La promesa rota: del ‘nosotros’ lunar al ‘yo’ marcianoLuis Fernando Gutiérrez CardonaEn 1961, John F. Kennedy pronunció uno de los discursos más recordados del siglo XX. Allí prometió que Estados Unidos enviaría un ser humano a la Luna y lo traería de regreso. El regreso no era un detalle técnico: era el corazón de la promesa. La hazaña no consistía en llegar, sino en completar el ciclo. Ir, tocar, regresar, contar. La humanidad sería protagonista de un futuro compartido. En 1969, cuando Armstrong pronunció “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”, el nosotros implícito sonaba con sinceridad. Éramos testigos de nuestra capacidad.Más de medio siglo después, el lenguaje ha cambiado. La NASA enviará personas a la Luna en Artemis II, pero la épica del “fuimos” se ha evaporado. Se habla de “volver” como quien vuelve al supermercado: un trámite técnico, un ensayo general, una escala. La Luna, que fue destino, ahora es infraestructura —un banco de pruebas para lo que, sin saberse por qué, importa: Marte.El relato ya no es colectivo. El proyecto Apolo, aunque geopolítico, vestía el ropaje del progreso humano. Hoy el avance espacial se narra en clave corporativa y personal. Artemis es, ante todo, una reafirmación de hegemonía tecnológica. Y surge el millonario que reemplaza a la humanidad y pone su nombre al sueño. Ya no es “la humanidad va a Marte”, si no “yo conquistaré a Marte”, Muskland. La gloria, el legado, la visión (y los negocios) se concentran en él. El nosotros se fragmenta en intereses de estado y ambición privadas. Los conquistadores de antaño iban en los buques. ¿Este lo hará?Y hay algo más profundo que el lenguaje delata: el verbo “regresar” desaparece. Porque traer a alguien de vuelta desde Marte es, hoy, un problema a resolver.Las razones son concretas: No existe en Marte la infraestructura para un despegue de retorno. Ni rampas, ni cohetes, producir combustible allí es un sueño de ingeniería. La masa para el viaje de ida y vuelta hace inviable llevarlo todo desde aquí. La radiación cósmica de años acumula daños irreversibles en el cuerpo humano. Las ventanas de lanzamiento se abren cada 26 meses; un fallo, una tormenta de polvo, y la espera se alarga años, consumiendo recursos y esperanza.Por eso, en los documentos y declaraciones, “regresar” se usa en condicional o se omite. Se habla de “ir”, de “explorar”, de “establecer presencia”, de “colonizar”. Marte se plantea no como un destino del que se vuelve, sino como un lugar al que se llega para quedarse. No habrá que quemar las naves. Esta omisión revela un cambio tectónico en el imaginario. El proyecto no es una demostración, sino un escape.He ahí el absurdo: se moviliza el ingenio para huir de un planeta vivo -el único conocido- que ese mismo ingenio —en su versión depredadora— está matando. Se fantasea con terraformar Marte, un proceso que exigiría siglos y energía descomunal, mientras declaran inviable detener la deforestación o la acidificación de los océanos terrestres en décadas. Se anuncia la colonización de un mundo muerto —sin aire, sin agua líquida accesible, con suelo tóxico— como refugio de el mundo vivo que asfixian. Es la lógica de quien en vez de reparar su barco, se lanza a nadar hacia una isla árida y lejana.El “gran paso para la humanidad” no es de todos, es la aventura (o la huida) de unos pocos. Al resto nos hacen espectadores agradecidos, clientes de la narrativa, o población residual de la devastación que ven cercana.La promesa de completar el ciclo —ir, tocar, regresar— se ha convertido en ruptura. La Luna hecha rutina; Marte, un salto sin red. El sueño espacial deja de ser territorio de nuestro potencial, para convertirse en solución de ansiedades: el miedo al colapso, la desconfianza en soluciones colectivas, la mercantilización de la esperanza y el triunfo del narcisismo.La meta no puede ser huir de la Tierra. Es decidir si recuperamos, aquí y ahora, la capacidad de pensar y actuar como humanidad que miró hacia las estrellas sin renunciar al hogar que le da la vida.El silencio alrededor del verbo “volver” no es un vacío técnico. Es el eco de una renuncia. Y de un abandono.

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