Cinco movimientos para Willie
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
I. Preludio:
Willie Colón nació el 28 de abril de 1950 en Nueva York, pero fue criado en Puerto Rico por su abuela y su tía, quienes lo nutrieron de música tradicional puertorriqueña y de otros ritmos como el son cubano y el tango. El trombón lo reclamó.
Willie Colón iluminó muchas noches de mi bohemia responsable y de mi bohemia doméstica. Bares, tenidas a su son. Tardes, noches y amaneceres que no se olvidan, sino que se reviven.
II. Nocturno:
Aquellas noches en que el mundo se recogía, como si quisiera escuchar mejor. Noches en que el bar era un refugio donde los cubalibres sudaban despacio los vasos y la música hacía de lámpara.
Tardes que se estiraban hasta la madrugada en Caballo Loco, en Chaffer o en alguno de esos antros del centro hoy inexistentes. Yo qué sé: Domo, Kien, El Aquelarre, La Tuna, El Timbalero, La Galería o La prenderia. incluso El Caracol Rojo y otros de mejor o peor calaña cuyos nombres se atropellan en mi mente pero no revelo para no revelarme.
O en aquellas casas, la de Carlos Alberto, en el barrio Estrella, o la de Camilo, en el barrio San Jorge, estratósferas apartadas de todo estrato, hoy puntos de referencia.
Willie Colón entraba por los parlantes, y se sentía que conocía partes tuyas que ni tú mismo nombrabas.
III. Coral:
Los hermanos, los amigos, llegaban con esa alegría que no se explica, que se reconoce. Uno ponía tragos en la mesa; otro ya estaba tarareando antes de sentarse. Y todos se dejaban llevar por esa corriente que no exige nada, solo compañía.
No había karaoke. No hacía falta. Las voces salían como salen las cosas que no se ensayan: un poco desafinadas, un poco rotas, pero verdaderas.
Cantábamos porque la canción ya vivía en nosotros, porque había algo en Idilio o en Gitana que abría una puerta que ninguno quería cerrar. Tu pelo, tu pelo; tu cara, tu cara… aquello de solo me anima el deseo divino de hacerte mía, pero… y ese llamado a curar tu negro que llegó borracho de la bohemia.
Y siempre, en algún punto de la noche, aparecía esa frase que no era un pedido sino una forma de quedarse un poco más:
—¡Volumen! ¡Póngalo otra vez!
Y lo ponían.
El ron, la risa, la voz que se quiebra en coro, la mirada cómplice entre hermanos, entre amigos, entre amigo‑hermanos.
Noches que no se apagaron: que siguen encendidas.
Y cada vez que suena Willie, incluso ahora, el mundo vuelve a acomodarse en ese ritmo lento de 33 rpm, íntimo, donde todo sigue teniendo sentido.
¿Recuerdos? No. Vida.
IV. Rito:
Eran lugares de culto, y dentro del culto los había de diferentes rituales. Se correspondían con la gente y evolucionaban con la noche. Para la salsa pura estaba El Timbalero. Allí el sonido privilegiaba los tonos altos, y alguien complementaba los parlantes con un timbal en vivo. En otros primaban los bajos; unos eran aptos para escuchar; algunos para conversar o para el amor romántico de noviazgos juveniles. O para el desorden.
El alcohol, el ambiente, iba imponiendo las canciones. Cada noche tenia una personalidad.
La música entonces había que buscarla; hoy se habla al aire y resuena de inmediato en los oídos.
Se gozaba en grupo; hoy, en solitario.
V. Coda:
Es un texto que transporta a noches entre cigarrillo y ron, el trombón cortando el aire como si supiera dónde dolía y dónde sanaba.
Esas joyas donde Colón se pone romántico‑flamenco, con ese swing que obliga. Canciones que se viven, se lloran, se gritan entre risas y tragos.
Esos bares, los mencionados y los que no, templos desaparecidos, eternos en la memoria de los que los pisaron. Lugares de rezo colectivo para que la noche no acabara. Manizales, su frescor, sus cuestas y sus tapujos.
Lugares donde el sonido rebotando en las paredes, aceleraba el corazón. Lugares para sentir la vibración, para cerrar los ojos y dejar que el groove llevara sin prisa. Todo volvió, ambiente, música y gente, años después, en Índigo, con artistas en vivo, pero se lo llevó la pandemia.
Una descarga de Chocolate Armenteros. Chuck Mangione —ese flugelhorn meloso de Feels So Good y Los hijos de Sánchez— en Caballo Loco; o Bach y el jazz de Miles Davis en Juan Sebastián Bar donde fui a copisoliar cuando el tiempo y la vida apartaron. ¡Qué mezcla ecléctica, qué libertad!
Antes de Spotify y y las playlists infinitas no era extraño llevar el vinilo o el casete, convencer al DJ o al dueño, que media el tiempo y la oportunidad y si lo dejaba sonar era un evento. El grupo era el instrumento principal.
Ahora el algoritmo pone lo que sabe que te gusta, sin la sorpresa del que llega y dice “pon esto, ya verás”. Sin coro porque con quién si cada uno es su celular, con audífonos o en stories. No hay suma sino individuos.






