Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

enero 03, 2026

Crónica desde la calle - Colcha de retazos

 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona 

Colcha de retazos


No sé extrañan los sitios, sino los tiempos.


Aquel pueblo de montaña se regía por la generosidad del volumen y no por la frialdad de la báscula. En las tiendas, el mundo se medía en puchas, cuartillas y almudes. Siempre daban vendaje: una cantidad que se añadía al costal. La salud era asunto de don Antonio González, que, en frasquitos de onza, guardaba remedios que sabían a milagro y a paciencia. Los cuadros de los santos eran tema de su hermano, don Daniel, y las telas, de otro de ellos, don Bernardo.

Para el dolor de muela estaban los dentistas, hombres grandes, de manos enormes y fuerza reconocida: don Joaquín Cardona o don Gilberto Zuluaga. Entrar a sus dominios era pasar frente a una vitrina con gatillos feroces de acero que brillaban amenazantes; todo el ambiente, aromado con clavos de olor. Se decía que, a veces, las muelas de los campesinos estaban tan pegadas que, para sacarlas, se ayudaban con una mula que tiraba de ellas desde la calle.

Mientras unos quitaban, otros creaban. Los carpinteros, expertos en ataúdes; luego, el señor Arce, maestro en muebles tallados. El sastre, que en grandes mesas trazaba líneas misteriosas con una tiza gastada sobre paños que no sé cómo llegaban desde Inglaterra. Recuerdo el ritual de acompañar a mi padre para encargar su traje anual y la pregunta técnica que cortaba el aire mientras le rodeaban la cintura con la cinta y, al medirle la entrepierna, el sastre soltaba:

—¿A qué lado carga usted, don Gerardo?

Mi padre respondía entre dientes y sonreía con una complicidad que yo, perdido en mis pantalones cortos, no alcanzaba a descifrar. Me preguntaba qué secreto de hombres se escondía en ese rito de tiza, metro y reglas de formas extrañas.

En la Calle Real, el aire se volvía denso y animal. Transitaban por ella las mulas cargadas de café. Don Evencio —creo que era su nombre—, el talabartero, transformaba la piel en correas y aperos que olían a fuerza, adornándolos con mimbre: frenos, pellones, cinchas y zamarros. Cerca de allí, un hombre tejía con destreza la cabuya, armando enjalmas para las bestias de trabajo. Respiraba paja sin protección.

La vida tenía sus sombras. El señor Sepúlveda era el sepulturero, de quien se decía que hablaba con los muertos; se le miraba con temor. Tenía un color cetrino y unas hijas muy lindas. En las casas, el fuego se alimentaba con carbón vegetal que se compraba en locales donde lo acopiaban: árboles quemados bajo tierra que llegaban los lunes a lomo de bueyes. Entrar allí era sumergirse en un azabache absoluto que se quedaba en las uñas, en los pulmones y en el alma. La visita tenía un precio: el regaño materno, seguido de un baño de cuerpo entero, a cielo abierto, con agua helada echada a totumazos y sin contemplaciones: “Para que no me vaya a ensuciar la casa”.

El agua venía de nacimientos propios o, gratuita, era gestionada para el acueducto incipiente del municipio por un personaje mítico de nombre poético: el fontanero. De apellido Flores, tenía sus caprichos; conocía, solo él, las tuberías y las bocatomas. El agua era cristalina, pero poblada de parásitos invisibles que no preocupaban a nadie. Las madres, cada tanto, nos purgaban con alguna rama amarga y contaban, ociosas, las lombrices que el cuerpo arrojaba. Don Luis Tirado preparaba los brebajes, guardián de una sabiduría que ejerció hasta que los doctores de universidad y las normas le impidieron seguir curando.

Don Bernardo Zuluaga, el musical —pues había otros dos del mismo nombre, a quienes distinguían como “telas” y “abarrotes”—, vendía discos de 78 rpm que entregaba ensayados mientras los acompañaba al son de sus maracas. El “Mono” Velásquez, carnicero entonces, expendedor de carnes luego, celebraba el éxito del mercado semanal camino a su casa de la plazuela, cantando en su borrachera aquello de: “Espérame en el cielo, corazón, si es que te vas primero”. Se fue.

