El aire de la mañana entraba primero. Se colaba por las rendijas de las tablas que hacían de pared, frío pero amable, con el olor a tierra húmeda que tienen las montañas en el alba. En la cocina, el tinto de olla hablaba al unísono con el ladrido de los perros y el canto de los gallos. Desde la iglesia, en la plaza, dieron primero, luego segundo, y al final dejar, ese toque que decía que la misa de seis iba a empezar. El olor a panela, a café, a arepa haciéndose despacio, se mezclaba con el verdor que se tomaba la ventana.
Mi madre daba órdenes. Sonreía como si el amanecer le perteneciera. Una sonrisa que el día transformaba, sí, pero nunca hasta hacerse dura. Sabía que, antes de que la tribu de diez se desparramara, había unos segundos de paz que eran suyos: la taza caliente entre las manos, el aire frío, el rumor de árboles.
La casa respiraba con nosotros. El corredor se llenaba de pasos menudos, de voces aún somnolientas, de murmullo familiar que no necesitaba palabras.
Y ahora, cuando recuerdo sus últimas horas, esa frase suya —“hablé con Dios y le dije que no quiero irme todavía”— suena hermosa. No le pesó lo vivido. Suena a quien quería quedarse en el hogar, cocina tibia, en el corredor lleno de hijos, en la gratitud de haber vivido y dado vida.
Aire temprano.Mi madre en el pasilloguarda el mundo.

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