Exactitud y poder: la tiranía
del milímetro, la ley del embudo
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Cuando Davinson Sánchez cabeceó
al fondo de la red en el minuto 90 contra Portugal, el estadio celebró. El VAR
tardó un instante en desmentirlo: unos milímetros de fuera de lugar, invisibles
a simple vista, bastaron para borrar el gol. El partido terminó 0-0. Quedó sin
responder una pregunta —la que la máquina no está hecha para hacerse—:
¿alteraban esos milímetros el equilibrio del juego?
La figura del juez ha sido
históricamente un misterio: alguien llamado a decidir en un espacio donde la
verdad no es solo un dato, sino una proporción. Para Platón, la justicia es la
virtud que armoniza lo disperso: en el alma, que cada parte cumpla su función;
en la ciudad, que cada oficio actúe sin desmesura. La justicia es armonía, no
cálculo.
Por eso el juez, en esa
tradición, no aplica mecánicamente la ley: encarna su sentido. No se limita a
medir; discierne. No solo detecta; pondera. No reproduce un dato: decide su
relevancia.
En la filosofía jurídica
norteamericana esta intuición reaparece bajo otra forma. Oliver Wendell Holmes
habló de una premisa inarticulada: una verdad que no está escrita en
ninguna parte, pero que el juez debe encontrar en cada caso. No es una regla ni
un algoritmo, sino una conciencia de justicia que guía la decisión cuando la
letra de la ley resulta insuficiente. Es la parte de la razón que reconoce la
armonía antes de que la norma la formule. El juez justo no es quien sigue la
regla a ciegas ni quien la descarta por capricho: es quien puede justificar por
qué, en este caso, la letra traiciona su propio propósito.
La técnica introduce un criterio
que no busca equilibrio: el dato exacto, el límite geométrico, el milímetro que
resiste interpretación. El VAR puede decir “hay 1,2 centímetros de diferencia”.
No puede decir “esa diferencia no altera el equilibrio del juego”. Señala un
hecho; no decide su significado.
Alemania lo sufrió en carne
propia contra Paraguay: un gol anulado por una falta mínima sobre el portero,
una colisión que la prensa calificó de decisión desastrosa. El gol borrado fue,
según se dijo, el quiebre psicológico que les costó el partido. Allí la máquina
cumplió su función —señaló el roce— pero nadie preguntó si aquel roce merecía
destruir el resultado de un encuentro entero.
En la era del VAR el juez no
desaparece: su papel se profundiza. Ya no decide solo la jugada; decide qué
tipo de verdad sostiene el juego: la del milímetro o la del equilibrio.
Pero hay un caso que invierte la
lección, y el propio Mundial lo mostró. Cuando un árbitro expulsó a Balogun
tras revisión del VAR, la máquina aplicó la letra. Días después, una llamada
telefónica entre un presidente y el jefe de la FIFA borró esa sanción que era
clara —la normativa era inequívoca: expulsión implica suspensión automática—.
Esta jugada no fue sometida a revisión pública ni a motivación; se salió del
sistema entero. La ironía es aguda: si aquel acto se hubiera valorado con la
misma rigurosidad que anula un gol por un centímetro, por el roce de un cabello
visible solo por el chip, habría sido rechazado sin dudar, porque no era un
caso ambiguo. Para consumar la trampa, el poder tuvo que evitar por completo el
único ámbito donde la exactitud impera.
Ni el milímetro ciego ni el
poder que se sitúa por encima de la norma son justicia. La justicia, para
Platón, es equilibrio. El juicio, para Holmes, es conciencia. El arbitraje, en
el fútbol, es proporción.
El juez existe porque parte de
la justicia no puede articularse ni delegarse —ni en un algoritmo, ni en quien
se cree por encima de la norma. Preservarla es su oficio. Ese es su misterio.