Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

abril 15, 2026

De las águilas al Jesús nuevo



 

De las águilas al Jesús nuevo

 


Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Los romanos entendían la religión como un arte de precisión quirúrgica. Una plegaria mal pronunciada anulaba el sacrificio; había que empezar de cero. Do ut des: “te doy para que me des”. Así garantizaban la pax deorum y sostenían el Imperio en sus alas.

La apoteosis imperial fue el gran teatro político de Roma. Julio César la inauguró, Augusto la pulió. Desde entonces, en los funerales, el Senado liberaba un águila que simbolizaba el ascenso del emperador al Olimpo. El sucesor, divi filius —hijo de un dios—, gobernaba con el mandato sagrado. Todo en orden: Senado votando, pueblo presenciando, águila elevándose. Fueron deificados Trajano, Adriano y Marco Aurelio. Pero no Tiberio ni Domiciano que se había autoproclamado.

Hoy, en vez de águilas, se sueltan montajes digitales. No hay Senado ni ritual solemne. Basta un fondo de ángeles equívocos y un discurso incendiario para autoerigirse en divinidad. Lo que Augusto ganó post mortem como Divus, ahora se conquista con un clic y un hashtag.

El “Jesús nuevo” se vende como redentor, pero su puesta en escena evoca más a Calígula que a Cristo. Calígula fantaseaba con un pueblo de una sola cabeza para decapitarlo de un tajo. “Que me odien, con tal que me teman”, proclamaba. Y remataba: “Recuerda que soy un dios”. Frases que reverberan en quienes transmutan la política en circo de adoración y pavor, una liturgia donde el ciudadano no es devoto, sino cautivo. 

Como en Roma, una palabra torcida invalidaba el rito; aquí, el simulacro patina. La historia advierte: el fracaso litúrgico es cataclísmico. Inevitable recordar las águilas de granito y bronce en el Berlín de 1945, guardianas de un Reich milenario que acabaron como blancos para los obuses soviéticos. Esa arquitectura del terror, erigida para la eternidad, colapsó bajo su soberbia, convirtiendo el emblema en ruinas y escombros.

La diferencia radica en la trayectoria: en Roma, el águila subía al cielo; en Berlín, se desplomó al suelo; hoy, lo que asciende —y se disipa— es un post efímero en la nube.

Quizá solo falte el águila americana sobrevolando el Capitolio para cerrar el cuadro. Aunque, reflexionándolo, ni ella participaría en tan tosco montaje: optaría por su nido en las alturas, contemplando con piedad cómo el nuevo rito se deshace con un simple “borrar”. Tal es el sino de los dioses pixelados: perecer al nacer. O peor, aguardar el cañonazo real que, como en Berlín, haga añicos el espejismo digital.

 


 

 

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