No he sido, por razón de la alta baja estima física bien fundada, amigo de las fotografías personales propias y podría decir que de las ajenas poco. Sin embargo es imposible huir de ellas. Pero, en cuanto de mi depende, no corro a verlas sino que se acumulan en carpetas más o menos ordenadas, o que el sistema ordena, para ser vistas en solitario pasado algún tiempo: ¿qué interés tiene ver una foto recién tomada? ¿no es igual mirar? En estos días ordenando el computador me encuentro con ellas. ¡Tantos lugares, tantos rostros, tantas transformaciones, tantas alegrías devenidas en pesares, tanta niñez en juventud, en madurez, en vejez! ¡ Y tantos muertos muertos y tantos muertos vivos! Se genera un aire de total melancolía que tales imágenes alimentan y copan el tiempo. Se atraviesa el poema de José Emilio Pacheco:
IMAGENLa foto queda allí. Detuvo un segundo.Se convirtió en pasado en el mismo instante.El oleaje del tiempo no cesa nunca.La vejez nos distancia a cada minutode la imagen inmóvil donde quien fuimosobserva fiel al muerto que seremos.

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