Día de todos los santos, día de difuntos
Navarro y el Palacio
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Entre los libros que he leído sobre la toma y la retoma del Palacio de Justicia, incluidos los informes que se propusieron esclarecer la verdad, ninguno terminó de convencerme. No es un problema de encontrar una verdad oculta ni de escoger entre versiones enfrentadas. Los hechos ocurrieron. Lo que me cuesta aceptar es que, después de tantos años, sigamos intentando explicarlos sin terminar de reconocer lo esencial.
El M-19 se tomó el Palacio. Fue un error, lo reconoció Antonio Navarro Wolff, y no dudó en pedir perdón. Hay valor en ese gesto. Pero en su voluntad de reconciliación había algo que me producía desazón: al pedir perdón, también lo otorgaba. Y al hacerlo, parecía poner en un mismo plano la muerte de los magistrados y las de Álvaro Fayad y Carlos Pizarro.
No es lo mismo.
Quienes entraron al Palacio dispuestos a tomarlo podían suponer que se jugaban la vida. Quienes estaban allí, entre ellos una magistrada a quien conocí, eran inocentes de lo que les ocurriría: morir destrozados a balazos o incinerados a fuego limpio, que no es, en este caso, una redundancia.
No todas las vidas valen lo mismo. No porque la muerte otorgue o quite valor, sino porque nuestras decisiones, nuestros actos y nuestra relación con los demás también cuentan. No es lo mismo arriesgar la vida para imponer una voluntad mediante las armas que perderla por encontrarse en el lugar donde otros decidieron hacerlo. Y no es lo mismo pedir perdón por una responsabilidad propia que concederlo en nombre de quienes padecieron las consecuencias.
Pedir perdón por los actos de una organización es reconocer una responsabilidad. Otorgarlo, en cambio, es un acto que pertenece a quien ha sufrido el agravio. No a quien lo ha causado.
La toma y la retoma del Palacio fueron jornadas en las que la vida humana quedó sometida a la lógica de las armas. Entraron matando y salieron muertos. De un lado y del otro, los hechos se precipitaron, desplazando cualquier asomo de humanidad. Pero constatarlo no significa confundir las responsabilidades ni aceptar que la tragedia de unos compense la de otros.
Quizá por eso nunca encontré en los libros una respuesta suficiente. No porque faltaran explicaciones, sino porque explicar no siempre significa comprender, y comprender tampoco significa justificar. La verdad histórica exige algo más que reconstruir los acontecimientos: exige resistirse a la tentación de acomodarlos a nuestras convicciones, incluso cuando esas convicciones se expresan en nombre de la paz.
Navarro Wolff tuvo el mérito de reconocer el error y pedir perdón. Su contribución a la reconciliación merece ser considerada. Pero su gesto no resuelve por sí solo las preguntas que deja el Palacio de Justicia. La reconciliación no debería exigirnos renunciar a las diferencias que la historia nos obliga a reconocer. Al contrario: solo es posible cuando podemos nombrar las responsabilidades sin convertirlas en una contabilidad de agravios y muertos.
El Día de Todos los Santos es seguido por el Día de los Difuntos. La proximidad de las fechas invita a una distinción que no es menor: recordar a los muertos no es santificarlos. Podemos honrar su memoria, reconocer el dolor de sus familias y lamentar todas las vidas perdidas sin convertir la muerte en una absolución.
Porque el perdón no cambia los hechos. La reconciliación tampoco. Quizá la mayor dificultad consista en aprender a convivir con el pasado sin falsearlo: reconocer la humanidad de todos los muertos sin igualar las responsabilidades y buscar la paz sin exigirle a la verdad que haga concesiones.















