Luis Fernando Gutiérrez Cardona
En la sala de espera, el aire tenía la textura de los trámites: limpio, funcional, sin memoria. Entró al consultorio como quien pisa un escenario predecible, donde las únicas sorpresas vendrían de su propia mano. El psicólogo —parte inevitable del proceso— lo recibió con la cordialidad de los manuales, esa que ni molesta ni roza el alma.
Frente a él, una pantalla. Frente a la pantalla, un protocolo. Frente al protocolo, un hombre que desbordaba sus casillas.
—¿Piensa en la muerte? —preguntó con voz de semáforo en amarillo.
Con la calma de quien ha dialogado con la muerte sin prisas ni teatro, respondió que sí. Para él, es mobiliario de la vida, no un intruso. Matizó, leyendo entre líneas: una cosa es contemplarla, otra tomarla por salida. El psicólogo anotó algo, tal vez desconcertado ante una respuesta que oscilaba entre “riesgo” y “madurez”.
Siguieron las preguntas estándar, interrogatorio amable: ¿se sentía menospreciado? ¿Sobrevalorado? ¿Le costaba decidir? Las respuestas fluyeron claras, sin inflarse ni achicarse; solo reconocimiento. Decidir era como respirar: evaluaba el tiempo sin tragedias.
El psicólogo buscaba grietas y halló superficies pulidas. Sin saber qué hacer con ellas, las etiquetó “melancolía”.
Él esbozó una sonrisa. “La melancolía, le dijo, es un tono, no un abismo. Un color de fondo, no un diagnóstico”.
Pero el sistema ignora matices: solo enciende alarmas. Al final consultó la pantalla —no al hombre— y dictaminó con solemnidad burocrática:
—No se observan señales de depresión ni alteración mental.
Salió con la impresión de una lectura incompleta. El sistema había cumplido: nada roto. Pero tampoco había visto más allá.
Mucho antes de ese consultorio blanco, hubo otro. Con libros en los estantes y un analista de voz grave, como si cada palabra pidiera permiso para nacer.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
Respondió con una frase de Memorias de Adriano, sentencia sin drama: llega un momento en que, para todo hombre, la vida es una derrota aceptada.
El analista esperaba síntomas y topó con una verdad. Entonces, olvidando por un instante el diván y el manual, replicó con Cavafis: no hay que temer a cíclopes ni a lestrigones ni al fiero Poseidón, porque todos ellos —los monstruos, los peligros, los enemigos— no existen fuera de uno mismo.
Fue un relámpago. Dos bibliotecas que se reconocen. Dos hombres hablando desde el mismo suelo.
El analista creyó citar para consolar. El paciente captó otra cosa: que todo está dentro. Lo malo y lo bueno. Lo que amenaza y lo que sostiene. Lo que se derrumba y lo que perdura.
Pagó las sesiones, salió y sintió, con ternura, que había sido él quien sostuvo al otro.
El verdadero giro vino después, sin consultorios. Descubrió que muchos pensamientos, presentados como sólidos, son sombras insistentes. El budismo los llama “aflictivos”, no por su peso, sino por su tenacidad.
Aprendió un gesto mínimo: suprimir el “yo” por un microsegundo. En ese vacío, la narrativa se suspende como un péndulo en el aire. El personaje flotaba. Emergía otra presencia: silenciosa, estable, real.
Dos niveles: uno que habla, recuerda, se agita; otro que observa sin revuelo, sin confusiones, sin explicaciones. Ese segundo no tiene nombre, pero sí claridad. No ea refugio: es mirador.
Desde entonces, camina con la serenidad de quien sabe que no es lo que piensa ni siente, sino el que observa. No busca ser leído ni interpretado. No cabe en síntomas ni pronombres. Al evocar al psicólogo frente a la pantalla o al analista con menús prefabricados, siente respeto y certeza: hay vidas que desbordan los instrumentos clínicos. No hay vida interna y externa: hay una vida.
No es excepcional; intentan re_conocerse. Una materia que respira en silencio, en ese microsegundo donde el “yo” se detiene y surge lo siempre presente:
“Todo fuera dice del hombre que no es nada, pero todo dentro dice que lo es todo.”

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