayado sobre ellos. “No me toque”, reclamó, lo cual es imposible cuando los asientos, todos, son talla S y ya la sobrepasamos. También él.

Hubo algunas remembranzas silenciosas de cuando Carlos, el hermano mayor, me llevaba a sol central. Digo “me llevaba” porque carezco de pasión por el fútbol. Saludé al pasar a amigos, buenos aficionados, ellos sí.

El señor del lado mascullaba madrazos. La redundancia común —árbitro hp— campeaba. Le pregunté si venía con frecuencia. “Siempre”, dijo. Le señalé al jugador que tenía la pelota y le pregunté cómo se llamaba. “No sé”, respondió.

El fútbol de estadio es un lugar donde la presencia pesa más que el juego. La lección de la noche fue comprobar que los escenarios del escapismo se justifican por la frustración latente. El asistente es un sufrido seguidor, y es seguidor porque es sufrido. “Perdimos como siempre, pero te sigo amando”, canta la barra.