Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

febrero 09, 2026

Del desencuentro a la desolación

 

Del desencuentro a la desolación

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona 

 

Nos encontramos sin habernos buscado,
Nos perdimos sin habernos perdido.
—Álvaro de Campos

 

Habrá olvidado lo que yo no. La memoria nunca es simétrica, y a veces uno queda habitando un episodio que para el otro se disolvió sin dejar rastro. Lo que vuelve esta noche no es la herida, sino el encuentro que nunca ocurrió y que uno deseó lo suficiente como para que dejara huella. Reclamamos vida, reclamamos presencia, y cuando asoma —torpe, imperfecta, inoportuna— la despachamos con un manotazo. Nada más humano que eso.

Me dio por recordar que se molestó conmigo por un mensaje mal leído o mal escrito. Estábamos, como ahora, a no menos de doscientos kilómetros de distancia. Y reaccionó como si hubiera recibido un golpe físico. Algo imposible: un brazo mide, con suerte, un metro. La distancia era irrefutable; hubo un exceso en la defensa. También me sentí agredido, porque nada en mí dijo —y mucho menos hizo— algo inapropiado. Era solo un mensaje -todos ellos son un juego de abalorios- una provocación, una frase que cayó mal en el espacio entre dos pantallas y originó un portazo. 

Así somos: incapaces de tocarnos, pero expertos en golpearnos.

Leo sus textos. Una vez creí verlo almorzando en un centro comercial de mi ciudad. A lo mejor nunca ha estado aquí, como yo no he estado allá, donde sea que “allá” sea. Pero hay encuentros por deseo. No deseo romántico ni afectivo, sino ese deseo más hondo: el de tener un interlocutor capaz de abrir un pliegue en la propia vida. Reconocido en un texto, en una frase, en un trazo, el encuentro ocurre sin ocurrir; se instala, acompaña. Uno cree verlo en una mesa cualquiera, aunque no haya pisado la ciudad. La mirada lo convoca. El deseo hace su trabajo y la ironía también: uno desea el encuentro, pero cuando amenaza con volverse real, algo asusta y lo mata antes de que ocurra.

Y en ese territorio —el de los mensajes que viajan sin cuerpo— hay riesgos. La historia está llena de episodios en los que una carta, una nota o una frase mal interpretada se hicieron fuegos reales. Mensajeros ejecutados por traer malas noticias; ultimátums torpes que precipitaron guerras; el telegrama Zimmermann alterando el rumbo del siglo; cartas que terminaron en duelo. Detonan lo que nadie imaginó. Siempre ha sido así: la distancia que protege, a veces amplifica. 

La palabra, cuando cae mal, golpea. Y cuando cae bien, asusta. Aunque haya en medio el doble: cuatrocientos kilómetros de aire y montaña.

Al leer esos textos —mezcla de humanidad, trazo y destino— pienso que habría sido hermoso cruzar mensajes sin miedo. Para aprehender. Para dejar que ocurra el encuentro aunque solo sea de luces y de voces. Porque es artista, cosa que no soy. O no del mismo modo. Y porque uno desea, aunque no sepa sostener.

Por eso, “antes de que la maleza retorne a su lugar”, como dice, digo esto a modo de constancia.



 


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