Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

febrero 11, 2026

El show del Super Bowl

 

Contra la comodidad del estereotipo: una nota breve sobre memoria y representación – 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona (et al, en la provocación)

No es extraño que un espectáculo masivo recurra a imágenes fáciles: colores, gestos reconocibles, clichés que el público identifica sin esfuerzo. Lo preocupante no es el folclor en sí, sino la reducción. Cuando un conjunto de personas aparece mostrado en un show que se vuelve manifiesto, a través de los estereotipos de una supuesta cultura— el campesino pintoresco, el trabajador manual, el vendedor ambulante, el ruido, la fiesta, la exotización permanente— estamos ante una simplificación que empobrece. Del color local al gueto el camino es breve. Y esto no lo estructuró el artista: Apple Music lo pensó hasta el exceso.

Los estereotipos no son inofensivos: cumplen una función. Organizan la mirada del otro. No describen: clasifican. No muestran: reducen. Esa reducción, repetida, moldea la percepción tanto del observado como del observador. Lo que empieza como caricatura se hace juicio.

La historia es clara. Antes de cada episodio de violencia colectiva hubo un periodo de deshumanización simbólica.  Antes de la Noche de San Bartolomé, décadas de demonización religiosa. Antes de la Noche de los Cristales Rotos, años de propaganda convirtió a los judíos en figuras grotescas, sospechosas, ajenas. Científicos, filósofos, juristas, académicos, militares —la sociedad entera— cayó en la trampa del estereotipo y se sostuvo, sin escrúpulos, en él. Para que se pueda tratar a un grupo humano como prescindible o procesable, ese grupo tuvo que ser vaciado de su complejidad intelectual en el imaginario colectivo. No se trata de equiparar hechos —cada uno tiene su contexto, su gravedad, su singularidad— sino de reconocer un patrón: la violencia nunca empieza con la violencia. Empieza con la risa fácil, la burla, la caricatura, la idea de que el otro es menos: menos digno, menos humano.

Por eso verse reducidos a postal folclórica en un escenario global incomoda. No porque el folclor sea indigno, sino porque no puede ser la única forma de existir o de ser mostrado. Cuando un grupo de seres humanos aparece siempre como ruido, color y exceso, se refuerza la idea de que no pertenece a los espacios de ciencia, pensamiento, modernidad o contradicción. Esa idea, aunque parezca trivial, tiene consecuencias: legitima exclusiones, normaliza desigualdades, justifica políticas de exclusión.

No es cuestión de “viejos” contra “jóvenes”. La edad no define la lucidez. Lo que la define es la memoria: la capacidad de reconocer que las imágenes que consumimos hoy pueden convertirse en las narrativas que justifican acciones mañana. Señalarlo no es exagerar; es ejercer responsabilidad con la historia.

No se trata de censurar la alegría. La representación pública debería reflejar la complejidad de la persona. Al aceptar el estereotipo como espejo, dejamos de vernos a nosotros mismos y empezamos a ver lo que otros han decidido que somos.

De aquí pa’bajo, el platanal.
La gente no es lo que parece.

 

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