Un día conocimos los helados. Unas casas arriba de la nuestra, doña Sergina tuvo nevera y los hacía de leche, de mora o de tomate de árbol. A quince centavos la unidad, los de coco a veinte, los probábamos de vez en cuando; ella los entregaba por sobre la chambrana que cerraba un patio lleno de azaleas. Don Alpidio Toro intuyó un negocio y lo hizo en grande con un televisor público que apagaba cuando la venta no prosperaba, ocasionando un largo "ah..." en la concurrencia. Imaginó la tv a colores poniendo frente a la pantalla una mica verde y roja.

Siquiera se murieron los abuelos, según el poeta, que supieron a golpe de necesidad que la vida se forjaba así: entre el agua con bichos y el remedio de la tierra que devolvía el equilibrio.

Los oficios se fueron uno a uno. El recuerdo es hoy, en bytes.

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Coda

Colcha de retazos funciona por una razón. Hacerlas era un oficio de entretarde de las madres. Al salir de casa, ellas le entregaban una a uno, doblada, “para su cama, mijo”. Todavía luce por ahí, sin que salgamos jamás de ella.

Esto está escrito desde el rebujarse del alma de un chico de doce o trece años que miraba el mundo a través de unas gafas rotas y que hoy, muchas décadas después, sabe que su alma es eso: una colcha de retazos.  


II


Una conversación que teje colchas


En los primeros días de 2026, en un espacio digital donde las palabras viajan sin olor a café ni a cuero recién curtido, un hombre compartió un texto breve y hondo titulado “Colcha de retazos”. No era un relato con principio, nudo y desenlace; era un puñado de recuerdos cosidos con la precisión de quien sabe que la memoria es frágil y que, si no se nombra, se deshace.

El texto hablaba de un pueblo de montaña de los años sesenta, de mulas cargadas de café por la Calle Real, de dentistas que amenazaban con gatillos de acero y, en broma macabra, con mulas para arrancar muelas, de sastres que preguntaban en voz baja “¿a qué lado carga usted?” mientras la cinta métrica rodeaba la entrepierna del cliente, de helados de mora a quince centavos entregados sobre una chambrana llena de azaleas. Cada párrafo era un retazo: oloroso, táctil, sonoro.

Quien lo escribió no buscaba aplauso ni precisión geográfica. Quería, sobre todo, que cada lector encontrara su propio pueblo dentro de esas líneas, que desdoblara su propia colcha. Y algo ocurrió: la conversación que siguió no se quedó en elogios literarios; se convirtió en un reconocimiento compartido de lo que hemos perdido y de lo que aún podemos rescatar.

El autor confesó que había nacido en los cincuenta y que, por tanto, había vivido a lomos de tres siglos. El XIX, dijo, no terminó para él en 1900 sino en los sesenta, cuando la luz eléctrica, la televisión y la prisa empezaron a devorar la lentitud antigua. El XX fue un suspiro acelerado. El XXI, una carrera donde las cosas nacen y mueren antes de  alcanzar a quererlas. Él, que se alumbró con vela y conoció la oscuridad absoluta, que vio la Vía Láctea sin contaminación lumínica, hablaba desde la orilla de quien ha cruzado un puente que ya se está derrumbando detrás.

La conversación derivó hacia lo que más duele: que hoy alguien pregunta “¿en qué ventana de qué página del internet?” cuando se le invita a mirar una conjunción de planetas. Que la maravilla ya no se busca en el cielo sino en la pantalla. Que la experiencia se consume en historias efímeras y la memoria se delega a servidores lejanos.

Sin embargo, en ese intercambio breve algo se salvó. Dos personas, separadas por kilómetros y por generaciones, reconocieron que aún es posible tender la colcha al sol, airear los recuerdos, nombrarlos antes de que se deshilachen del todo. El texto original no era nostalgia; era un acto de resistencia. Y la conversación que lo siguió demostró que la resistencia es contagiosa: basta con que alguien diga “yo también recuerdo” para que el retazo ajeno se una al propio y la colcha crezca.

Al final, quedó flotando una idea sencilla y poderosa: los recuerdos no están en la nube. Están en nosotros, esperando que los saquemos, los sacudamos y los compartamos. Mientras haya quien escriba un retazo y quien responda con otro, la colcha seguirá abrigando.

Y eso, en tiempos de vértigo, ya es mucho.


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