Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.
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julio 24, 2026

Crónica de un resultado

 

Crónica de un resultado

Domingo 19 de julio. MetLife Stadium. Un zurdazo de Ferran Torres al minuto 106 separó dos maneras de perder.

España ganó 1-0. El relato deportivo es simple: un gol, una copa que cambia de manos. Lo que siguió exige una mirada.

Los argentinos —campeones defensores hasta ese instante— respondieron a golpes, como quien intenta borrar la derrota. Mientras España recibía el trofeo, la Albiceleste dio la espalda. Sin aplausos, mirando hacia los suyos, ignorando el resto del estadio. Hubo empujones: Paredes contra jugadores españoles; Molina contra Rodri en pleno festejo rival.

The Telegraph lo resumió con crueldad: el triunfo del fútbol sobre la agresividad. España ofreció el pasillo —ese gesto antiguo de reconocer al vencido— y la respuesta fue negar la escena.

Aquí entra la psicología social: el narcisismo colectivo. No es soberbia; es fragilidad. Una identidad que exige confirmación externa para sostenerse. Con títulos e himnos, el narcisismo se confunde con orgullo. Cuando el reconocimiento se interrumpe, surgen la tristeza y la hostilidad. El grupo no pregunta «¿qué hicimos mal?», sino «¿quién nos hizo esto?»: el árbitro, el rival, la prensa o el ritual que exige aplaudir al vencedor.

Dar la espalda al podio no es solo un mal gesto: es proteger el relato interno. Sustituir la derrota por otra imagen: «nosotros, mirando a los nuestros».

Fue el reflejo de una identidad construida como «nosotros contra el mundo», eficaz para ganar y torpe para perder. La hinchada acompañó el impulso; algunos argentinos también dieron la espalda. Un gesto que revela cómo las narrativas de pertenencia —las que inventan fronteras imaginarias— saltan del vestuario a la tribuna. Basta un resultado adverso para que el relato se active: «somos así».

 


 


 

julio 06, 2026

 

Exactitud y poder: la tiranía del milímetro, la ley del embudo


Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Cuando Davinson Sánchez cabeceó al fondo de la red en el minuto 90 contra Portugal, el estadio celebró. El VAR tardó un instante en desmentirlo: unos milímetros de fuera de lugar, invisibles a simple vista, bastaron para borrar el gol. El partido terminó 0-0. Quedó sin responder una pregunta —la que la máquina no está hecha para hacerse—: ¿alteraban esos milímetros el equilibrio del juego?

La figura del juez ha sido históricamente un misterio: alguien llamado a decidir en un espacio donde la verdad no es solo un dato, sino una proporción. Para Platón, la justicia es la virtud que armoniza lo disperso: en el alma, que cada parte cumpla su función; en la ciudad, que cada oficio actúe sin desmesura. La justicia es armonía, no cálculo.

Por eso el juez, en esa tradición, no aplica mecánicamente la ley: encarna su sentido. No se limita a medir; discierne. No solo detecta; pondera. No reproduce un dato: decide su relevancia.

En la filosofía jurídica norteamericana esta intuición reaparece bajo otra forma. Oliver Wendell Holmes habló de una premisa inarticulada: una verdad que no está escrita en ninguna parte, pero que el juez debe encontrar en cada caso. No es una regla ni un algoritmo, sino una conciencia de justicia que guía la decisión cuando la letra de la ley resulta insuficiente. Es la parte de la razón que reconoce la armonía antes de que la norma la formule. El juez justo no es quien sigue la regla a ciegas ni quien la descarta por capricho: es quien puede justificar por qué, en este caso, la letra traiciona su propio propósito.

La técnica introduce un criterio que no busca equilibrio: el dato exacto, el límite geométrico, el milímetro que resiste interpretación. El VAR puede decir “hay 1,2 centímetros de diferencia”. No puede decir “esa diferencia no altera el equilibrio del juego”. Señala un hecho; no decide su significado.

Alemania lo sufrió en carne propia contra Paraguay: un gol anulado por una falta mínima sobre el portero, una colisión que la prensa calificó de decisión desastrosa. El gol borrado fue, según se dijo, el quiebre psicológico que les costó el partido. Allí la máquina cumplió su función —señaló el roce— pero nadie preguntó si aquel roce merecía destruir el resultado de un encuentro entero.

En la era del VAR el juez no desaparece: su papel se profundiza. Ya no decide solo la jugada; decide qué tipo de verdad sostiene el juego: la del milímetro o la del equilibrio.

Pero hay un caso que invierte la lección, y el propio Mundial lo mostró. Cuando un árbitro expulsó a Balogun tras revisión del VAR, la máquina aplicó la letra. Días después, una llamada telefónica entre un presidente y el jefe de la FIFA borró esa sanción que era clara —la normativa era inequívoca: expulsión implica suspensión automática—. Esta jugada no fue sometida a revisión pública ni a motivación; se salió del sistema entero. La ironía es aguda: si aquel acto se hubiera valorado con la misma rigurosidad que anula un gol por un centímetro, por el roce de un cabello visible solo por el chip, habría sido rechazado sin dudar, porque no era un caso ambiguo. Para consumar la trampa, el poder tuvo que evitar por completo el único ámbito donde la exactitud impera.

Ni el milímetro ciego ni el poder que se sitúa por encima de la norma son justicia. La justicia, para Platón, es equilibrio. El juicio, para Holmes, es conciencia. El arbitraje, en el fútbol, es proporción.

El juez existe porque parte de la justicia no puede articularse ni delegarse —ni en un algoritmo, ni en quien se cree por encima de la norma. Preservarla es su oficio. Ese es su misterio.


 


 

junio 24, 2026

La barra de Noruega

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona 

Es una imagen que duele un poco por lo hermosa: esos noruegos remando como si fueran un solo cuerpo, una sola respiración, una sola voluntad. Miles respondiendo a una señal mínima, casi imperceptible, y sin embargo perfecta. Y uno piensa: qué fácil sería el mundo si la humanidad pudiera coordinarse así, si pudiéramos encontrar un ritmo común que no fuera impuesto por el miedo ni por la fuerza, sino por una convicción compartida.
Pero también está lo otro: lo posible y lo imposible a la vez. Porque esa sincronía requiere una disciplina feroz, una renuncia al ego, una confianza absoluta en el otro. Y nosotros, como especie, solemos fallar justo ahí: en la renuncia, en la confianza, en la capacidad de sostener un ritmo que no sea el propio.
Por eso esa escena conmueve: no es solo deporte, es una metáfora de lo que podríamos ser si dejáramos de empujar cada uno hacia su orilla. Es un recordatorio de que la armonía existe, que no es una utopía, que puede verse, medirse, escucharse. Pero también nos recuerda lo frágil que es, de lo improbable que resulta cuando se sale del agua y se vuelve a la vida real.
A veces pienso que la humanidad entera es como un bote gigante donde cada quien rema con su propio compás, convencido de que su ritmo es el correcto. Y de pronto aparece un equipo como ese, y por un instante uno cree que sí, que la coordinación es posible, que la belleza colectiva existe, que la dirección común no es un mito, que es posible, que se puede hacer.